Hace unos días, semanas ya, se me ocurrió un título para este artículo: “El arte de esperar”. Acudió a mi mente como un fogonazo, respondiendo seguramente a una inquietud interior que llevo arrastrando ya hace un tiempo. Y es precisamente el tiempo lo que me trae loca: hace semanas que pensé el artículo, hace menos semanas que lo escribí, hace días que busco el momento para pasarlo a ordenador y, cuando ese momento llega, el artículo se ha quedado semiextraviado en otro lugar y necesito encontrar tiempo para escribirlo de nuevo. Siento, desde hace un tiempo, que el tiempo se me escurre entre los dedos, valga la redundancia; y en ese transcurrir del presente al pasado y al futuro surge la espera como una exacerbación de la consciencia temporal.

Hay dos maneras de esperar, quizá tres. Esta tercera la contemplo mientras una gata se pasea por encima de la libreta en la que estoy escribiendo: ¿esperaba ella mi llegada, era consciente de las horas de ausencia?, ¿es consciente del transcurso del tiempo? No obstante, al menos en humanos, en los que es innegable esa consciencia del transcurrir, todo se reduce a una espera ansiosa o a una espera constructiva. Porque esperar no es más que digerir el paso del tiempo con una idea de futuro (un deseo, una ilusión) concebida ya de antemano. Y el miedo a que esa idea no se cumpla puede provocar una ansiedad terrible.

¿Cuántas veces habéis fabulado con lo que ocurrirá en esa primera cita, con los consecuentes nervios, y al final ninguna de vuestras fabulaciones se hizo realidad? ¿Cuántas veces habéis esperado con nervios un mensaje de móvil, con el deseo de que ese mensaje lo resuelva “todo”, con el miedo de que no llegue o de que todo siga igual? ¿Cuántas veces habéis esperado a que esa persona especial decida permanecer a vuestro lado, y en su indecisión habéis sufrido con cada minuto de ausencia y por el sufrimiento y el pánico a perderla se han producido situaciones y discusiones que no han hecho más que acentuar esa ausencia? ¿Cuántas veces habéis esperado, en definitiva, a que los otros actúen o no actúen de una determinada manera, y la simple espera   ̶el miedo a que eso ocurra o no ocurra  ̶ os ha consumido por dentro?

Por eso, creo que el arte de esperar consiste en construir: crear un espacio en el que miremos hacia dentro y, como una montaña quieta y silenciosa que se sabe repleta de tierra, de agua, de minerales, de deseos, permitir que las cosas y las personas se muevan a nuestro alrededor.

Sería algo parecido   ̶esa espera constructiva  ̶ al Mannequin Challenge que tienen planeado en La Sue Bar, un bar lésbico de Barcelona, para apoyar el Día de la Visibilidad Lésbica que se celebrará el próximo 26 de abril. Es muy entretenido esto de los “días de algo”. Sin ir más lejos, me enteré hace un par de días de que el 13 de abril es el Día Internacional del Beso. Y yo, que le encuentro vínculos a todo, relaciono ese Día del Beso también con nuestro Día de la Visibilidad.

El Mannequin Challenge de Ellen DeGeneres en la Casa Blanca

Pero ya me estoy yendo por las ramas, y no os he contado aún la iniciativa de La Sue. Consiste en poner en práctica esa actividad que está últimamente tan en boga, conocida con el nombre de Mannequin Challenge y popularizada, entre otras personas, por una de las abanderadas de la visibilidad lésbica, Ellen DeGeneres. La actividad no es más que estarse muy quieto, como un maniquí (de ahí su nombre), durante unos segundos, como si la vida se hubiera detenido en ese instante (en ese instante en el que hablabas, te reías o cabeceabas en el sofá); estarse muy quieto durante unos segundos mientras se graba un vídeo. Y en el caso de la iniciativa de La Sue la grabación se prolongará varios minutos, lo que dure una canción, y estará protagonizada por lesbianas (y bisexuales) que quieran mostrar, con su imagen estática contrapuesta al movimiento ajeno, que sí que existimos. Y existimos como esa montaña quieta, repleta de tesoros, de capas de vida, que se yergue en mitad de un llano esperando, deseando, que los demás acepten su presencia sin por ello dejar de existir ni de vivir como le dictan sus entrañas.

Leo en el periódico catalán Nació Digital que una pareja de lesbianas ha denunciado a un hombre, al que ahora se le han abierto diligencias por odio y discriminación, por burlarse de ellas en el metro debido a su orientación sexual. Yo misma viví hace poco una situación parecida. Pero no por ello debemos dejar de celebrar a diario el Día Internacional del Beso, y del abrazo y del cogerse la mano. Y lo digo yo que   ̶y aquí hago autocrítica  ̶ he evitado esa intimidad en público muchas veces solo para evitar también los comentarios homófobos, las miradas incómodas.

Como ser colectivo, las mujeres que amamos a otras mujeres deberíamos comportarnos como una montaña que cuida de sí misma, de su interior, siendo tal como es, mientras permite con su quietud firme y autónoma que los otros construyan a su alrededor una vida en que por fin la acepten y la respeten.

Y como seres individuales deberíamos aprender a esperar de forma constructiva; a cuidar de nosotras mismas y a ceder un espacio   ̶un tiempo  ̶ a los demás, para que nos acepten, nos respeten y, quizá, nos quieran. Al fin y al cabo, el arte de esperar no es más que el de construir un futuro en el que nuestro presente conviva en paz con nuestros deseos.

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