la-pluma-y-la-espumaEmpezamos bien, ¿verdad? Pero, reconozco que es una buena pregunta. Sin embargo, me vais a permitir que, antes de responderla, os haga participar en un pequeño ejercicio creativo: a ver, imaginad un día cualquiera, en una ciudad cualquiera y a una chica cualquiera. Vale, pues esa chica cualquiera en cuestión entra en una pastelería (supermercado, ferretería, sex shop o donde queráis que entre) y le suelta al dependiente (dependienta, dueño, patrona o adorno de mostrador) lo siguiente:

—Hola, me llamo Menganita y calzo un 39.

Obviamente, el dependiente/dependienta/dueño/patrona/ o adorno de mostrador solo podría tener una respuesta a semejante gloriosa entrada:

—Estupendo, bonita, ¿y a mí qué?*

(*En este punto, en fin, yo le recomendaría un poco más de mano izquierda, pero bueno, básicamente esa sería la idea).

¿Y a mí qué?

Bien, pues esa réplica, y no otra, sería la reacción lógica de cualquier interlocutor en una conversación iniciada del modo anteriormente descrito (bueno, también tienen cabida la extrañeza, el pasmo y “¡Oh, mierda, la loca del barrio y tenía que entrar en mi turno, joder!”. Pero, dejémoslo en la opción escogida en esta columna, que es la que mejor viene a mis propósitos). Vale, una vez dicho esto, esa misma reacción, por tanto, debería ser la normal si cambiásemos número de calzado por orientación erótico-sentimental. A saber:

—Hola, me llamo Menganita y soy lesbiana (bollera, sombreruda, tortillera, bigotona, torta… Por favor, rellénese a gusto —y zona planetaria— de la consumidora).

Y, a continuación, por supuesto, la consabida réplica:

—Estupendo, bonita, ¿y a mí qué?

¿No sería maravilloso? En fin, no que dudaran de tu estabilidad mental, sino que llegara el día en el que soltáramos algo como “Hola, buenas, soy lesbiana” y te mirasen con cara de “¿Y?”. O, mejor, que ni siquiera hiciese falta hacerlo, porque, ¿para qué ponernos en una situación en la que duden de nuestro equilibrio mental? (porque, vamos a ver, a mí me viene una diciéndome, sin venir a cuento, que calza un 39, y me falta tiempo para llamar a su madre y reclamarle por qué coño le han cambiado la medicación a la niña y qué imprudencia es esa de dejarla salir sola a la calle).

En fin, a lo que quiero ir es a que, oye, estaría muy bien ese hipotético futuro en el que no se tuviera en cuenta, para ser una catalogada, factores más allá como, por ejemplo, cómo eres o qué haces (y todo eso, claro, aceptando esa irritante —pero, al parecer, igualmente imperiosa— necesidad que tenemos de catalogarlo todo). Así, yo podría ser buena persona, agente Fringe, siniestra, diva narizotas, capulla, princesa guerrera, embaucadora, reina malvada, mangante… ¡Esas sí serían categorías! Pero, ¿bollera? ¿En qué parte la ponemos? Porque puedo ser una bollera bondadosa o una bollera tocanarices. Puedo ser hábil, lista, tonta, mediocre, soñadora, torpe, mezquina. Puede ser que deteste a los perros, que adore cultivar patatas enanas o practicar el ganchillo de forma compulsiva (“¡Ahí va una loca del tapete!”, gritarían a mi paso).

la pluma y la espuma1

Vale, acepto categorías. Al fin y al cabo, tenemos una palabra para cada cosa y clasificaciones para ordenarlas (animal, vegetal, cervecera). Pero, ser lesbiana (zapatona, machorra, machetona, come chocha, dyke, flor de campo… Sí, me he estado entreteniendo con Google), ¿por qué debería serlo? No creo ser una categoría, porque ser lesbiana no me define. ¡Mec! Rectifico: lo hace. Lo hace y lo ha hecho desde el punto de vista de lo que la homofobia, la ignorancia, la represión y la presión social hicieron de mí. Todo eso, para bien o para mal, me ha construido como persona, ha hecho de mí lo que ahora soy. Todo lo que sentí al respecto y todo lo que podría seguir sintiendo (porque, desgraciadamente, nada queda nunca atrás y tampoco hay que irse a la madrecita Rusia para ejemplos escalofriantes). A lo que quiero llegar es a que no quiero que lo haga, no quiero que me defina. A que llegue el día en el que presentarse así suene tan innecesario como “Hola, me llamo Zutanito y soy heterosexual”. ¿Verdad que ellos no tienen que hacerlo? ¿Y por qué? Porque a nadie le importa un bledo que calces un 39 (bueno, ellos un 38). ¿Me explico?

Sin embargo, hasta que llegue ese glorioso día, será necesario hacerlo. ¿Por qué? Muy simple: porque tendemos a rechazar lo que no conocemos (que se lo digan al pobre E.T., si no). Y si nos ven, nos conocen. Y si nos conocen… nos aceptarán o no, pero no será por nuestra condición, sino por ser, por ejemplo, la vecina cascarrabias que no presta la sal y el perejil en situaciones de emergencia. Sé que no es fácil, sé que nunca es tan bonito, pero contamos con una ventaja. Y es que no estamos solas. Puede que al hacerlo nos sintamos todo lo bicho raro que queramos (y no podamos evitar). Podremos sentir el miedo pegado a las entrañas por el qué dirán, cómo reaccionarán, cómo me señalarán, a quién perderé… Pero, tened una cosa presente: eso solo será si les dejamos. Si permitimos que nos arrinconen, que nos diluyan, que nos metan en la esquina más oscura, que nos quiten el nombre. Si consentimos en que el dedo se convierta en acusador.

Que me señalen por insolidaria, que lo hagan porque no reciclo el puñetero cristal, porque mi hobby es hacer llamadas obscenas a viejecitas desamparadas o porque cojo la ensalada del fondo y no de la primera fila del estante. Pero… ¿por ser lesbiana? ¡Venga ya!

No les dejéis, no les dejemos. Tengamos un nombre para que el día de mañana podamos prescindir de él. Como una L escarlata cosida a la ropa que se lleve sin pudor, porque sabemos que nada malo hay en ello. Como uno más del listado que nos define: animal racional, proyecto de persona, ilicitana, escritora, morena, cervecera, seriéfila, cinéfila, bollera, insegura, bocazas, cervecera (es que eso lo soy mucho), etc…

Quizás no sea suficiente, lo sé. Quizás la angustia supere al deseo. Pero, como he dicho, no estamos solas. Hay gente que defiende nuestros derechos. Gente que trabaja para ofrecernos información, asesoramiento, apoyo… ¡croquetas!

No deis un paso atrás, porque los caminos se hicieron para seguir adelante. Además, mirémoslo desde el lado lúdico (que también lo tiene, ¿por qué no?). Y es que, ¿no os mola eso de pertenecer a una especie de caótica hermandad? ¿No se os pone una sonrisita de lo más retorcida cuando solo vosotras entendéis términos como shippear, Faberry, femslash, subtexto o #quieropatearalosguionistasdetierradelobosyaroberttapertdepaso? A mí, personalmente, alguna que otra sí que me saca. Vaya que sí.

Y, llegadas a este punto, ya puedo contestar a la pregunta. ¿Qué quién coño soy y qué ídem hago aquí?

Pues soy Clara y calzo un 39.


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