lgbt flag

El 28 de junio es el día de muchas cosas. Es el día del cumpleaños de la que era mi mejor amiga, cuya pista perdí hace mucho tiempo. Es el cumpleaños también de la sobrina de una de mis mejores amigas actuales. Y es también el Día del Orgullo Gay o LGTBI, aunque no sé cuándo descubrí esto. Seguramente fue cuando ya había perdido una amiga y encontrado otra, y unos años después de haberme descubierto a mí misma como homosexual.

Nunca he ido a un desfile del Orgullo Gay. No he sentido la necesidad de hacerlo, y eso tal vez sea una postura demasiado cómoda por mi parte, disfrazada de timidez, de fobia a las multitudes, de compromisos previos o de trabajo. Recuerdo una vez, en casa de mis padres, en que salieron por la tele imágenes de la marcha del Orgullo Gay —probablemente la de Madrid— y mi madre se preguntó algo así como si era necesario que aquellos homosexuales fueran en carrozas semidesnudos, algunos maquillados, otros bailando. Realmente no sé si era “necesario” o no; no es el adjetivo más pertinente en ese caso. Lo que sí es necesario es que se siga celebrando este día, por mucho que un sector de la sociedad se revuelva en su asiento indignado y protestando porque no existe un Día del Orgullo Heterosexual.

Pues claro que no existe ese día, ya que toda la sociedad está construida sobre cimientos heterosexuales. Estas celebraciones sirven justamente para reivindicar la existencia de ciertos sectores sociales más vulnerables o desprotegidos.

Stonewall-Inn (1)
El Stonewall Inn, desde dentro

Supongo que todo el mundo sabe, a estas alturas, y más teniendo cerca el estreno de una película hollywoodiense sobre ese tema, de dónde procede la celebración del Día del Orgullo Gay. Su origen se remonta a las manifestaciones y revueltas que se produjeron en Nueva York en el año 1969, a raíz de una redada policial en el bar gay Stonewall Inn, en el barrio de Manhattan Greenwich Village. Yo estuve en ese bar cuarenta años después, en 2009. Le hice una foto a su entrada, me grabé un vídeo selfie (que aún no se llamaba selfie) con mi pareja y me tomé algo en el interior del bar, fundamentalmente ocupado por hombres homosexuales. Uno de ellos entabló conversación con nosotras, nos habló de su trabajo y de un novio suyo, y nos pagó las bebidas. Costaba imaginar que en ese mismo bar apacible, apenas 40 años antes, la policía hubiera entrado buscando homosexuales (no habría encontrado otra cosa) para arrestarlos. Hay que tener en cuenta que en Estados Unidos, en aquella época, las relaciones homosexuales, incluso en la intimidad, eran un delito que la ley penaba con multas o años de cárcel. Y eso ocurría hace exactamente ahora 47 años. Pero ese 28 de junio de 1969, cuando la policía entró en el bar, los gays se rebelaron y por eso un año más tarde se celebró la primera Pride Parade o “marcha de liberación gay”. Fue ese 28 de junio el que espoleó para reinventarse a los movimientos homófilos que ya existían y el que plantó el germen para la formación de asociaciones que luchaban por la igualdad de los derechos de lesbianas, gays y transexuales.

Han cambiado mucho las cosas desde entonces, sí; pero no tanto. He escuchado comentarios condescendientes que vienen a decir que el movimiento LGTBI es una exageración, que la homofobia, la transfobia… ya no existen, o no con la misma virulencia. Muchos pasan por alto que la homofobia es un hecho institucional en muchos países. Parece que, si las leyes que condenan la homosexualidad quedan lejos de casa, ya no existen; como “no existen” esas guerras que nos quedan lejos y cuyo dolor no mancha nuestra ropa ni enturbia nuestros cielos. Por desgracia, la masacre de Orlando —que se ha pretendido camuflar bajo un velo, nunca mejor dicho, de extremismo islámico, como si el cristianismo no fuera igual de extremo— nos señala con el dedo para mostrarnos que en nuestro mundo, en Occidente, aún se asesina a las personas por su identidad de género o su orientación sexual; y se las odia. También en mi ciudad, incluso, en Barcelona. Hace unos días, paseando por el parque de la Ciutadella, pasé por la glorieta rebautizada en 2013 como Glorieta de la Transsexual Sonia en recuerdo de la transexual asesinada allí mismo en 1991. Pero, otra vez, las cosas que nos quedan lejos (en el tiempo, en el espacio) parece que no tengan la fuerza suficiente para existir.

Y, sin embargo, el odio o el rechazo o la discriminación reviste muchas formas. Puede ser una mera presunción de heterosexualidad en la sanidad o en la vida cotidiana (“Menos mal que ha venido tu amiga para ayudarte a elegir el vestido”), puede ser una mirada oblicua e insistente cuando acaricias la mano de tu pareja en un bar, puede ser un simple comentario de “No seas moñas” o “Mariconadas, no” durante una cena; como también puede ser la imposibilidad de adoptar un niño o de obtener un permiso de residencia porque no reconocen tu matrimonio como legal, o tu propio miedo a aguantar las miradas ajenas.

Hoy, en la playa, he sido testigo de una escena curiosa. Una niña de unos 7 años se ha sorprendido al ver que el bañador de su padre era rosa.

—¿Tu bañador es rosa? ¿De qué otros colores tienes?

—Tengo este, uno blanco… —contestaba con desgana el padre, que no llegaría a los 40 años.

La niña aún ha hecho algún otro comentario, contrariada por ese color, con lo que el padre ha acabado replicando: “¿Qué pasa? ¿No lo puedo llevar rosa?”. “Sí, claaaro”, ha respondido pizpireta la niña. “Solo tienes que probar que no tienes vergüenza en ningún momento”. Palabras textuales. Las ha lanzado al aire y luego se han metido los tres en el agua: el padre, la niña y el bañador rosa.

Yo, al oír esa reflexión, he entendido de golpe por qué es necesario el orgullo Gay: no se trata de orgullo propiamente dicho, sino de no agachar la cabeza, de decir “Mira, esta mujer que se sienta a mi lado me vuelve loca y quiero besarla y sostenerle la mano” y no tener vergüenza en ningún momento.

 

 

 

 

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