croqueta librePodéis enviar los textos que queráis (preferiblemente que no incluyan ninguna imagen) a la dirección de correo que figura en el banner, con el asunto “La croqueta libre”. Los textos se leerán para escoger, pero no se editarán. Es decir, que si tu texto se ajusta a la temática de la web, lo publicaremos, pero sin corregir las posibles faltas. Los textos deben ir firmados con nombre o seudónimo. ¡Ah! ¡Y un título! 

Hace un par de días, una conocida mía, en una conversación sobre las etiquetas sociales, me preguntó ¿qué tiene que ver con quién nos guste follar con quienes somos?, es una pregunta, y muchas veces una afirmación, que he escuchado demasiadas veces en mi vida. Yo no puedo hablar en nombre de todo un colectivo y tampoco quiero, pero si que voy hablar de porque para mi, ser lesbiana va necesariamente unido a quién soy hoy en día.

No sé en que momento de mi vida empecé a considerarme lesbiana, no recuerdo si fue un momento de lucidez concreto o si fue un proceso que se fue forjando poco a poco dentro de mi, la verdad es que aún sigo sin tenerlo claro. Pero de lo que si me acuerdo es el momento en el que dije “soy lesbiana” por primera vez.

Pasaron muchos años antes de esa frase, en mi cabeza ya era lesbiana, por supuesto, ya lo había decidido, pero nunca lo había expresado en alto, convencida y segura. Y ese día, ni si quiera recuerdo la conversación, lo dije, “soy lesbiana”. Fue como la explosión de una presa de agua que llevaba demasiado tiempo contenida a presión. Fue una sensación única e indescriptible, que todavía hace que se me pongan los pelos de punta.

Hay gente, gente hetero más concretamente, que me ha dicho con muchísima condescendencia, que esa “sensación” es una gilipollez, y en mi fuero interno no puedo evitar hacerme siempre la misma pregunta: ¿cómo va a ser una gilipollez estremecerse por algo que transforma y determina tu presencia en el mundo de una manera tan profunda?

Cuando era pequeña nadie me dijo que no solo no me podían no gustar los chicos, si no que me podían gustar las mujeres. A la tierna edad de ocho años yo ya empecé a sentir cosas que no veía reflejadas a mi alrededor; nunca me fijaba en los chicos, la verdad es que su existencia pasaba bastante desapercibida para mi, estaban en un plano de interacción distinta a la que lo estaban las chicas de mi edad. Yo me fijaba en ellas, sobre todo en una amiga en concreto; me despertaba sensaciones que no sabía como etiquetar. Antes no lo entendía, ahora sí, aquello era gestionar lo ingestionable. No podía resolver unas emociones que ni siquiera sabía que existían, porque ni siquiera sabía que podían existir.

No resolver esas emociones a tiempo me ha traído muchísimas complicaciones, complicaciones que han determinado mucho como he crecido, no solo como persona, si no como mujer y sobre todo como mujer que se relaciona con mujeres. Cuando tenía trece años (en primero de la ESO), me enamoré de mi compañera de mesa en el instituto (la llamaremos Ana). Con esa edad no tenía ni idea de lo que podía significar enamorarse de alguien, los entresijos del amor eran demasiado complejos y difusos para mi. Y me daban mucha pereza, así que decidí que yo no estaba enamorada de Ana, decidí que lo que sentía era admiración, “Uxue, Ana te cae muy bien y te gusta como amiga, y ya está”. Me repetí muchísimas veces esa frase.

Ese mismo año, una amiga mía empezó a salir con un chico de nuestra clase. Ella me contaba como se sentía respecto a él, y que cosas le despertaba. “Me gusta mucho hablar con él y compartimos muchas ideas”, “me gusta que me abrace y me reconforta estar con él”. En esa conversación se me encendió una bombilla y me di cuenta de la similitud que existía en como mi amiga se sentía respecto a su novio y como me sentía yo respecto a Ana. Me vinieron un montón de preguntas a la cabeza “¿estaré enamorada de Ana?”, “no puedo estar enamorada de Ana, es una chica”, “pero ¿y si estoy enamorada de Ana?”.

“Pero, ¿y si estoy enamorada de Ana?”.

El instituto, aunque suene estereotipado, ha sido una de las etapas vitales donde he experimentado un crecimiento personal más alto. Fue la etapa donde nos hablaron de la sexualidad, el sexo y todo ese espectro de cosas que íbamos a experimentar años más tarde. Esas clases de sexualidad fueron determinantes para mi. Cuando nos dijeron que “unos expertos” iban a venir a hablarnos sobre la sexualidad, pensé en que sería un espacio en el que poder resolver todo aquello que me estaba “pasando” (me costó muchos años entender que no me pasaba nada).

En esas clases de sexualidad solo hablamos de relaciones heterosexuales. Recuerdo que hablamos un montón de la penetración y de los condones, de cómo ponerlos y de lo importante que eran. También hablamos del amor y la atracción (heterosexual, claro). De la fecundación, e incluso nos pusieron el vídeo de un parto real. Ninguno de esos expertos me habló de lo que yo estaba experimentando, y seguían sin decirme que lo que yo sentía era válido y real. Así que yo asumí que lo que yo sentía no podía ser ni válido ni real porque nadie hablaba de ello. Fue devastador porque si, estaba enamorada de Ana, e intentar luchar contra algo válido y real que sentía fue horrible y una responsabilidad demasiado grande para una niña de trece años.

Después de eso decidí que tenía que cortar mi relación con Ana porque cada vez me sentía más y más atraída por ella, y me gustaba muchísimo, o bueno, todo lo que puede gustarte una persona cuando tienes trece años. Y no podía ser. Ana y yo éramos muy amigas, y de verdad, estábamos muy unidas. Ella lloró mucho porque no entendía nada, y yo ni siquiera sabía como explicárselo. Dejó de hablarme ese mismo día, y esa fue la primera vez que me enfadé muchísimo conmigo misma por sentirme como me sentía. Con trece años fue la primera vez que me invalide como lesbiana.

Los siguientes años de instituto se centraron en enterrarme a mi misma en un agujero para no tener que asumir que, efectivamente, me gustaban las chicas. Pasaba de estudiar y de ir a clase porque tenía que enfrentarme todos los días al estigma de no tener novio y no sentirme atraída por ningún chico, y lo peor, no mostrar interés en ellos más allá de que eran mis compañeros de clase. En la primera evaluación de tercero de la ESO suspendí cuatro asignaturas, y no me atreví a decirle a mi madre porque.

Ese mismo año, a principios de la segunda evaluación llegó una chica nueva, María. La sentaron a mi lado y mi tutora me hizo “encargada” de acompañarla en su proceso de adaptación. Ella venía desde muy lejos, y creo que fue de las primeras cosas que me atrajo de ella, que no era de España y venía de una cultura totalmente diferente, así que empecé a preguntarle muchísimas cosas y a cambio, ella me preguntaba como era la vida en España. Nos costó muy poco acercarnos la una a la otra. Y yo volví a sentirme atraída por una mujer, otra vez.

Durante este enamoramiento, pusieron un ordenador en mi casa, ¡con Internet! E hice lo que cualquier chica de quince años haría, buscar que me estaba pasando, porque me sentía como me sentía y en parte, buscar algo que me dijera que si, que yo era válida y real. Porque necesitaba que alguien me lo dijera. Y ahí descubrí que ser lesbiana era algo que se podía ser, que era real. Qué había mujeres que se declaraban lesbianas. Pero también descubrí que muchísima gente y muchísimas instituciones decían que las lesbianas estaban enfermas, que se merecían que les dieran una paliza, que merecían que las encerraran… entre otras cosas igual de agradables. También encontré un montón de movidas que decían que “experimentar” con chicas era solo una fase, que finalmente encontraría a mi hombre ideal, me casaría y tendría muchos hijos. Y ese discurso, tan peligroso, me atravesó.

Y es que María me trataba diferente a las demás, yo me daba cuenta, y en mi más pura inocencia, me ponía todas las excusas posibles para evitar pensar que si me trataba diferente era porque se sentía diferente respecto a mi, una conclusión bastante lógica, pero sabotearme era mucho más fácil (y siempre se me ha dado mejor) que asumir la realidad tal y como era. Así que no, María no se sentía atraída por mi, era yo, yo y mi absurda percepción. Pero María si que se sentía atraída por mi, aunque tuvieron que pasar muchos años para que ella me lo dijera.

Puse mucho empeño y mucho esfuerzo en intentar que se pasara la tontería esa de pillarme por chicas, porque solo era una “fase”. Así que intentaba por todos los medios que me gustasen los chicos, para sentirme falsamente encajada en un mundo que se me quedaba demasiado pequeño. Conocí muchos chicos maravillosos, que me trataron muy bien, pero ninguno de ellos me llegó a despertar las emociones que Ana y María si consiguieron. Así que si, quedaba con chicos, pero cuando llegaba a casa me tragaba quince capítulos seguidos de The L Word porque ellas representaban la vida que yo realmente quería, vivir mi sexualidad tal y como era.

Viví bastante tiempo en esa dicotomía, intentando encajar pero en el fondo sabiendo que no encajaba, porque lo que yo era es lesbiana, no estaba pasando por ninguna fase. Lo que pasa es que el mundo no hacía más que decirme lo contrario. Los libros, las películas, la cultura, el instituto, todos esos agentes de socialización (tan importantes en la adolescencia) sólo me hablaban del amor y las relaciones hetero, y sólo un puñado de producción cultural hablaba no sólo de ser lesbiana, si no de ser bisexual, trans o cualquier otra identidad que no encajase en la heteronorma. Y si a eso le sumas que la poca representación que había era nefasta (ahora ha cambiado sólo un poco), era imposible que yo pudiera asumir que mis experiencias eran válidas porque la sociedad producía una imagen que no representaba en absoluto lo que yo estaba sintiendo respecto a mi sexualidad.

Cuando acabé el instituto conocí a otra chica. Era amiga de un amigo mío y todo se desarrolló como se desarrollan este tipo de acontecimientos, empezamos a pasar mucho tiempo juntas y supongo que simplemente pasó. Compartí con ella una etapa de mi vida algo difícil y creo que la intensidad con la que vivía las emociones en aquel entonces me dio el empujón. Y esa chica se convirtió en la primera chica a la que besé, y me di cuenta de que efectivamente, me gustaba. Y también me di cuenta de que los chicos no me gustaban y que, realmente, no me habían gustado nunca.

Besar aquella chica marcó un principio; pero no fue el hecho de besarla, besar a una chica no te hace lesbiana, ni mucho menos, al igual que no haber besado a ninguna chica no te hace menos lesbiana (o menos bisexual). Besarla significó asumir que quería besar a una mujer y no a un hombre. Besarla lo hizo más real para mi, que al fin y al cabo, era (y es) lo único importante.

No puedo obviar como todas estas experiencias han tenido un impacto y una influencia brutales en mi vida. Y es que, ser lesbiana ha sido (y es) una parte fundamental de mi existencia. Entiendo perfectamente y soy muy consciente de que para muchas personas su orientación sexual sea algo aislado de su identidad personal, de quiénes son, pero yo no soy de esas personas. Ser lesbiana lo ha transformado todo: mis experiencias, mis relaciones y, en general, mi vida. No es a “quien me follo”, es quien soy. Es con quiénes decido compartir mi vida. Es como ser lesbiana ha afectado a mi identidad y a mi autoestima.

En definitiva, es como me relaciono con el mundo y como ese mundo se relaciona conmigo, como reacciona. Es en qué sitios decido no coger de la mano a mi pareja porque sé que no son espacios seguros; es cómo el mundo me invisibiliza continuamente porque asume que tienen que gustarme los hombres; es como ningún adulto responsable decidió contarme que enamorarme de mujeres era algo que estaba bien, o simplemente, algo que podía ser; es cómo me echan de un vagón de metro por darme un beso con mi novia; es como los tíos me sexualizan porque las lesbianas somos un objeto sexual de consumo masculino; es como en una entrevista de trabajo me preguntan de manera irrelevante por la pulsera arcoiris que asoma bajo mi camisa; son los insultos y los golpes que he recibido a lo largo de mi vida; es como mi vida se ve reducida a estereotipos insultantemente simples.

Son demasiadas cosas que influyen día a día en mi vida, y que tienen un efecto (a veces devastador) en quién soy y quién quiero ser. Ser lesbiana influye en muchas de mis decisiones vitales y ha influido en muchas de mis experiencias de crecimiento personal. Ser lesbiana y haber vivido todo lo que me ha brindado serlo, ha tenido una influencia que simplemente no puedo ignorar en la construcción de mi identidad como persona.

Así que ¿qué tiene que ver con quién nos guste follar con quienes somos?, para mi tiene que verlo todo.

Uxue Álvarez  (@nuvolerrant)

Puedes suscribirte a nuestro canal de Telegram para enterarte de todos los artículos: https://t.me/hulems