Cuando en junio de 2017 Ana Brnabić fue elegida como primera ministra del gobierno serbio, la noticia fue muy bien recibida por varios motivos: era la primera mujer a la que se le encargaba esta tarea, y además era lesbiana, lo que daba un plus de visibilidad y, creíamos, empatía con respecto a esta comunidad en el país balcánico. Han pasado dos añps y se ha demostrado lo que a veces nos cuesta creer: que no por pertenecer a una comunidad remas a favor de ella.

El ministro de salud de Serbia ha prohibido a las personas LGBT que donen óvulos para inseminación artificial, bajo la premisa de que nadie que haya tenido un «historial de relaciones homosexuales en los últimos cinco años» pueda «donar células reproductivas en Serbia para inseminación artificial, in vitro o para pruebas de laboratorio».

Esta política, que es decididamente anti-LGBTQ, entró en vigor poco después de que la primera ministra, insistimos, lesbiana, tuviera un hijo por los mismos medios, algo que además se vendió como un progreso, ya que Brnabić fue la primera mujer lesbiana en tener un hijo con su pareja mientras estaba en el cargo.

Tampoco se permite en el país la adopción por parte de una pareja LGBT, aunque sí por parte de una sola persona. Por cierto, en Serbia no está permitido el matrimonio igualitario. La constitución de 2006 define matrimonio explicitamente como la unión entre un hombre y una mujer, y a pesar de que los grupos LGBT están haciendo presión para que eso cambie, no parece que vaya a suceder en un país en el que la sociedad sigue siendo esencialmente reacia a aceptar a las personas LGBT.

Con anterioridad a su nombramiento efectivo, Brnabić había declarado a un medio nacional que «conduciría el gobierno «con dedicación y responsabilidad, y haré mi trabajo con honestidad y con amor». Pues menos mal, cariño.

Vía: RFERL