la-pluma-y-la-espumaTengo una amiga palenómana. Triste, pero cierto. Me supone un mundo confesar esto, porque mi círculo de amigxs es maravilloso: cleptómanas, chorizos, políticos, chuloputas, estafadoras…. Lo normal, vamos. Y luego está ella. La yonqui de la madera sin tratar. La oveja negra de la panda. Esa amiga a la que escondes debajo de la alfombra cuando viene visita y le pones cara de circunstancias cuando te llega a una quedada con un palé debajo del brazo. Como si tal cosa, ¿sabéis?, como si fuera lo MÁS normal del mundo ¡presentarse con un palé debajo del brazo a tomar café, coño! (y que no se lo dejen entrar, ¿eh?, que entra en modo terminatrix y llueven hostias, menuda es la Maripili con sus cosas).

Yo se lo digo: “Maripili, lo tuyo no es normal, ¿sabes?”. Pero ni caso. Lleva la adicción a los palés en las venas. Los pelos se le ponen como escarpias y le brotan los sudores de la muerte cuando su pale-radar detecta uno (“¡¡Huid!!”, es el susurro urgente y desesperado que se repite en nuestro círculo, mientras vemos cómo escanea al grupo con ojos inyectados en sangre, dispuesta a cazar al incauto o incauta de turno que le “ayude” a cargar con él).

Maripili, obviamente, es bollera. Decidme de una sola bollera que no haga filigranas con un palé de obra. ¡Pero si lo llevamos en los genes! (y, además, es algo que tienes que aprobar sí o sí para el carnet de bollera: la asignatura de Manipuladora de Palés, ahí es nada. Igualmente, ejem, bien sabemos todas que una hetero no se acercaría a un palé ni jarta de vino. Ni aun naufragando en el Titanic y siendo su única posibilidad de supervivencia. ¡Ni llevando pegado encima al mismísimo Leonardo DiCaprio, vamos!).

Palenómanas

Pero es que, además, yo lo que creo es que el problema de Maripili le viene de su infancia. Veréis, se crió en unos terrenos muy golosos, de esos que el corrupto de turno expropia para champiñonear con urbanizaciones a mansalva, y eso fue lo que le ocurrió: de criarse en plena Naturaleza entre berzas y cominos pasó a verse rodeada de maromos llenos de lorzas grasientas y pelamen en los hombros (the obrerator of the construction, una especie autóctona española de la que algún día habría que hacer un sesudo estudio) y, claro, aquello le marcó de por vida. Ese fue el momento del cambio vital de mi palenómana amiga. Yo me acuerdo, cuando de pequeña iba a jugar a su casa, que había desarrollado un extraordinario radar para identificar a cada individuo, y lo hacía de un modo bastante peculiar: los nombraba por la longitud, color y apariencia de sus respectivas “huchas” (por la raja del culo, vamos. Que levante la mano la española que haya pasado por la agonía de ver, al menos una vez en su vida, semejante alegría para la vista. Estoy segura de que las ardillas podrían recorrer de nuevo España saltando de brazo en brazo). Pues con esa habilidad la Maripili y yo teníamos un juego: nos sentábamos en el porche de su casa a ver trabajar a los obreros y ella decía: “Completa, marrón glacé, tupida”. O “Tres cuartos, rosa palo, despejada”. Y yo tenía que adivinar a qué ejemplar correspondía la descripción (en concreto, la primera a un peazo obrerator de unos 120 kgs. de peso, sin evolucionar, que mostraba alegremente todo su esplendor a la concurrencia, esto es, como medio metro de peluda raja más negra que el carbón —¡sudada, para más señas, ay!—. Y la segunda, a uno de esos chavalillos imberbes que recién empiezan en eso de ser un paleta y todavía no han mutado en obrerator).

Yo, la verdad, todavía no tengo muy claro si el paso de la Maripili happyflower de la vida que era a la palenómana yoncarra de ahora tuvo más que ver con los de la hucha que con los palés propiamente dichos. Quiero decir: ¿dónde se halla el verdadero origen de su trastorno? Que, vale, que bollera y palé son dos términos que van hermanados, ¡pero es que Maripili llega hasta el extremo de dormir con ellos! Y cuando tú ves a una de tus amigas acostarse con un palé de obra, pues oye, como que te da por pensar que lo suyo, definitivamente, no es normal. Y cavilas cosas como que es más un trauma personal que una inclinación erótico-sentimental (por ser bollera, vamos) y que lo que realmente busca la Maripili transformando esos palés en mesas, sofás, literas y demás es limpiar su psique de tanta hucha obrera que tuvo que contemplar. Algo así como transformar la fealdad en belleza, ¿sabéis? Y la transforma, vaya que si la transforma. Ya conocéis lo manitas que somos las bolleras, que nos dan cuatro ruedas, el chasis de un Seiscientos y la tapa de un tambor de detergente y nos hacemos el DeLorean de “Regreso al futuro” en un pispás. Vale, pues os digo yo que la Maripili ha alcanzado cotas de auténtico virtuosismo en esto de la marquetería del “Hágalo usted mismo”. ¿Conocéis la Torre Agbar, de Barcelona? Pues sí, fue ella (yo ese día se lo dije. Le dije: “Maripili, t’has pasao, que conste”).

Y es que… ¡tú dale un palé a una bollera y te moverá el mundo!

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