Irán es uno de los más de 70 países del mundo en los que la homosexualidad, en 2017, sigue siendo un delito. En la República Islámica lesbianas y gais han sido perseguidos desde la revolución iraní de 1979, asentándose en un código penal -regulado según la sharia o ley islámica- que contempla diferentes penas según el género: para ellos, la pena de muerte. Para ellas, 100 latigazos por ser lesbiana. 

Amnistía Internacional reconoce en su informe sobre la república islamista del ejercicio 2016/2017 que “algunas conductas homosexuales consentidas seguían siendo punibles con la muerte”. Esa pena máxima, sin embargo, solo se contempla, en principio, en lo que el código penal define como sodomía -la relación sexual entre dos hombres- en su artículo 108. Es en el punto 127 donde el código profundiza en el término mosaheqeh, la homosexualidad femenina genital, y en los sucesivos artículos especifica las diferentes condenas a las que tienen que hacer frente las mujeres lesbianas por el simple hecho de amar a otras mujeres y tener relaciones con ellas.

De esos 100 latigazos iniciales para cada una de las partes, se llega, en el Artículo 131, a la pena de muerte si la mujer ha sido acusada más de tres veces por mosaheqeh. Las mujeres pueden ser, también, flageladas simplemente por besar a otra mujer. En un país que se vanagloria de “no tener homosexuales” -“¿Homosexuales? Nosotros no tenemos de eso“, decía Mahmud Ahmadineyad, ex presidente iraní, en Estados Unidos en 2007-, queda patente la represión extrema.

Pero por mucho que se jactase el antiguo mandatario iraní hace 10 años, es obvio que hay lesbianas y gais y personas del colectivo LGBTI en Irán. Sometidos y perseguidos, pero ahí están, como apunta el estudio “Being Lesbian in Iran” de OutRight Action International: “La comunidad lésbica en la República Islámica de Irán está sometida a una confluencia de discriminación legal, acoso social, abuso doméstico y actos de violencia, infringidos tanto por funcionarios estatales como por ciudadanos”.

De ello, de ese abuso por parte del sistema y de la sociedad, habló en una entrevista para Broadly Azadeh -nombre ficticio-, una joven lesbiana iraní de 25 años que pasó tres días sometida a interrogatorios que “le parecieron tres meses”.

Esas 72 horas de tortura las pasó en un “curso de reorientación”, un eufemismo para los interrogatorios, que según explica en la entrevista “consistían en recibir instrucción religiosa y en repetidos intentos de obligarla a admitir que era gay”.

“Me torturaron vertiendo agua hirviendo sobre mi piel y golpeándome, sobre todo en la cabeza. [Pero] más que torturas físicas, sufrí sobre todo abusos verbales”, afirma. “No paraban de decirme que era una ‘lamecoños'”.

“Antes me esforzaba muchísimo por interpretar el Corán de un modo que fuera más compatible con mi situación como lesbiana”, sigue contando Azadeh en Broadly, donde también entrevistan a Kevin Schumacher, experto en Oriente Medio de OutRight.

Schumacher aglomera todas las causas y consecuencias y dice que “las lesbianas no tienen visibilidad. Te hace preguntarte qué se siente al ser una mujer [en Irán] que quiere estar con otra mujer. Desde una edad muy temprana ves cómo estas chicas sufren bullying en el colegio, cómo reciben el acoso de sus compañeros de clase y sus profesores”.

“La historia que no se cuenta es realmente la de la presión social, la violencia doméstica que sufren estas mujeres”, reconoce Schumacher. Porque no son solo 100 latigazos. También son todas las agresiones físicas y psicológicas que sufren las mujeres lesbianas y que el código penal no contempla, pero sí esa sociedad opresora que flagela por un beso.

 

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