Sentirse diferente a los demás es algo más o menos común. Sentirse diferente y casi un extraño para uno mismo, ya no lo es tanto, pero es por lo que ha pasado Jackie Kay. La laureada poeta y novelista escocesa así nos lo cuenta cuenta en un documental que sirve de respuesta a la exhibición del Tate Queer British Art 1861-1967, que explora la vida LGBT a través de los retratos de seis personas.

Leyendo extractos de su primerísima novela, One person, two names, escrita cuando no tenía más que doce añitos, nos habla de qué la llevó a escribir la historia de Lucy, una niña que se vio en la necesidad de cambiar su nombre por el de Emma, cambiar su estilo, su pelo y su apariencia para poder encajar. Lucy se convirtió, de forma inconsciente, en el alter ego de Jackie. Ambas querían escapar de sí mismas, ambas ansiaban poder sentirse como una más entre el resto.

Solemos escribir porque tenemos un yo secreto… otro yo que no articulamos. Solemos escribir para darle una voz a ese yo silencioso.

Jackie, una mujer negra, lesbiana creció en Glasgow con su hermano y sus padres adoptivos. “Con frecuencia te sentías sorprendido cuando te veías en el espejo. Con frecuencia te sentías sorprendido de tu propia cara”, dice. Creció sin referentes y sería en la adolescencia, cuando comenzó a cuestionarse qué significaba la identidad para ella, que comenzó a forjarse la suya propia.

Si pudiera volver atrás, me gustaría ir y tener una pequeña conversación conmigo misma y decir “puedes enamorarte de quien quieras. Puedes ser exactamente quien quieras ser, puedes correr hacia ti misma si quieres, porque todo irá bien.


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