Cultura sáfica para acabar la semana con buen gusto
Todos los domingos procuro recomendar un par de cosas que me hayan hecho la semana un poco mejor y que, de algún modo, tengan ese pequeño toque croqueta que nos gusta. No es una selección muy elaborada ni pretende serlo. A veces se trata de una serie, otras de una canción, otras de un libro que se cruza en el camino cuando estaba buscando algo distinto.
Este domingo estaba yo viendo acurrucada en el sofá con mi novia, por petición suya, Sé lo que hicisteis el último verano, y he caído en que la versión de 2025, que pinta ser igual de horrorosa que la original, tiene toque croqueta. Así, pues, ahí va la primera recomendación de hoy: el remake de Sé lo que hicisteis.
Una de las protagonistas es Sarah Michelle Gellar, y cada vez que la veo mi mente vuela a una de mis pelis noventeras favoritas: Crueles intenciones. No voy a pegar aquí el beso, besazo, con Selma Blair, porque seguro que ya lo has visto, pero ¿sabías que hace pocos años se planteó hacer una serie basada en la película, e incluso se rodó un piloto que no salió?
Para terminar, una recomendación literaria que no es propia sino sugerida por la misma persona que me ha hecho ver hoy la película infame de la que os he hablado antes. Se trata de Rebel Girl, la biografía, autobiografía, de Kathleen Hanna, vocalista de Bikini Kill y Le tigre y croqueta de adopción que no de devoción. Me dicen que anote aquí que le está gustando mucho y que, como fun fact, diga que es la persona que le puso nombre a la canción Smells like teen spirit. Casi nada.
Cultura sáfica para acabar la semana con buen gusto
Todos los domingos intento recomendar un par de cosillas que me hayan alegrado la semana y que, de una forma u otra, tengan algún pequeño toque croqueta. No es una lista muy pensada ni especialmente ambiciosa. A veces es una serie, a veces una canción, a veces un libro que aparece mientras estaba buscando otra cosa. La idea es compartir pequeños descubrimientos o momentos que merecen ser comentados.
La serie de esta semana, en realidad, es más bien un momento muy concreto de una serie que muchas llevamos siguiendo con bastante atención/devoción/inserte aquí lo que se quiera. Sueños de libertad nos ha dejado estos días dos escenones bastante comentados entre el público croqueta. Primero, el picnic entre Marta y Chloe, una de esas escenas que parecía ir hacia un momento de calma y complicidad entre las dos. Y después llegó la ruptura. La historia entre Marta y Chloe ha sido una de las tramas que más han dado que hablar de la serie en este último tramo, precisamente porque siempre ha jugado con esa tensión entre el deseo, las circunstancias y todo lo que las rodea. Ya hablaremos de esto. En cualquier caso, hay algo que no debemos perder de vista: cada vez estamos más cerca de la vuelta de Fina Valero, así que todo apunta a que la historia todavía tiene bastante que decir.
El libro de la semana es La seducción, de Sara Torres. En este caso todavía no puedo contar mucho porque ni siquiera lo he empezado, pero ya lo tengo reservado en eBiblio y estoy esperando a que me llegue el turno.
Sara Torres es una autora que cada vez aparece más en conversaciones sobre literatura contemporánea y sobre escritura del deseo desde perspectivas queer, así que llevaba tiempo con curiosidad. La seducción gira en torno a las relaciones entre mujeres, el deseo y las dinámicas de poder que se generan en ese terreno, un tipo de exploración bastante presente en la obra de la autora. En cuanto lo empiece y vea por dónde va exactamente, seguramente vuelva a aparecer por aquí.
Nos leemos el domingo que viene con más recomendaciones croquetas de confianza. Si Sueños de libertad sigue al ritmo que lleva últimamente, no me extrañaría que volvamos a tener material que comentar muy pronto.
La actriz Anna Camp, conocida sobre todo por la saga Pitch Perfect, ha confirmado públicamente que es bisexual. Lo ha hecho en una entrevista en el pódcast I’ve Never Said This Before with Tommy DiDario, donde explicó que, con 43 años, por fin se siente cómoda nombrando su orientación de manera clara.
Aunque para mucha gente la noticia puede parecer nueva, en realidad la conversación lleva tiempo abierta. Camp ya había hecho pública en 2025 su relación con la escritora y estilista Jade Whipkey, con quien incluso apareció en alfombras rojas durante la promoción de su película Bride Hard. La diferencia ahora es que la actriz ha decidido ponerle etiqueta a su orientación y hablar abiertamente de ello.
Durante la entrevista, Camp explicó que asumirlo públicamente no siempre resulta sencillo y que hacerlo desde el foco mediático implica exponerse a comentarios, interpretaciones y opiniones de todo tipo. Lo que tú y yo ya sabemos, vaya. Aun así, lo tiene claro: prefiere vivir de forma honesta a quedarse en un lugar cómodo que ya no encaja con su vida actual. Según contó, se siente orgullosa de poder decir abiertamente que es bisexual.
La actriz también explicó que este momento forma parte de una etapa de cambios personales que está viviendo en su cuarentena. Lo describió como una evolución importante, una manera de revisar quién es y qué quiere ahora, incluso si eso significa que su vida no se parece exactamente a lo que había imaginado años atrás.
Y poco más os cuento. Otra actriz que habla abiertamente de bisexualidad, en un momento en el que todavía y de manera agotadora existe bastante confusión pública sobre lo que significa. Yo creo que estamos para celebrarlo, vamos.
Cultura sáfica para acabar la semana con buen gusto
Todos los domingos intentaré recomendar tres cosillas, sean las que sean, siempre que tengan un pequeño toque croqueta o que, simplemente, me hayan hecho la semana un poco más agradable. No es una lista exhaustiva ni pretende descubrir el fuego. Son recomendaciones muy de andar por casa: una serie que estoy viendo, una canción que me ha dado por volver a escuchar o un libro que me ha reaparecido por casualidad mientras buscaba otra cosa. Si de paso sirven para que alguien descubra algo nuevo o recuperar algo que tenían olvidado, mejor todavía.
La serie de esta semana es Babylon Berlin. En realidad no la estoy viendo por primera vez, la vi un verano hace tiempo, pero estos días me he puesto a leer los libros de Volker Kutscher en los que se basa la serie y me han entrado ganas de recuperarla. Para quien no la conozca, la historia sigue al inspector Gereon Rath en el Berlín de finales de la República de Weimar, una ciudad fascinante, contradictoria y al borde del abismo. La serie mezcla investigación policial, intrigas políticas y una recreación histórica bastante espectacular de la época. Berlín en los años veinte siempre tiene ese magnetismo de ciudad moderna, nocturna y caótica que estaba viviendo sus últimos años antes de que todo cambiara. Además, en la tercera temporada aparece una pareja croqueta, Charlotte y Vera, así que cuando llegue a esa parte la revisión promete tener todavía más interés. Está en Movistar.
La canción de la semana es una vieja conocida que ha vuelto a aparecer estos días. The Veronicas han interpretado una nueva versión en directo de Untouched para la serie Like A Version de la emisora australiana triple j, una de esas cosas que hacen a veces las emisoras en Youtube y que me flipan, como el Live Lounge de la BBC o el Tini Desk. La canción original salió en 2007 y fue uno de esos himnos pop que sonaban en todas partes (en todas partes = en mi ipod) durante una temporada. Ahora la han recuperado en formato en vivo y el resultado funciona sorprendentemente bien porque NOSTALGIA. La actuación ha empezado a circular bastante por redes , con bastante gente redescubriendo la canción o volviendo a escucharla después de años. Si en su momento os gustaba, merece la pena darle otra escucha.
El libro de la semana no es una novedad, pero me lo he vuelto a encontrar estos días mientras buscaba materiales para unas cosas del máster que estoy haciendo. Se trata de Escondidas en el cine, publicado por LES Editorial. Es uno de esos libros que resultan especialmente útiles cuando intentas rastrear la presencia de personajes o historias lesbianas en la historia del cine. Durante décadas muchas de estas representaciones aparecían de forma indirecta, codificada o directamente borrada por la censura y por las propias normas de la industria. El libro hace precisamente ese trabajo de rastreo y contextualización, mostrando cómo esas presencias han existido desde muy temprano aunque muchas veces hayan pasado desapercibidas para el público general. Si os interesa la historia cultural de la representación lésbica en el cine, sigue siendo una lectura muy recomendable.
Nos leemos el domingo que viene con tres nuevas recomendaciones croquetas. Mientras tanto, si tenéis canciones, series o libros con potencial croqueta que creáis que merecen entrar en esta sección, siempre se aceptan sugerencias.
En marzo de 2016 pasó algo que, si estabas en el fandom sáfico de las series y si no estabas a lo mejor también, probablemente recuerdas perfectamente: el día que Lexa, comandante grounder y crush universal, murió de manera sobrevenida y cruel en The 100. Este 2026 se cumplen diez años de aquel episodio que, durante semanas, convirtió internet en un campo de batalla entre fans, guionistas y medio mundo hablando de representación queer en televisión.
Para quien no tenga el recuerdo fresco: Lexa, interpretada por Alycia Debnam-Carey, era uno de los personajes más queridos de la serie de ciencia ficción de CW. Líder política, estratega brillante y con una presencia magnética, había terminado construyendo, para ENORME ALEGRÍA de las fans una relación romántica con Clarke Griffin. La pareja, conocida por el fandom como Clexa, se convirtió rápidamente en uno de los ships más populares de la televisión y de internet. No era casualidad. En 2016 todavía era bastante raro encontrar una historia sáfica en una serie mainstream tratada con cierta épica.
El problema llegó con el episodio Thirteen, emitido el 3 de marzo de 2016. Tras una larga tensión romántica, Clarke y Lexa por fin se besaban y pasaban la noche juntas. El fandom celebró el momento como una pequeña victoria televisiva. Y entonces, minutos después, todo se fue al traste: Lexa moría de un disparo accidental destinado a Clarke. Algo que, a día de hoy, sigue impresionando por lo absolutamente innecesario que era.
En cuestión de horas empezaron a circular hashtags como #LGBTFansDeserveBetter, que acumularon cientos de miles de tuits. La queja no era simplemente “han matado a mi personaje favorito”. El enfado tenía un trasfondo mucho más concreto: la sensación de que la serie había caído en el famoso tropo televisivo conocido como “Bury Your Gays”, una tendencia histórica por la cual los personajes LGBT terminan muertos, especialmente justo después de encontrar la felicidad o confirmar su relación, y especialmente las mujeres lesbianas. Tenemos ejemplos para dar y regalar, lamntablemente incluso después de esto que te estoy contando. Autostraddle recopiló 240 personajes hasta que en 2024 supongo que se cansaron de contar.
Para muchas espectadoras lesbianas y bisexuales, el problema era doble. Por un lado, Lexa era uno de los pocos personajes lésbicos complejos, y queridos, en una serie mainstream, no de nicho. Por otro, la propia promoción de la serie había insistido en su representación LGBT como algo progresista, lo que generó la sensación de traición cuando el personaje murió de manera tan abrupta.
La reacción fue enorme. Hubo campañas para boicotear la serie, debates interminables en Tumblr y Twitter, artículos analizando todo, sobreanalizando, creando revuelo, y también una conversación mucho más amplia sobre cómo se representaban las historias LGBT en la televisión mainstream. Incluso se organizaron iniciativas solidarias impulsadas por fans que aprovecharon el momento para recaudar fondos para organizaciones de apoyo a jóvenes LGBT, y la estupenda editorial LES lanzó un título analizando la reacción y el legado.
La presión fue tal que el showrunner de la serie, Jason Rothenberg, terminó publicando una carta abierta disculpándose con los fans. Reconoció que no había sido consciente del peso simbólico que tenía el personaje y admitió que, con la perspectiva del tiempo, habría manejado la muerte de Lexa de otra manera.
Diez años después, la serie terminó hace tiempo y el fandom ha pasado por mil otras guerras culturales, pero la muerte de Lexa sigue apareciendo cada vez que se habla de representación queer en televisión. No tanto por el hecho de matar a un personaje, algo que The 100 hacía constantemente, sino por lo que simbolizó para una generación de fans que, durante unos minutos, pensaron que por fin tenían una historia que iba a durar. Qué jóvenes éramos.
16 episodios y es el personaje más mencionado durante las 4 temporadas restantes porque la protagonista pasa el resto de su vida (131 años) enamorada de ella recordándola en cada momento clave porque era la única forma de mantener la audiencia cuando el 90% abandonamos la serie https://t.co/U99Zw1eQvA
«Odette tiene veintipocos, vive sola, le gusta su trabajo en una pequeña librería y acaba de sucumbir a un flechazo. La vida le sonríe, o eso parece, pero hay algo que la atormenta: una medusa en su ojo. Esta manchita difusa podría parecer un mal menor… hasta que a la dichosa medusa le da por multiplicarse.»
La ceguera es uno de mis mayores temores. No creo que esté sola en esto, debe de ser un miedo bastante común, como las arañas o los señores violentos de color muy naranja. Pero cuando visitas al oftalmólogo cada año y medio y solo puedes ver con uno de tus ojos, el miedo se hace un poco más cercano, un poco más presente. Porque sientes que es más susceptible de hacerse realidad en algún momento.
Boum, la autora de La medusa, debe conocer bien esta sensación: perdió la visión del ojo derecho por una enfermedad en 2021 y ha plasmado en su cómic esa experiencia y ese temor a la ceguera completa. Una ceguera de las insidiosas, de las que aparece y crece poco a poco, aquí representada por esa pequeña medusa que acosa a Odette, y que no deja de reproducirse.
Me doy cuenta de que con esta introducción quizá te haya dado la impresión de que La medusa es un cómic deprimente y de lectura densa. Un dramón, vaya. Y aunque yo he llorado mucho con él, nada más lejos de la realidad. Su lectura es ágil, casi siempre acogedora y muy cercana. Uno de sus fuertes es cómo retrata la vida diaria de su protagonista. Es imposible no identificarse con esos momentos de tedio en el trabajo o con la sobrecarga de información banal y superficial a la que nos someten las redes y la prensa a todas horas.
Tranquis, en el cómic las viñetas no están torcidas ni se ven borrosas, esta la he hecho yo con el móvil.
Así vamos siguiendo a Odette en su día a día. Su trabajo, cuando va a hacer la compra, la relación que tiene con su madre y sus amigos y encuentro con Naina, la mujer de la que se enamora y que pasará a formar una parte muy importante en su vida.
Boum consigue hacernos sonreír y empatizar con Odette. Nos coloca tan cerca de ella que cuando dispara la bala que nos ha anunciado desde la primera página, nos alcanza el corazón. Y yo le doy las gracias por ello.
Boum forma parte de esa fuente de talento comiquero canadiense que no deja de darme alegrías en el panorama de la ficción comiquera con protagonistas lesbianas, junto a estrellas bien brillantes como E. M. Carroll o Axelle Lenoir. En La medusa muestra un dibujo claro, de línea limpia y un dominio magistral del paso del tiempo a lo largo de las páginas. Ojo al uso gráfico de esas “simpáticas” medusas a lo largo del cómic.
La medusa es una obra multipremiada con, entre otros, un Eisner. Pero si te dan igual los premios, y me parece estupendo, hazme caso a mí, es un cómic excelente.
Si te interesa la temática, otra buena opción es La inevitable ceguera de Billie Scott, de Zoe Thorogood, pero, además de no tener sáficas, puede resultar algo menos sincero en su acercamiento.
Cultura sáfica para acabar la semana con buen gusto
Todos los domingos intentaré recomendar tres cosillas, sean las que sean, y con su toque croqueta correspondiente. Cosas que me he encontrado durante la semana, que me han gustado sin mayor explicación y que, de alguna manera, me han hecho un poco más feliz. Sin grandes análisis ni pretensiones culturales: solo compartir lo que merece la pena cuando el domingo pide sofá, manta y algo bonito que llevarse al lunes.
Una canción: Las Petunias – “No necesito estar sola (ya lo he estado toda mi vida)”
Las petunias tienen algo entre confesión y bofetada suave que me encanta, y esta es de esas canciones que parecen sencillas, pero de repente te encuentras cantándola como si te fuera la vida en ello. Ideal para ponerla en bucle mientras recoges la casa, caminas sin rumbo o decides que, efectivamente, sola se está bastante bien. Si tenéis a las petunias girando cerca de casa, id a verlas. Me lo agradeceréis.
Una serie: Pluribus
La estoy viendo por segunda vez, lo cual ya dice bastante. Es de esas series que ganan cuando sabes lo que viene y puedes fijarte en los detalles, las miradas, los silencios raros y (uf) más que necesarios en este mundo lleno de series que levantan la música cuando quieren que dejes el móvil. Y sí: estoy ENAMORADA de Carol. No puedo aportar objetividad alguna en este punto, como el 98% de las lesbianas de internet, yo qué sé. Esta serie es obligatoria.
Un viaje que me ha alegrado la semana: NuriaPe por China con su colega Guiua
Entré por curiosidad y me quedé por el caos. Entre los malentendidos, las situaciones surrealistas y la complicidad que tienen, he acabado riéndome sola en el sofá como hacía días. Es como viajar con tus amigas pero sin jet lag ni facturas inesperadas. Si necesitas algo ligero para desconectar y reírte un rato, aquí tienes plan.
Estos días estoy muy contenta porque mi Twitter es todo el rato mis cosas favoritas: nostalgia, música pop y salseo. La excusa visible es la cancelación del especial por el 30 aniversario de las Spice Girls que preparaba Netflix, pero lo que realmente ha reventado el timeline es el viejo episodio que une a Mel B y Geri Halliwell: un encuentro íntimo en los inicios del grupo que durante años fue rumor, chascarrillo pop… y que Mel B terminó confirmando. Mi amigo Peibols, probablemente la persona que más sabe de las Spice Girls del mundo, ya me contó esta historia, aderezada con episodios de Geri en las fiestas de San Lorenzo de Huesca y la deriva política que ha tenido la cantante últimamente, hace meses, pero creo que es el momento de contarlo todo bien (y si me dejo algo, me lo dices).
Para entender por qué medio mundo está descubriendo ahora esta historia hay que volver a 2019, cuando Mel B concedió una entrevista en la que, con absoluta naturalidad, confirmó que ella y Geri tuvieron una relación sexual durante los primeros años de la banda. No lo narró como un romance secreto ni como una historia épica, sino como algo espontáneo entre dos veinteañeras que vivían juntas, compartían giras, éxito repentino y una intensidad emocional difícil de explicar si no la viviste. Según explicó, ocurrió en la época en que las Spice convivían estrechamente antes de convertirse en el fenómeno global que fueron después, y tras el casting que hizo que la banda naciera. Fue un momento íntimo puntual, sin continuidad sentimental, que ambas habrían tomado con humor. Mel B incluso comentó que después se rieron y siguieron adelante como si nada.
La historia no fue lo ocurrido en los noventa. La historia fue contarlo décadas después.
Durante años, los tabloides británicos alimentaron rumores sobre la cercanía entre ambas, pero nunca hubo confirmación. Cuando Mel B habló abiertamente sobre su bisexualidad y sobre este episodio concreto, la historia dio la vuelta al mundo. La prensa sensacionalista explotó el titular, reavivando un episodio del pasado que Geri nunca había hecho público ni había mostrado interés en comentar. Geri, que ahroa está casada con un ultra millonario relacionado con el mundo de la fórmula 1, optó por el silencio. Una estrategia que muchas interpretaron como deseo de proteger su vida privada actual, su familia y una identidad pública muy distinta a la de la veinteañera pelirroja que gritaba Girl Power en los noventa.
Ahora imaginemos el contexto actual: un especial aniversario con entrevistas profundas, archivo personal y periodistas deseando preguntar lo que todo el mundo quiere saber. El asunto iba a salir., era inevitable. Y hay quien no está por la labor, así que adiós especial. Treinta años después del fenómeno que cambió la cultura pop (y 14 después de que todas GRITÁRAMOS al verlas salir en taxis en los Juegos Olímpicos de Londres), la conmemoración la vamos a hacer todos en nuestras casas o pidiendo el inevitable Wannabe en un bar, porque otra cosa… difícil.
Hay películas que abordan el descubrimiento de la identidad sexual desde la adolescencia o la juventud. Montreal, ma belle (2025), dirigida por Xiaodan He, toma un camino distinto y mucho menos transitado: el despertar emocional y afectivo en la madurez. Este enfoque convierte la historia en una propuesta singular dentro del cine queer contemporáneo, alejándose de los relatos iniciáticos tradicionales para explorar cómo el deseo, la identidad y la libertad pueden emerger cuando la vida parecía ya definida.
La protagonista es Feng Xia, interpretada por Joan Chen, una mujer chino-canadiense de 53 años que vive en Montreal. Madre, esposa y cuidadora responsable, ha construido su vida en torno al deber familiar y las expectativas culturales. Su matrimonio carece de intimidad emocional y su rutina transmite una sensación de estabilidad que esconde una profunda desconexión consigo misma. Todo cambia cuando conoce a Camille, una joven quebequesa espontánea y segura de sí misma, interpretada por Charlotte Aubin. Este encuentro desencadena un proceso íntimo de autodescubrimiento que desafía décadas de silencio emocional.
La cinta, que está siendo toda una sensación en Twitter aunque está pasando un poco desapercibida en medios convencionales, se ha estrenado esta semana en Apple TV Canadá tras pasar por un circuito limitadísimo de festivales. Esperamos/suponemos que tras la primavera, que es cuando hay el boom de festivales LGBT, Apple TV la licencia en el resto del mundo. En todo caso, la esperamos con muchas, muchas ganas.
Cuando se habla de homosexualidad en el franquismo casi todo el foco se lo llevan los hombres. Las redadas. Los expedientes policiales. Las cárceles de Badajoz o Huelva. Los artículos de prensa moralizante que convertían el deseo en delito. Y entonces aparece la pregunta incómoda, la que casi siempre llega tarde: ¿y las lesbianas? ¿Dónde estaban las mujeres que deseaban a otras mujeres entre 1936 y 1975?
Pues estaban ahí, claro. Viviendo en el mismo régimen, bajo la misma dictadura, pero atravesadas por una forma de represión distinta, menos visible, más estructural. Durante mucho tiempo se repitió que no habían sido perseguidas. Que no había apenas casos. Que el franquismo no se ocupó de ellas. Sin embargo, la historiografía reciente, apoyada en archivos judiciales, expedientes psiquiátricos, prensa de la época y testimonios orales, ha empezado a matizar esa idea. El trabajo de fin de grado de Elizabeth Hernández López sobre las lesbianas durante el régimen franquista es una de esas investigaciones que obligan a revisar el relato cómodo. No es que no hubiera castigo. Es que el castigo adoptó otras formas. Y, sobre todo, el borrado fue más eficaz.
Para entender cómo vivían las lesbianas en el franquismo hay que empezar por el modelo de mujer que impuso el nacionalcatolicismo. Mary Nash lo ha explicado con claridad en su libro Rojas: el régimen construyó un ideal femenino basado en la domesticidad, la maternidad y la obediencia. La Sección Femenina no era un adorno simbólico del sistema, era una auténtica maquinaria pedagógica. Enseñaba a coser, a cocinar, a servir al marido y a asumir que la realización personal pasaba por el sacrificio.
El Código Civil del momento, con sus reformas correspondientes, reforzaba esa estructura. La mujer casada necesitaba autorización marital para trabajar, abrir una cuenta bancaria o firmar contratos. Jurídicamente era casi una menor de edad permanente. Socialmente, existía siempre en relación con otro: madre de, esposa de, hija de. Rara vez como sujeto autónomo.
En ese marco, el lesbianismo no tenía lugar. Una mujer que no deseaba a un hombre no solo se apartaba de la norma, la cuestionaba desde la raíz. No era una conducta privada sin consecuencias públicas. Era un desafío al orden de género, que se presentaba como natural, incuestionable y perfecto. Si el proyecto franquista descansaba sobre la familia heterosexual y la reproducción, una mujer que amaba a otra mujer quedaba fuera del esquema productivo y simbólico de la patria. Literalmente, no encajaba.
Durante los primeros años de la dictadura, desde la victoria de los sublevados en 1939 hasta finales de los 40, no existió una política explícita y sistemática contra las lesbianas comparable a la desplegada contra los hombres homosexuales. Y esa diferencia se ha interpretado muchas veces como ausencia de persecución. Pero los expedientes judiciales cuentan otra cosa. Hubo mujeres procesadas por conductas consideradas homosexuales, aunque en menor número. Sin embargo, la reforma de la Ley de Vagos y Maleantes en 1954 incorporó la homosexualidad como supuesto de peligrosidad social. Más tarde, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970 mantuvo esa criminalización. Es cierto que la mayoría de los casos documentados afectaron a hombres, pero eso no significa que las mujeres estuvieran a salvo. Significa que la vigilancia operaba también por otras vías.
Y aquí aparece un problema recurrente en la historia de las mujeres: el lenguaje. El aparato jurídico no tenía una categoría clara y estable para nombrar el lesbianismo. En los expedientes aparecen términos como invertidas o referencias ambiguas a contacto carnal. Esa imprecisión no protegía. Al contrario, dejaba margen a la interpretación moral. Cuando el comportamiento femenino se consideraba escandaloso o desviaba del rol esperado, la sanción podía llegar igualmente.
En algunos casos documentados, mujeres fueron detenidas, sometidas a exámenes médicos y evaluaciones psiquiátricas destinadas a probar una supuesta desviación sexual. El control del cuerpo femenino era literal. Se medía, se examinaba, se clasificaba. La ciencia y el derecho se daban la mano para legitimar la corrección.
El caso de María Helena, detenida a finales de los años sesenta en Barcelona, es ilustrativo. Fue procesada por su apariencia, por su forma de vestir y por una conducta considerada impropia de una mujer. La masculinidad leída en su cuerpo se interpretó como indicio de homosexualidad. El expediente incluyó examen físico y valoración psiquiátrica. El castigo no se limitó a una multa: implicó internamiento, restricciones de residencia y vigilancia posterior. No se castigaba solo un acto. Se castigaba una identidad sospechosa.
La represión adoptó con frecuencia formas que escapaban al ámbito penal. La psiquiatrización fue una herramienta central. En la cultura médica de la época, influida por discursos que consideraban tanto la homosexualidad como el comunismo patologías sociales, la desviación del rol femenino podía justificar internamientos en manicomios o tratamientos correctivos. La frontera entre lesbianismo y disconformidad de género era difusa. Rechazar el matrimonio, vestir de forma considerada masculina o mantener una independencia económica inusual bastaba para activar sospechas. Y cuando se activaban, la maquinaria no era solo judicial, era también social.
Uno de los agentes que jugó un papel esencial en ese control fue la familia. En algunos expedientes aparecen denuncias presentadas por parientes, alarmados por relaciones consideradas inmorales. La represión no siempre descendía directamente del Estado hacia el individuo. A menudo se filtraba a través de la moral familiar, del vecindario, del confesionario. El franquismo funcionaba como una red en la que Iglesia, escuela y parentesco reforzaban el mismo modelo normativo. El qué dirán, en muchos casos, resultaba más eficaz que el código penal.
A todo esto se suma otra forma de violencia menos palpable: la invisibilidad. El régimen partía de una concepción de la sexualidad femenina como pasiva y subordinada al varón. La idea de que dos mujeres pudieran mantener una relación erótica autónoma era, para muchos discursos oficiales, casi impensable. Esa negación actuaba como mecanismo de borrado. Si no se nombra, no existe. Y si no existe, no necesita regulación específica. El problema es que tampoco ofrece referentes, ni espejos donde reconocerse.
Esa invisibilidad tuvo consecuencias historiográficas. Durante décadas, los estudios sobre homosexualidad en el franquismo se centraron en la experiencia masculina. Investigadores como Alberto Mira han señalado cómo el relato público del activismo gay en la Transición dejó en segundo plano las experiencias lesbianas. Incluso dentro de los primeros colectivos surgidos en los años setenta, como el Frente de Liberación Homosexual de Cataluña, las mujeres denunciaron la centralidad masculina y la necesidad de espacios propios. Gracia Trujillo ha analizado cómo el lesbianismo articuló su discurso en diálogo con el feminismo, cuestionando tanto la heteronormatividad del régimen como el androcentrismo del propio movimiento homosexual.
¿Cómo se vivía entonces siendo lesbiana en el franquismo? No hay una única respuesta. Como ocurre con el feminismo o con cualquier experiencia histórica compleja, todo depende del contexto. La clase social, el entorno rural o urbano, la autonomía económica, el acceso a redes de apoyo. En ciudades como Madrid o Barcelona existieron espacios de sociabilidad más o menos clandestinos donde las mujeres podían encontrarse. No eran lugares plenamente seguros, pero ofrecían al menos reconocimiento. En entornos rurales, el margen era más estrecho y la presión comunitaria más intensa.
Muchas recurrieron al disimulo. Amistades intensas que podían interpretarse como afecto femenino aceptable. Convivencias justificadas por necesidad económica. Solterías explicadas por vocación religiosa o por cuidado de familiares. Algunas contrajeron matrimonios heterosexuales para evitar sospechas y proteger su vida privada, a veces funcionando como auténticos matrimonios lavanda para ambas partes. Hablar de lesbianas y franquismo obliga a revisar la idea de que la represión solo existe cuando hay cifras masivas de encarcelamiento. En el caso femenino, el control fue más capilar. Operó a través del derecho, de la medicina, de la moral católica y de la familia. La menor presencia en estadísticas penitenciarias no equivale a ausencia de violencia, sino a una modalidad distinta de disciplinamiento.
Hoy, gracias a estudios académicos, entrevistas y testimonios que empiezan a salir a la luz, podemos reconstruir parte de esa historia. No está completa. Persisten lagunas y silencios. Pero la imagen de unas lesbianas inexistentes durante la dictadura ya no se sostiene. Existieron, desearon, amaron y negociaron su supervivencia dentro de un régimen que intentó reducirlas a anomalía sin nombre. Y comprender eso es imprescindible para entender qué significó realmente vivir siendo lesbiana en el franquismo.