Hay historias que, pese a que tienen que pasar décadas para ello, consiguen un final feliz. Hoy os traemos una originalmente publicada en el Washington Post, y que seguro que os va a encantar (así como a otras webs lésbicas en español que no tardarán en publicarlo sin citar ninguna fuente. Un beso para ellas.)

La historia de Helen Grace James es una historia en dos partes. La primera tiene lugar durante la década de 1950, en Estados Unidos. Helen había estudiado una carrera universitaria, había estado trabajando como profesora, y con 25 años se alistó, ya que el ejército le parecía una buena opción profesional. Su padre había sido militar, y ella estaba cómoda con la vida dentro de esta institución.

James finalmente fue destinada a la base de la Fuerza Aérea de Roslyn, en Long Island, donde se le asignó el puesto de operadora de radio. Su tarea era sencilla, pero primordial, sobre todo después de los ataques en el Pacífico por parte de Japón al inicio de la Segunda Guerra Mundial: ella debía contactar con las bases militares de la costa este, cada hora, para asegurarse de que no había novedades. Su trabajo le gustaba, y en 1955 solicitó un ascenso. 

Pero también en ese año los rumores comenzaron a cobrar fuerza en los barracones. La Oficina de Investigaciones Especiales de la Fuerza Aérea buscaba gays y lesbianas en las filas del ejército, como parte de la Lavender Scare, el miedo a las personas LGBT que había en la época. James y otras dos lesbianas en la base comenzaron a sospechar que sus habitaciones estaban siendo inspeccionadas y que las estaban siguiendo fuera de la base. Y así era. 

Me compraban muñecas y cosas así para Navidad, y se las daba a mi hermana. Ni siquiera sabía lo que era una lesbiana. No supe ese término hasta más tarde. Entonces, simplemente no hablabas de eso

Mientras la interrogaban, los agentes la amenazaron con sacarla del armario con su familia si no firmaba una confesión. Se mudó porque no podía estar cerca de su familia o amigos. Todos los compañeros de su base sabían la razón por la que la habían expulsado del ejército, y un día se encontró con que le habían quitado los botones de su uniforme. Si no podías llevarlo, no pertenecías al ejército.

Como había sido licenciada del ejército de manera «indeseable», no podía hacer uso del crédito para pagar sus estudios, ni recibir los beneficios del seguro. Además, cuando muriera, no podría ser enterrada en un cementerio nacional, ni con una guardia. Supongo que esto es algo que cuando eres joven te da más igual, pero cuando rondas los noventa años comienzas a pensar «¿y por qué, si yo he servido a mi país, y no he hecho nada malo»?.

Esto fue lo que debió pensar la protagonista de nuestra historia, que a principios de este año demandó al ejército para cambiar su situación de salida del ejército. James decidió solicitar oficialmente la actualización a «honorable» a la aprobación de la gestión con la Junta de la Fuerza Aérea para la Corrección de Registros Militares. La Fuerza Aérea le hizo saber que sus registros habían sido destruIdos en un incendio en la década de los 70, y que eso no podía ser. Y fue entonces cuando lo solicitó por vía judicial. 

Y es aquí cuando comienza la segunda parte de la historia. Helen demandó. Y Helen ganó. El ejército había cambiado su estado a «honorable». James había estado esperando esto por más de seis décadas.

Todavía estoy tratando de procesarlo. Es tanto alegría como sorpresa. Es realmente cierto. Realmente iba a ser una ‘honorable’. Fui a Stanford, fui profesora en Cal Fresno. Tenía pacientes, amigos, estudiantes de los que aprendí mucho. He hecho esto todo porque me han empujado. Tenía que hacer todo lo que pudiera para demostrar que soy una buena persona. La Fuerza Aérea me reconoce como una persona completa en el ejército, habiendo hecho mi trabajo ayudando a cuidar el país que amo

Vía: Washington Post