
Ahora que ya ha pasado el Orgullo, el ruido, las marcas, las carrozas, las fotos de rigor y las pocas publicaciones de empresas y famosos, quizá podemos pararnos a pensar un poco. Sin purpurina en los ojos y sin la música de fondo, que a veces tapa más de lo que acompaña. Estos días hemos leído mucho aquello de que “se están cargando el Orgullo”. También hemos visto bastante golpe de pecho sobre nuestra supuesta responsabilidad colectiva: que si hemos perdido el norte, que si ya no reivindicamos, que si todo se ha convertido en fiesta. Y algo de eso hay, claro. Pero quedarse ahí es demasiado cómodo. Porque no hemos sido solo nosotras quienes hemos vaciado el Orgullo de contenido. Han sido, sobre todo, las instituciones, que hace años asumieron un compromiso tácito con el colectivo y que cada vez parecen más interesadas en potenciar únicamente la parte comercial, turística y fotografiable, dejando de lado todo lo demás.
El Orgullo sirve cuando hay foto. Sirve cuando hay escenario. Sirve cuando hay marca, carroza, pulsera, bandera en escaparate y campaña de redes. Pero cuando toca presupuesto, programación, compromiso político, protección real o defensa de derechos, entonces la cosa ya no interesa tanto. En Madrid, por ejemplo, hemos llegado a un punto en el que el gesto institucional ha sido vinilar papeleras. Las papeleras. Ese es el nivel simbólico de compromiso al que hemos ido descendiendo: convertir el mobiliario urbano en coartada.
Y mientras tanto, los conciertos son cada vez más esperpénticos. No porque el Orgullo tenga que ser un examen de pureza ni porque solo puedan subirse al escenario artistas LGBT, pero sí porque resulta bastante evidente que cada vez importan menos la vinculación, el sentido y la representación. Se ha reducido el presupuesto una barbaridad y se nota. Se nota en la programación, en la ambición y en el lugar que se concede a la cultura queer dentro de una celebración que, precisamente, debería entenderla como parte central. Menos mal que este año se han inventado los concertitos de Colón, donde al menos había algo de representación meritoria y nombres que sí dialogaban de alguna manera con lo que se estaba celebrando.
Luego está la manifestación. O lo que queda de ella. Porque las carrozas de la manifestación estatal son, muchas veces, un cuadro. Hay cero reivindicación en demasiados espacios y demasiadas empresas han entendido que aquello es un escaparate publicitario gigantesco montado a nuestra costa. No todas, evidentemente. Pero muchas sí. Y mientras tanto, todavía hay quien sale muy contenta agitando una banderita corporativa como si aquello fuera una victoria colectiva y no, en muchos casos, una apropiación bastante descarada de una lucha que no les pertenece.
El problema no es que haya fiesta. El Orgullo también es fiesta, también es cuerpo, también es calle, también es celebración. El problema es que nos quieran dejar solo con eso. Con la fiesta domesticada, con la bandera amable, con el producto vendible, con la diversidad convertida en photocall. Nos quieren visibles, pero no incómodas. Alegres, pero no enfadadas. Presentes, pero no organizadas. Decorativas, pero no políticas.
Y en medio de todo esto aparecen los partidos políticos que solo nos miran como una herramienta de confrontación. No como personas, no como ciudadanía, no como sujetos de derechos, sino como munición cultural. Hay partidos que nos utilizan para enfrentar, para señalar, para agitar fantasmas y para alimentar una guerra que les resulta rentable. Y esta vez, sí, algunos les han comprado el discurso. Lo han comprado en aras de sentirse validados por quienes los aplastarían si pudieran. Por quienes, de hecho, ya lo están haciendo allí donde tienen capacidad para hacerlo. Porque no deja de ser llamativo que haya gente LGBT celebrando que ciertos sectores les concedan una palmadita en la espalda mientras esos mismos sectores recortan derechos, alimentan discursos de odio o blanquean a quienes nos señalan. La validación del verdugo siempre sale cara.
También tenemos medios que un día publican la lista de los LGBT más influyentes y al día siguiente dan espacio a una columna de opinión que nos llama pedófilos, brujas o cualquier otra barbaridad salida del manual más viejo de la reacción. El pinkwashing mediático funciona así: una portada amable para parecer modernos y una columna incendiaria para no enfadar al público de siempre. Una mano sostiene la bandera y la otra abre la puerta al odio.
Y luego están los famosos. En 2026 todavía hay quienes no se han enterado de que el Orgullo no es solo una fiesta. Quienes se acercan cuando toca foto, quienes hablan de diversidad como si fuera una sección de lifestyle y quienes siguen refiriéndose al hecho de ser LGBT como “vida privada”, como si nuestra existencia pública fuera una extravagancia o una falta de educación. A algunos se les ha convertido en referentes con una facilidad pasmosa, aunque su relación con el colectivo sea tibia, cómoda o directamente inexistente.
Y, sin embargo, a veces quienes sí entienden algo son precisamente las personas a las que se ha menospreciado por no ser especialmente intelectuales, solemnes o académicas. Dulceida, por ejemplo, lo explicó con una claridad que muchos tertulianos no han alcanzado: ya no viaja a lugares donde la legislación, no las personas, prohíbe nuestra existencia. Y ahí hay una idea importante. No se trata de señalar pueblos enteros, ni de convertir la inmigración en chivo expiatorio, ni de comprar discursos racistas disfrazados de defensa LGBT. Se trata de mirar las leyes, las estructuras de poder y los sistemas que permiten perseguirnos.
Porque algunos se lanzaron muy rápido, mucho en nuestra publicación de Twitter, a vincular inmigración con violencia hacia las personas LGBT. Muy rápido. Demasiado rápido. Como si la homofobia hubiera llegado ayer en patera y no llevara siglos perfectamente instalada en nuestras instituciones, en nuestras familias, en nuestros medios, en nuestras iglesias, en nuestros partidos y en nuestras sobremesas. La columna del señor de Teruel les lleva la contraria. Y las palabras del señor diputado del PP, también. No hace falta irse muy lejos para encontrar odio. A veces está perfectamente integrado, perfectamente nacionalizado y perfectamente sentado en un escaño. Ese, por lo que sea, no cuenta.
Por eso quizá conviene dejar de repetir que “se están cargando el Orgullo” como si fuera una frase cerrada y empezar a preguntar quién lo está vaciando, quién se está beneficiando de ese vaciamiento y quién está encantado con que dejemos de hablar de derechos para hablar solo de carrozas, conciertos y marcas. Porque el Orgullo no se muere porque haya fiesta. Se muere cuando solo queda fiesta. Se muere cuando la reivindicación molesta. Se muere cuando las instituciones lo convierten en decoración urbana, las empresas en campaña de marketing, los medios en contenido de temporada y algunos políticos en arma arrojadiza.
El Orgullo nació para ocupar la calle. Para decir aquí estamos. Para responder a la violencia, a la vergüenza impuesta, al silencio y al miedo. Si ahora algunos quieren reducirlo a una playlist, una carroza patrocinada y una papelera vinilada, quizá no somos nosotras quienes tenemos que pedir perdón.



