El mes pasado estrenaron una película. O reestrenaron, según cómo se mire, porque no se trata de cualquier película, sino de Blade Runner. Clásico donde los haya, como era de esperar, le llovieron críticas por todos los lados, positivas y negativas por igual. Una de ellas llegó en forma de pregunta, desde un periódico de tirada nacional, que titulaba su artículo con “¿Por qué en Blade Runner 2049 sólo hay heteros?”. Pregunta que tiene mucho sentido desde varios puntos de vista. No sólo por quienes vivimos una realidad en la que LGTB es algo tan natural como ver un pájaro picoteando el suelo de una terraza. Desde una mirada objetiva de crítica a un trasfondo, el que en el año 2049 no aparezca ni un sólo homosexual, ni se mencione siquiera el motivo de su ausencia, es una falta de coherencia a la hora de explicar ese contexto imaginario por algo muy simple: Si hay algo ahora, ¿por qué no lo va a haber más tarde? Si en el escenario de tu historia no aparece ningún árbol, tendrás que explicarlo en algún momento, de alguna forma. Que el cambio climático acabó con todas las plantas o que fueron todos pasto de Ikea. Si todos los personajes tienen las orejas cortadas, pues también será por algo. Por ésto, si un tercio de la población a día de hoy es LGTB y en tu película no aparece ni uno, es igual de extraño. Tendrás que explicarlo. ¿Un régimen totalitario acabó con todos en cámaras de gas? ¿Se adoctrinó a la población hasta que prácticamente desaparecieron y ver uno es un mirlo blanco?

No todo el mundo ve esto así y los comentarios a este artículo en las redes sociales no se hicieron esperar.

Desde “La pregunta gilipollas del día”

a “¿Y para qué quieren una pareja homosexual? ¿En qué afectará positivamente la historia?”

Un surtido de opiniones con dos orígenes claros. Por un lado los de “Esta película/autor es Dios, todo lo que hace está bien y cómo te atreves a criticarlo. La furia de los fans cae sobre ti, ¡hereje!” y sin faltar el “Ya están los gays quejándose por todo, como siempre, queriendo estar en todas partes para llamar la atención. ¡Como si no los tuviésemos ya hasta en la sopa!”. Sin olvidar la coletilla que más toque de humor ponía al asunto: “Pero que conste que yo no soy homófobo ni nada, ¿eh?”.

Se han escrito ríos de tinta sobre el tema. Y más recientemente, a raíz de la tendencia de moda del año pasado “Mata a una Lesbiana en tu Serie” (con lo que nos gustaba la anterior de “Pon una Lesbiana en tu Serie”, a veces la moda da asco). De todo lo que se ha dicho en publicaciones y programas de televisión a lo largo y ancho del mundo, se pueden sacar conclusiones muy válidas y que ya forman parte de la historia para la asignatura de El Mundo Audiovisual 101 (y que más de un productor debería de repasar en un cursillo de reciclaje). Una, que la representación LGTB no afecta ni positiva ni negativamente a una trama. Simplemente la enriquece y aporta realismo al trasfondo, desde el punto de vista crítico-cinematográfico. Pero, lo que es más importante, afecta positivamente a quien la recibe. Y no sólo a quien está harto de haber visto su comunidad invisible en la gran pantalla.

A estas alturas, se hace igual de raro que si una película fuese enteramente representada por actores blancos, o negros o de cualquier otra etnia. La representación de la diversidad está cogiendo fuerza en el mundo audiovisual porque permite hacer que nadie se sienta menos representado, menos humano o con menos derechos porque poco a poco se acepta el fundamento básico de no ser discriminado por sexo, raza, religión u orientación sexual. Beneficia a que la sociedad sea cada vez más abierta, tolerante y empática. Ejemplos recientes que veo a seguir son Sense8 o Dark Matter. Quien no sale de España ni de su cultura, ahí se queda extrañado de se hagan estas preguntas.

La industria del cine, música y medios de comunicación audiovisual en general, es una criatura que lleva ganando en rapidez evolutiva a cualquier otra. Desde hace unas décadas, hemos podido ver con una sonrisa cómo nos guiñaba un ojo de manera cada vez más evidente. Antes de que a nadie se le ocurriese adaptar a Clarke Griffin como personaje bisexual, ya habíamos sufrido con Bo, la súcubo de Lost Girl, la intriga de en qué lado de la acera encontraría la otra mitad de su corazón. Pero la incertidumbre del “será o no será” la veníamos viviendo dese los 90 con series como Xena o Buffy.

 Por suerte, las posibilidades de que nuestra protagonista favorita de una serie o película consiguiese el amor de la chica han ido aumentando exponencialmente con el paso de los años. De igual manera podemos disfrutar cada vez más en nuestras horas de ocio de cantantes cuyas canciones no tenemos que cambiar el género del pronombre a quien se dirigen para que canten nuestras historias. De novelas que ya no hay que ir a librerías especializadas en temática gay para encontrarlos. Incluso el mundo el cómic y de los videojuegos han visto que agradecemos su atención y desarrollan personajes pensando en nosotras.

Algunos hilos de Twitter duraron días y derivaron incluso en discusiones políticas que revelaban un nivel de conocimiento y percepción de la realidad que, sinceramente, asustaba. Como el de un adolescente argentino que juraba y perjuraba que en su país el matrimonio gay no estaba legalizado, por muchos enlaces a la página oficial de su gobierno y su constitución que se le mostrasen.

La cuestión más preocupante es ¿cómo te diriges y cómo le rebates a esa generación de los que por edad, hasta hace poco, estaban al mando de la sociedad? ¿Y a los jóvenes que en casa les meten con cuchara argumentos falsos con los que luego enfrentan y atacan una realidad que no es como le han dicho en casa?

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