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Si alguna vez no tengo trabajo, quizá pueda ganarme la vida como pitonisa. La semana pasada, tras ver el episodio de Manhattan, pronostiqué que la pareja formada por Abby y Elodie iba a a ser del tipo estrella fugaz, muy brillantes pero muy cortas, y así ha sido. Pero a pesar de que me lo esperaba, me lo esperaba con todas mis fuerzas, y no porque sea un cenizo, sino porque ya sabemos todas la afición a torturarnos psicológicamente que tienen los guionistas, no ha dejado de enfadarme. Pero primero dejad que os haga un resumen de lo acontecido en el último episodio.

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En el anterior todo era alegría, bailes y sexo al aire libre, y en este nos encontramos a Abby y Elodie frente a un mapa, jugando a imaginar donde podrían empezar una nueva vida. Juntas. Abby sugiere que deberían ir a Alburquerque, mientras que la francesa prefiere un destino más exótico: Tanger. “Una ciudad libre con artesanos, amantes, escritores y renegados, y que no ha sido tocada por la guerra”. Pero al volver a casa, Charlie, el marido de Abby, le pide que haga una cosa que podría comprometer su felicidad. Él quiere que esconda unos documentos en casa de Elodie, para que parezca que su marido está robando secretos al gobierno. Ella se ofende, y va a buscar refugio a casa de su amante.

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Pero después de hacer el amor con ella, Abby esconde los documentos en la cocina. A la mañana siguiente, al volver a casa, ve desde la ventana como la policía militar saca de su casa detenidos a Elodie y su marido. Elodie la mira desde el coche, con una mezcla de mirada del adiós, de quienes saben que nunca más volverás a verse, mezclada con confusión y dolor. Mucho dolor.

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Así, asistimos una vez más, con indignación, MUCHA indignación, a la historia que nos es bien conocida, la de la mujer que sacrifica su felicidad a favor de la seguridad que le ofrece su matrimonio. La escena en la cocina es definitiva: Abby ve por la ventana la estampa de una familia feliz, y ahí se da cuenta de que si quiere ese futuro, sólo Charlie se lo puede ofrecer. Supedita su felicidad personal para ser feliz a través de otros, los hijos que tendrá con él, los hijos que piensa que no podrá tener jamás con Elodie.

Guionistas de Mahattan: Son lesbianas, no estériles. Usar el recurso del deseo de familia es pobre, es mediocre. Es un triste final para una historia que empezó extraordinariamente bien, a fuego lento, que nos resultaba creíble y refrescante, y que se merecía una resolución mejor. ¿Siempre nos quedará Tánger?

 


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