Milk

Durante los seis años que llevo en escribiendo en esta web, los últimos cuatro también dirigiéndola, he ido viendo cómo todos los asuntos referentes al colectivo LGBT, y en especial a todo lo que atañe a las mujeres que estamos dentro, ha ido cambiando y modelándose al ritmo de los tiempos, como lo hace casi todo en esta vida. Hay cosas que están de actualidad o en valor, cosas de las que se habla, y otras que quedan relegadas por lo que sea. Y hay conceptos que servían hace tiempo, pero ya no.

Cuando empecé a interesarme por la cultura LGBT y todo lo que ella implicaba, yo pensaba que tenía las cosas clarísimas. “Esto es esto, y no es otra cosa, porque lo pone en este libro tan gordo que ha escrito esta señora que sabe más que yo”. Y a veces es así, y otras, muchas, la experiencia y la conversación te va enseñando que hay cosas que no aparecen en los libros, y sobre todo que la experiencia humana es rica, muy rica, y a lo mejor los estándares elevados se olvidan de que, bajo toda la teoría y todos los conceptos académicos, podemos aprender de muchas otras fuentes, e ir avanzando en algunos aspectos con los que antes estábamos a gustísimo, pero que ya no son suficiente.

Uno de ellos es la visibilidad. Siempre he sido partidaria de la máxima que dice que, cuanto más se vea, cuanto más visible, cuantos más referentes haya, mejor. A más número, más posibilidades de que haya algunos que sean válidos, y cuyas actividades y propuestas, y sobre todo su exposición, nos ayuden a todos. Estoy convencida de que la visibilidad, simplemente por el hecho de ser, es positiva, porque abre un mundo a aquellas personas carentes de referencias.

Peppermint, primera mujer trans en tener un papel en Broadway

Pero lo que percibo que sucede a veces es que cualquier persona visible se convierte automáticamente en un referente, sin pedirle nada más y siendo extremadamente complacientes con nosotras mismas, porque creemos que con eso basta. Que su labor en visibilidad es tan buena que eso las transforma en altavoces unidireccionales de toda la comunidad, cuando eso es algo por definición imposible, ya que la comunidad es tan diversa como la suma de sus partes. Y mucho peor es cuando esos referentes se arrogan ese papel, el de voz inequívoca de todo un colectivo, para, quiero creer que por desconocimiento porque la alternativa me gusta menos, enfrentar y dividir a personas que estamos en la misma lucha.

El colectivo LGBT es diverso. Cada una de sus partes tiene necesidades específicas, diferentes reclamaciones en tanto en cuanto somos diferentes unos de otros. Pero desde luego lo que sí tenemos son una serie de puntos comunes que no podemos ni olvidar ni intentar utilizar para separarnos. Las mujeres necesitamos más representación, y de muchísima mejor calidad en todos los ámbitos de la vida, y desde luego también en todo lo tocante a actos del colectivo LGBT, que sí es cierto que muchas veces parecen únicamente dirigidos a los hombres del mismo. Lo que no parece lógico es hacer esas demandas echando barro sobre una de las piedras angulares de la cultura LGBT, las drag queens.

No soy, ni mucho menos, una especialista en su historia, pero no hace falta serlo para saber que no nacieron con Rupaul’s Drag Race, sino que este programa ha contribuido a que sean un fenómeno de masas y que personas de todo el mundo, y no solamente hombres gays, conozcan tanto la cultura drag como muchos de los problemas de la comunidad LGBT: rechazo social y de las familias, problemas de autoaceptación, transtornos mentales asociados al bombardeo de mensajes negativos sobre identidades y orientación sexual, terapias de conversión y un sinfín de asuntos de los que a veces nos olvidamos porque nuestra existencia personal es relativamente plácida. Ahora tenemos un programa en el que la gente habla de que los han echado de casa por ser gays, y eso está poniendo este asunto en la palestra cuando hasta hace no tanto era prácticamente tabú. Y tenemos un programa en el que se muestra cómo, cuando todo falla, siempre tienes gente que te quiere tal y como eres. 

Las drag queen han evolucionado también al compás de los tiempos, y decir que perpetúan estereotipos de género es demostrar bastante ignorancia. Si nos queremos ceñir sólo a las que salen por la tele, por acotar al mainstream, hay artistas visuales realmente interesantes que no es que perpetúen nada, es que cogen el género y le dan una patada al fondo de la sala para convertirse en seres lisérgicos y libres que hacen lo que les da la gana. Porque no tienen que pedir permiso a nadie.

Valentina, persona no binaria

Y, por otro lado, algunas de las drags que participan en este programa, han contado que son mujeres trans o no binarias, dotándolas de visibilidad y hablando de los problemas que eso conlleva, también, dentro del mismo colectivo LGBT que muchas veces chorrea transfobia sin que nos demos cuenta. Hablar de “hombres con tacones” es, como poco, faltar al respeto.

En momento como este, donde el Orgullo muchas veces parece que ha pasado a ser ese día de calorcete en el que salimos a bailar a la calle sin que nada nos perturbe porque ya somos ciudadanos de primera y todo fenomenal, no está de más acordarse de quién se ha llevado siempre el primer palo físico. La respuesta no suele ser las lesbiana cis normativa, sino la drag queen llena de purpurina, o la mujer trans que simplemente pasea por la calle. Y no reconocerlo supone un egoísmo atroz, mostrando que vivir en una burbuja no es buena idea. Las mujeres LGBT seguimos necesitando más referentes.