Cuando tu primer papel relevante es de protagonista de Grease 2, es posible que tu carrera termine antes de empezar. Pero Michelle Pfeiffer lo fue todo en el cine, lo fue varias veces, y lo va a seguir siendo. La que quedara sexta finalista en el certamen Miss California 1978 tuvo la enorme suerte y a la vez desgracia de que Brian de Palma se fijara en ella para el papel de Elvira Hancock en Scarface, un papel que la condenaría para siempre, porque a partir de entonces sólo la reconoceríamos como una belleza gélida y hierática, una mujer permanentemente a punto de gritar de desesperación en la pantalla, pero también fuera de ella.

La inseguridad ha sido siempre el factor más condicionante de la vida de Michelle. La artista contaba hace relativamente poco que, al llegar a Hollywood, con escasos veinte años, fue captada en la secta del “respiracionismo”, un movimiento que te hace creer que la gente puede vivir sin la ingesta de alimentos ni bebidas, solamente alimentada por la luz del sol.  Además, Michelle ha vivido siempre con el “síndrome del impostor” a cuestas. Siempre pensando que estaba a punto de arruinar la película en la que estaba trabajando. Siempre haciéndose de menos. Ella, precisamente, que es una de esas actrices que con su sola presencia levantan cualquier escena, que es capaz de irradiar calor en los espectadores sin mover un sólo músculo. Pero las inseguridades tienen que ver con cómo te ves a ti mismo, no con la percepción de los demás.

Michelle ha sido Lady Halcón, Sukie Ridgemont en Las brujas de Eastwick, esa loca delicia, Madame De Tourvel en la película favorita de mucha gente, Las amistades peligrosas, Susie Diamond en Los fabulosos Baker boys y Selina Kyle en Batman Vuelve. Los ochenta fueron suyos, en la medida de que se convirtió en un icono poderosísimo de la década.

Pero, ay, llegaron los noventa, y llegó esa maldición de Hollywood que te obliga a decidir entre el ostracismo o los papeles asignados a las mujeres que pasan la treintena, esos roles asexuados, porque no eres los suficientemente joven como para seguir siendo el objeto de deseo de la audiencia. Cuando Michelle hizo de Louanne Johnson en Mentes Peligrosas tenía 37 años, y ahí fue cuando inició una serie de papeles protagonistas que la terminaron de encumbrar como una de las mejores actrices de la historia del cine. Personajes maduros, fuertes. Papeles que ella misma decidía como productora. Íntimo y personal de Jon Avnet, junto a Robert Redford, Un día inolvidable, junto a George Clooney, y la maravillosa Heredarás la tierra, acompañada de su amiga Jessica Lange.

Por el camino rechazó algunos de los papeles que encumbraron a otras actrices: Pretty Woman, Thelma y Louise, El silencio de los corderos, Evita, Casino, Instinto Básico

Lo que la verdad esconde, ese thriller psicológico junto a Harrison Ford, fue la última vez que la crítica y la taquilla acompañaron a la actriz. A partir de entonces, abandonó el trabajo para cuidar a su familia. Cuatro años después, intentó retomar su carrera donde lo había dejado, pero le resultó imposible. El novio de mi madre, junto a Paul Rudd, fue la película escogida para el regreso, una comedia romántica sin más trascendencia que ser su comeback. A partir de ahí, guiones mediocres de películas perfectamente olvidables.

Y Michelle se retiró de nuevo.

“La pérdida de la juventud y la pérdida de la belleza sin duda causan estragos en tu mente. Pasas de escuchar ‘vaya, parece más joven de lo que es’ a ‘está genial para su edad’. Y esa es una diferencia enorme. Ahora mismo estoy en la fase ‘está genial para su edad’. Y me genera cierto sentimiento de duelo”, decía la actriz en 2013, justo antes de desaparecer de la vida pública. Y es que las mujeres, pero muy especialmente aquellas que viven de su belleza, estamos condenadas a ser criticadas siempre, a tener que escuchar juicios ajenos que nadie ha pedido. ‘Parece más joven de lo que es’ no es un piropo, es la afirmación velada de que eres vieja; lo mismo que ‘está genial para su edad’. Si se cede a la presión social y se pasa por el quirófano, ahí estarán los dedos acusadores para valorar lo bien o mal que ha quedado el arreglito. Y si no se pasa, las actrices quedan relegadas al papel ya no de madres, sino de abuelas.

Para alegría de todos, Michelle parece haber sacado ganas y fuerza para volver, y lo va a hacer por todo lo grande:  el pasado mes de enero nos dejó un aperitivo con Where is Kyra, película indie donde interpreta a una mujer que pierde su trabajo y se ve obligada a vivir en la calle, y tiene pendiente el estreno de tres proyectos fastuosos e interesantísimos. El primero, The wizard of lies, serie de HBO sobre Bernie Madoff, interpretado por Robert De Niro. Después, de la mano de Darren Aronofsky, Mother!, una película de horror. Y, para culminar un 2017 plagado de alegrías, Michelle estará en la nueva adaptación de Asesinato en el Orient Express, interpretando a Mrs. Hubbard. En el clásico de 1974, este papel estuvo reservado para Lauren Bacall. Las comparaciones son innecesarias: las dos son estrellas inmortales del cine.

 


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