La semana pasada celebramos doblete, el día del libro y el día de la visibilidad lésbica, y aunque llego tarde a los dos (peeeerdón), en mi defensa diré que vengo con buenas cositas bajo el brazo. Más bien con una buena cosita bajo el brazo, porque ya se sabe que más vale calidad que cantidad.
Hoy os vengo a hablar de Gwarlar, lo ultimísimo de Vanesa Figal, guionista de aquellas croquetas con espadas que nos enamoraron hace dos años ya en Nebesta y de la que ya os hablamos en su día aquí y aquí. Gwarlar promete darnos también aventuras, fantasía y acción pero esta vez dejamos de un lado el mangañol de aventuras de corte más clasicote y nos adentramos en una historia más oscura cuyo apartado visual, de cuenta de Carlos Mercé, será lo primero que os llame la atención cuando lo tengáis en las manos. Mirad qué chulada.
Gwarlar sigue a Erola, una guerrera, y a Sirta, una druida, que son sorprendidas por una tormenta mientras cruzan una montaña. Las dos aventureras deberán hacer una parada inesperada en el camino y lo que inicialmente parecía una buena idea (chica, ¿qué puede pasar en un pueblo perdido en medio de la nada?), no lo va a ser tanto cuando una de las dos desaparezca (ups) y se tengan que enfrentar a unas adversidades no sólo meteorológicas.
Sabemos que en esto de que los guionistas no nos maten la cosa ha ido mejorando con el paso del tiempo, pero tampoco nos vengamos arriba: seguimos contando las pelis en las que acabamos enamoradas, bailando y sin un tiro en el pecho con los dedos de una mano. O de dos, siendo muy generosas. Por eso, cada cierto tiempo nos gusta volver a hacer recuento y homenajear a esas películas que sí nos permiten salir del cine (o apagar la tele) con una sonrisa bobalicona en la cara. Todo el post es, como os podéis imaginar, un espoiler del tamaño de Castilla (un beso a las castellanas, que ayer celebraron su día), así que procede con cuidado.
Imagine Me & You
No hay lista sáfica con final feliz que se precie sin ella, así que sentimos deciros que vamos a repetirnos respecto al post de los doce finales felices. Imagine Me & You es la reina madre del género y así la vamos a tratar. Lena Headey y Piper Perabo acurrucadas en un banco de Londres hablando del frío son, literalmente, el estándar contra el que se comparan todas las demás comedias románticas lésbicas. Aceptamos repetirnos como pulpo como animal de compañía.
The Incredibly True Adventure of Two Girls in Love
Año 1995, Estados Unidos, y una peli pequeñita con Laurel Holloman (sí, la futura Tina Kennard) y Nicole Ari Parker se saca de la manga una historia interracial y de clases cruzadas que termina con las dos protagonistas riéndose en una habitación de hotel después de haber dejado a medio mundo aporreando la puerta. Tiene ese encanto noventero de presupuesto cero que hoy se paga en oro, y el final es tan sencillo como esto: están juntas, y están bien.
Show Me Love
Lukas Moodysson consigue en 1998 hacer una de las películas adolescentes lésbicas más bonitas que existen, y ese final dentro del armario del instituto anunciando la salida del mismo armario con una frase imposible de olvidar sigue siendo de los finales más catárticos que nos han regalado nunca.
The Handmaiden
Vale, aquí me vais a decir que el final es feliz pero con matices, porque entre medias hay tortura, engaños y una escena con unas bolas chinas que todas recordamos con sentimientos encontrados. Pero Park Chan-wook, bendito sea, decide que Sook-hee y Hideko merecen escapar juntas, embarcar en un barco hacia Shanghái y pasar la última escena haciendo el amor con una serenidad luminosa que compensa todo lo anterior. Tras dos horas y media de intrigas barrocas, el final es un triunfo del placer femenino frente al patriarcado, y eso, amigas, es final feliz del bueno.
D.E.B.S.
La metemos también, porque hay películas que es imposible no citar en un recuento de finales felices. Amy y Lucy Diamond, la mala buena y la buena que quiere ser mala, se van juntas a la luz de la luna y conducen desde algún punto de Estados Unidos hasta Barcelona (en coche, sí, seguimos sin saber cómo lo hicieron). A nosotras nos sigue pareciendo una de las fantasías románticas más absurdas y perfectas jamás filmadas, y el post de los doce finales felices era, por supuesto, solo un pequeño calentamiento para volver a hablar de ellas.
Elena Undone
Elena Undone es esa película sobre la que, todas las que la hemos visto, no podemos dejar de mencionar el beso más largo rodado en la historia del cine en el momento de su estreno (minuto y pico, para quien lleve la cuenta). Peyton y Elena pertenecen a mundos aparentemente incompatibles (una pastora protestante, la otra escritora lesbiana declarada) y aun así el desenlace es reconciliador: después de la separación, el sacrificio y el regreso, acaban juntas. Es un melodrama de los que lloran a lágrima viva, pero termina bien. Punto para nosotras.
The Summer of Sangaile
Esta joya lituana de Alanté Kavaité es cine de autor con toda la fotografía preciosa y el pulso contemplativo que asociamos a ese tipo de títulos, y tiene un final feliz que se toma en serio el crecimiento personal de la protagonista. Sangailė supera su fobia y sus heridas autoinfligidas gracias a Austė, y aunque la peli no nos suelta un «y se casaron y fueron felices», sí nos deja claro que estas dos chicas tienen un futuro por delante. A veces la felicidad sáfica también es esto: poder respirar.
Princess Cyd
Stephen Cone es uno de esos directores que parecen genuinamente incapaces de hacerle daño a sus personajes gratuitamente, y Princess Cyd es la demostración. Cyd pasa un verano en casa de su tía en Chicago, conoce a Katie, se enamora, y todo fluye con una amabilidad que a ratos te deja descolocada porque estás esperando que alguien sufra una tragedia en el tercer acto y no llega. No llega nunca. La peli termina en una fiesta con poesía, comida y dos chicas cogidas de la mano. Fenomenal.
Below Her Mouth
No vamos a fingir que Below Her Mouth es una obra maestra del cine canadiense (spoiler: no lo es, y tiene unos problemas de guión del tamaño de Ontario), pero sí es una película dirigida íntegramente por mujeres, con escenas de sexo coreografiadas con cuidado y con un final razonablemente feliz para Dallas y Jasmine. Ella deja al novio, ella se queda con ella, y todas respiramos aliviadas porque el final alternativo habría sido el canon de toda la vida.
Elisa y Marcela
Isabel Coixet rescató la historia real de Elisa Sánchez Loriga y Marcela Gracia Ibeas, que en 1901 protagonizaron el primer matrimonio entre dos mujeres registrado en España (con una de ellas haciéndose pasar por hombre, porque no había otra manera). Es una peli dura, con persecuciones, cárcel y exilio, pero el hecho histórico es que estas dos mujeres consiguieron casarse y vivir juntas, y Coixet decide quedarse con esa parte de la historia. El final no es un happily ever after de comedia romántica, pero sí es un final (en la peli) en el que ellas, contra todo, siguen juntas.
Professor Marston and the Wonder Women
Una de esas películas que una no sabe que necesita hasta que la ve. La historia real (o así la cuenta Angela Robinson) del creador de Wonder Woman, su esposa Elizabeth y su amante Olive, que formaron un trío poliamoroso estable durante décadas. El final, con Elizabeth y Olive envejeciendo juntas después de la muerte del marido, es una de las escenas más tiernas del cine queer de los últimos años. Bonus track: saldremos de verla queriendo saber más sobre la historia real, y la historia real es todavía más guay que la peli.
Happiest Season
Sabemos que Happiest Season es polémica. Sabemos que media comunidad sáfica defiende que Abby debería haberse ido con Aubrey Plaza. Sabemos que la química entre Kristen Stewart y Mackenzie Davis es… ¿regulera? Pero es que Clea DuVall nos dio una comedia romántica lésbica navideña mainstream con presupuesto, con estrellas y con final feliz, y eso en el año 2020 no es poca cosa. Y si esperas una secuela, aquí te contamos lo último.
Black Mirror: San Junipero
Técnicamente es un episodio de antología, no una película, pero dura 61 minutos y todas lo hemos tratado como película desde el primer día, así que lo metemos, y adfemás me gutsa mucho y la quiero meter y ya está. Charlie Brooker nos dio, en 2016, el regalo de Yorkie y Kelly bailando Heaven Is a Place on Earth en un paraíso digital para siempre, y desde entonces cuando alguien nos pregunta qué es un final feliz, señalamos San Junípero y nos callamos. No hay más preguntas, señoría.
Ellie & Abbie (& Ellie’s Dead Aunt)
Comedia australiana que no ha tenido el cartel que merece y que, básicamente, cuenta la historia del primer amor de Ellie con la aparición estelar del fantasma de su tía lesbiana (muerta en los años 80), que aparece para ayudarla a salir del armario. El final es todo lo adolescente y redondo que puede ser: baile de fin de curso, beso, tía fantasma sonriendo satisfecha desde el más allá.
Booksmart
Vale, Booksmart no es estrictamente una peli lésbica, pero el arco de Amy (Kaitlyn Dever) a lo largo de la película es una de las subtramas lésbicas mejor construidas de una comedia adolescente mainstream en años. Se enrolla con la chica que le gusta, sobrevive a una noche legendaria y termina la peli habiendo tenido su primera experiencia lésbica sin ningún trauma asociado. Que el destino de una lesbiana adolescente en el cine sea «pasárselo regular en una fiesta y luego reírse de ello con su mejor amiga» es un avance civilizatorio.
When Night Is Falling
Patricia Rozema dirigió en 1995 esta peli canadiense sobre Camille, una profesora de una universidad cristiana comprometida con un hombre, que conoce a Petra, una artista de circo, y ya os imagináis por dónde va la cosa. Lo que no os imagináis es que la peli se atreva, en pleno 1995, a mandar a la protagonista directamente al circo con su amante en lugar de castigarla con una muerte trágica o una vuelta al redil heterosexual. Pues sí, se atreve. Es de las primeras veces que una película nos dice, sin tapujos, que elegir el amor y la libertad no tiene por qué salir mal.
A Secret Love
Este es un documental de Netflix dirigido por Chris Bolan, y es probablemente la entrada más emocionante de esta lista por una razón muy sencilla: Pat Henschel y Terry Donahue fueron pareja durante casi setenta años. Setenta. Se conocieron en los años cuarenta, cuando Terry jugaba en la liga profesional femenina de béisbol (sí, la de A league of their own), y mantuvieron su relación en secreto durante décadas por miedo a perderlo todo. El documental las acompaña en los últimos años de sus vidas, cuando por fin pueden ser abiertamente lo que siempre fueron. Llorarás mucho, pero llorarás bien: esto es lo más parecido a un final feliz que la vida real nos concede.
Crush
Otra peli adolescente, de Netflix esta vez, con Rowan Blanchard enamorada de una chica que resulta ser la gemela (lesbiana) de la chica que ella creía que le gustaba. Suena lioso y es lioso, pero la peli funciona, tiene buen rollo de principio a fin, los padres son geniales y Paige y AJ terminan juntas sin dramas ni muertes. Comedia romántica lésbica ligera para el domingo por la tarde.
The Wedding Banquet (2025)
El remake que Andrew Ahn hizo del clásico de Ang Lee convierte la historia original en una comedia de enredo con dos parejas queer, un matrimonio de conveniencia y una familia coreana que se presenta en el momento más inoportuno. El final, con todo el mundo saliendo ganando y con más bodas de las previstas, es de los que te mandan a casa contenta. Y además sale Joan Chen, que para nosotras ya es motivo suficiente.
Bottoms
Emma Seligman y Rachel Sennott hicieron una peli absurda sobre dos lesbianas feas (sus palabras, no las nuestras) que se inventan un club de lucha en el instituto para ligar con las animadoras. Es una sátira, es una locura, es sangrienta, y al final las protagonistas… ligan con las animadoras. Para una peli que arranca siendo una parodia deliberada del cine adolescente americano, que termine concediéndoles a sus heroínas lo que deseaban (chica y triunfo sobre el equipo de fútbol) es un gesto generoso que se agradece mucho. Es un poco WTF todo el rato, la verdad, pero hay que volver a ella.
Love Lies Bleeding
Rose Glass dirige a Kristen Stewart y Katy O’Brian en un thriller negro ambientado en el mundo del culturismo y las drogas en los años ochenta, y se las arregla para que, pese a toda la sangre, pese a los cadáveres, pese a los giros sobrenaturales, Lou y Jackie acaben juntas. No es un final feliz convencional, de hecho es de todo menos convencional, pero es un final en el que ellas dos son las últimas de pie, y eso en una peli negra lésbica es básicamente el equivalente a un baile de Bollywood.
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Hay domingos en los que una acaba con la sensación de que han pasado pocas cosas y hay otros en los que, sin hacer demasiado ruido, se te juntan tres temas que apetece comentar. Esta semana me he quedado pensando en una película que ya tengo ganas de ver, en un momento televisivo que sigue dando conversación catorce años después y en una noticia que remueve bastante por todo lo que significa.
'Tal vez', ópera prima de Arima León, seleccionada en @lpafilmfestival en la sección Canarias Cinema.
Una historia de identidad y libertad, inspirada en la profunda conexión entre la estrella del Circo Price, Pinito del Oro y la escritora Natalia Sosa.
La primera parada es Tal vez, la ópera prima de Arima León, que ha sido seleccionada en la sección Canarias Cinema del LPA Film Festival y se estrena en cines el 10 de julio. La película parte de la relación entre Pinito del Oro y Natalia Sosa, y la verdad es que no necesito mucho más para estar interesada. Me atrae especialmente que se presente como una historia sobre identidad y libertad, pero también que lo haga desde dos figuras con tanta fuerza y tanta personalidad.
La segunda cosa que me ha hecho gracia esta semana es que Girls cumple catorce años y mucha gente está aprovechando para recordar el beso entre Marnie y Jessa. Y me parece fenomenal. Porque hay escenas que no fueron exactamente el centro de una serie, ni dieron lugar a una gran trama, pero se quedaron ahí, vibrando en algún rincón de internet y de nuestra memoria televisiva. Girls tenía esa capacidad de dejar momentos incómodos, caóticos, a veces hasta un poco irritantes, pero también muy comentables.
Y la tercera noticia es bastante más seria. El Gobierno prepara un acto de reparación para Dolores Vázquez, condenada injustamente por el asesinato de Rocío Wanninkhof. Es una de esas noticias que una recibe con una mezcla rara de alivio y rabia. Alivio porque por fin hay un reconocimiento público. Rabia porque llega después de todo lo que tuvo que soportar y después de tantos años en los que quedó claro hasta qué punto la lesbofobia condicionó la forma en que fue mirada, juzgada y convertida en sospechosa ideal. No borra el daño, claro que no. Pero al menos obliga a nombrarlo. Si no sabes de qué va la historia, escribimos en su día sobre ella.
Así que este domingo nos deja eso: una película a la que seguir la pista, un beso televisivo que sigue resistiendo el paso del tiempo y una reparación que llega tarde, pero llega. No está mal para una sola semana. Como bonus, que no sé dónde meterlo, aquí va la decoración del pasillo de Aitana Sánchez Gijón.
Han pasado aaaaaaños desde que los reyes magos nos trajeran Happiest Season y se convirtiera en una película de Navidad obligatoria para una buena parte de nosotras. Y fuera de Navidad también, porque cuando una ficción lésbica se cuela así en el imaginario colectivo ya no hay calendario que la saque. Ahora vuelve a abrirse esa puerta que llevaba demasiado tiempo entreabierta: la secuela está, al menos, en marcha.
La novedad viene de Aubrey Plaza, que en una entrevista reciente con TheWrap contó que tuvo una conversación creativa con Clea DuVall la semana pasada y que ambas están en ello. Plaza fue bastante directa: le preguntó a DuVall dónde estaba el final feliz de Riley, y la respuesta fue que sí, que vale, que se pone a ello. Cuando el medio insistió para confirmar si había movimiento real, Plaza soltó un sencillo y peligrosísimo «sí, hay algo de movimiento». No hay anuncio oficial, pero ya tampoco estamos hablando de fantasía colectiva en Twitter.
Lo mejor es que Plaza parece ser perfectamente consciente de lo que el fandom lleva años arrastrando. En la entrevista cuenta que coló una broma sobre Happiest Season 2: Riley’s Revenge en su nueva serie Kevin (va de un gato, nos gustará). La idea fue suya. El crear caos, que le pega mucho, también. El personaje de Riley se convirtió en un agravio emocional que media humanidad sáfica sigue cargando desde 2020, y el «justice for Riley» ha resistido mejor que muchos estrenos recientes. Porque todas sabemos que el verdadero final feliz estaba en otro lado.
Para quienes llevamos siguiendo este tema, la noticia no llega de la nada. En 2022 ya recogíamos aquí que Clea DuVall estaba muy por la labor, aunque entonces aclaraba que no había nada planeado todavía. Quería volver a ese universo, la experiencia había sido muy divertida. La intención estaba. Lo que faltaba era pasar del «me encantaría» al «estamos hablando de ello», y eso es precisamente lo que parece haber cambiado.
Dicho esto, nos centramos: no hay calendario, ni reparto nuevo confirmado, ni detalles de trama, ni estudio anunciando nada. Estamos en la fase en la que una frase alimenta a internet durante semanas. Lo que tenemos por ahora ya no es un simple deseo lanzado al aire. Hay conversaciones, hay ganas, y hay una Aubrey Plaza que no ha olvidado que media humanidad sáfica lleva desde 2020 esperando. Nosotras tampoco.
Y un bonus, ¿sabéis qué sería DIVERTIDÍSIMO? Que cierta compañera de Aubrey en una serie de Disney hiciera de contraparte. Mi reino por esta posibilidad.
Hay domingos en los que una no viene con grandes revelaciones ni con la energía de quien acaba de descubrir algo que va a cambiar su vida. Viene simplemente a dejar por aquí tres cosas que esta semana han ocupado espacio en su cabeza y que, por una razón o por otra, merecen su pequeño altar croqueta. Esta vez tenemos un regreso que llevaba demasiado tiempo haciéndose esperar, un libro que todavía no he abierto pero que ya sé que me va a gustar, y un par de cosillas de Twitter que me han hecho gracia.
Empezamos con lo más urgente: ha vuelto Hacks. Ha vuelto a HBO y con eso ya hay motivos suficientes para que la semana tenga otro color. Por si alguien no la conoce todavía, Hacks es una de esas series que entran en el radar sáfico con bastante legitimidad, no porque sea un manifiesto, sino porque sabe exactamente lo que está haciendo. La relación entre Deborah Vance y Ava Daniels lleva temporadas acumulando una tensión que el guion maneja con una precisión… llamativa, de las que te hacen gritar al sofá. Ava es bisexual, eso está ahí desde el principio y la serie no lo trata como un detalle pintoresco sino como parte de quien es el personaje. Y luego están los guiños, los momentos croqueta que aparecen y desaparecen con esa elegancia calculada que hace que una se pregunte si los guionistas están bien o si simplemente disfrutan haciéndonos esto. El caso es que ha vuelto, y eso es una noticia buena en un panorama que no siempre nos da muchas.
La segunda cosa de esta semana es un libro que aún no he leído pero que ya ocupa sitio en mi cabeza, que es una manera bastante honesta de recomendar algo. Se llama Jones, es de Gerri Hill, y la sinopsis habla de seis amigas, una escapada anual a Port Aransas que termina con una de ellas muerta, y una detective llamada Quinn Stewart que acaba siendo mucho más que la persona que investiga el caso. Gerri Hill es de esas autoras en las que una ya sabe lo que va a encontrar antes de abrir la primera página: thrillers con protagonistas femeninas, tensión romántica bien construida y ese equilibrio entre intriga y sentimientos que cuando funciona funciona muy bien. No sé cuándo voy a leerlo, pero sé que voy a leerlo, porque Gerri ME FLIPA, es perfecta escribiendo tensión policial y sus libros caen como pipas.
Y, para terminar, un recordatorio de que Twitter, en ocasiones, sigue siendo lo mejor.
La Final Six de la Euroleague Women calienta motores. A menos de una semanita de su inicio, Zaragoza ya se prepara para acoger uno de sus eventos de baloncesto del año y que reúne a varias de las mejores jugadoras, no sólo del ámbito europeo, sino que mundial. A partir del miércoles 15 de abril, por el parqué del pabellón de la ciudad maña se pasarán multitud de jugadoras de la talla de Mariona Ortiz, Leila Lacan, Emma Meesseman, Gabby Williams, Marine Johannès o la mismísima Breanna Stewart (¿pasará su mujer Marta Xargay a hacer una visita por estas tierras ya que está?). Por si eso no fuera poco, este año Españita, además, contará con dos equipos representando, UniGirona y Casademont Zaragoza.
Para ir abriendo boca hasta el miércoles, el canal de YouTube de la Euroliga ha estado subiendo un capítulo al día de More than a league, la docuserie de 5 episodios (ya los tenéis todos disponibles) que nos permite seguir de cerca cómo vivieron la competición los equipos clasificados para la Final Six de la temporada 24/25 (entre los que estaba Valencia Basket). Todo ello contado en primera persona por alguna de las jugadoras o entrenadores protagonistas, como Alba Torrens, ex de Valencia Basket, Gabby Williams (todavía en Fenerbahçe), Kim Mestdagh y su pareja y compañera de equipo, Georgia Sottana (las dos en Schio), o la ex entrenadora de Praga, Natalia Hejkova, vigente campeona hasta que el domingo 19 un nuevo equipo se alce con el título. Aquí os va.
¿Quién creéis que será el nuevo campeón? ¿El todopoderoso Fenerbahçe? ¿O habrá alguna sorpresa como el año pasado? A partir del miércoles el desenlace.
Otra cosa no, pero las chorradas con base histórica, legal o histórico-legal nos flipan y nos hacen volar. Después de los acontecimiento del último episodio de Sueños de libertad emitido hoy en A3player, el 542, nos hemos hecho preguntas. Muchas. Y como además en twitter sois las mejores y aún nos dais más coba con nuestras tonterías, hemos cancelado nuestros planes de hoy, consistentes en dar un paseíto por el parque, y nos hemos puesto a leer el BOE. Digo hemos porque de un lado estoy yo, que de derecho lo justo, y de otro mi chica, a la que aparentemente le van las leyes bastante.
Pero empieza el post o qué.
Pelayo is dead. Marta llora, la familia llora, todo Toledo 1959 se pregunta si la hija de Damián de la Reina tiene algún tipo de maldición o es que quiere cantar la canción de Massiel, y nosotras queremos saber qué va a pasar con los dineros de los hoteles Olivares, que ahí hay un buen pellizco y le vendría fetén a los perfumeros para recuperar el control de la empresa. Con el Código civil de 1889 y las modificaciones que sufrió en 1958 (las modificaciones de julio, que se hicieron para poner en vigor el concordato con al Santa Sede, así que afecta en su mayoría a movidas de matrimonios, adopciones, etc) en la mano hemos barajado dos supuestos: si no hay testamento, que es algo que, como no nos han mostrado en pantalla, parece plausible, y el de que sí lo hubiera, que ya nos conocemos y también es plausible.
Ya, Marta, nosotras también estamos así.
En el primer caso, 1959, muerte de cónyuge sin herederos y sin testamento, Marta sería la rica heredera de la totalidad del patrimonio de Pelayo (art. 952 CC). En cambio, si hubiera un testamento y, pongamos, que Pelayo instituye como heredera a Doña Clara, su madre, su esposa sólo tendría derecho a la mitad del usufructo de la herencia en concepto de legítima (art. 837). Molaría que Doña Clara le dejase algo a Fina, que se llevan fenomenal, y esta fuera una vez más nuestra heroína.
Pero, ¿y si esto sucediera en 2026 y Pelayo muriera sin testamento? Las variaciones son mínimas, por no decir que nulas porque se sigue el mismo Código Civil de 1889 (sí, habéis leído bien) y estos artículos se han toquineado poco a lo largo de los años. El número del articulo es diferente, nos vamos al 944, pero el contenido es el mismo, así que ¡bling bling! a comprar acciones, Doña Marta, porque vuelve a heredar cositas. Si no hubiera testamento, y fuera su suegra a la que han instituido como heredera, al igual que hace más de 50 años, a Marta le quedaría únicamente la mitad del usufructo de la herencia, que está bien, pero no es lo mismo que adquirirlo absolutamente todo pa’ ti pa’ siempre.
Y un fun fact: ¿hasta qué punto es válido el matrimonio entre Marta y Pelayo? Eclesiásticamente es agua de borrajas porque no ha habido consumación (la del coche no vale), y recordemos que la institución se hace con el objetivo de la descendencia. Pero esto simplemente es una curiosidad que sabemos nosotras y solo nosotras. Si alguien quiere escribir un fanfic con vericuetos legales, que tire del hilo. Ahora, solo queda esperar.
Si tengo que seros sinceras, escribir sobre calcetines no estaba en mis planes ni en mis fantasías. Normalmente en esta web hablamos de series, de películas, de libros y de tonterías. Pero, ¿de calcetines? Pues oye, aquí estamos.
La sorpresa es que Cóndor (www.condor.es) da bastante juego. No porque un calcetín vaya a transformarte la existencia, que tampoco hace falta inventarse milagros textiles a estas alturas, sino porque detrás hay una marca con historia, con fabricación en España y con una idea bastante clara de lo que vende. No parece ese tipo de firma que te coloca cuatro colores desmayados y dos frases vagas sobre el confort. Aquí hay variedad de verdad, un cuidado evidente por los acabados y una obsesión bastante respetable por el color, que al final es una de esas cosas que marcan la diferencia entre vestirse y tener un poco de criterio.
Eso se nota enseguida. Entras en la web y no da la impresión de estar ante un catálogo plano de básicos sin alma. Hay canalé, perlé, calados, lazos, modelos más sobrios y otros que tiran hacia lo delicado o hacia lo un poco retro. No todo tiene el mismo aire, y eso se agradece. Los calcetines no están planteados como una pieza de relleno, sino como algo que forma parte del conjunto. Parece una tontería, pero no lo es tanto. A veces lo más pequeño es justo lo que evita que un look se venga abajo.
También hay algo bastante agradecido en encontrarse con una marca que no necesita fingir modernidad a golpes. Lleva más de un siglo haciendo esto, así que la sensación no es la de una empresa que acaba de descubrir que existe el algodón y quiere contártelo en una campaña inspiracional. La base aquí es otra: oficio, continuidad y una cierta confianza en que la calidad sigue importando. Y la verdad, se agradece bastante más eso que cualquier discurso hueco sobre estilo de vida.
Ahora bien, nosotras no hemos venido a convertirnos en expertas en mercería fina más de lo que ya somos. Hemos venido a hacer lo que realmente importa, que es asignar calcetines Cóndor a personajes lésbicos de series y películas. Un ejercicio completamente innecesario y por eso mismo fundamental. Internet está para esto.
A Villanelle no le darías jamás un calcetín discreto. Sería ridículo. Lo suyo pide color, presencia y una pequeña sensación de amenaza estética. Un animal print le encaja muchísimo más que cualquier opción prudente. Tiene ese punto de aparente clasicismo que luego se retuerce un poco, como todo en ella. Parece una elección sencilla hasta que recuerdas que Villanelle convierte cualquier detalle mínimo en una declaración de intenciones. Incluso sin hablar, ya está montando una escena.
Estos, vamos.
Con Carol la cosa cambia por completo. En su caso no imagino nada estridente ni remotamente caprichoso. Más bien un calcetín alto, limpio, impecable, de esos que parecen sencillos pero están mejor pensados que media industria de la moda. Unos sobrios, quizá un tono granate, algo elegante sin necesidad de pedir atención. Carol no necesita adornarse demasiado porque ya tiene esa clase de presencia que vuelve elegante casi cualquier cosa que toque.
Bette Porter, en cambio, sí necesita una cierta intensidad incluso cuando se trata de algo tan aparentemente inocente como un calcetín. Le pega una prenda con estructura, con textura, con un punto sofisticado y un leve riesgo de resultar insufrible. Lo digo con cariño, porque a Bette precisamente la queremos así. Pero claro, también es una TIBURONA, así que estos son ideales: refinados, serios, un poco artísticos, quizá un poco cuadro. Exactamente como ella cuando entra en una habitación convencida de que va a imponer criterio aunque nadie se lo haya pedido.
Nomi, de Sense8, se movería por otro territorio. Ahí no veo delicadezas excesivas ni ganas de performar una feminidad muy estudiada. Lo suyo pide comodidad, sí, pero comodidad con identidad. Unos deportivos retro funcionan porque tienen rollo sin volverse aparatosos. Son prácticos, pero no aburridos. Y esa mezcla le pega muchísimo a alguien que puede estar metida en una trama conspiranoica global y seguir conservando criterio estético. Hay personajes que parecen pedir tacones. Nomi no. Nomi pide algo que permita correr, porque el atractivo lo trae ella de serie.
Ahora: Marta de la Reina necesita otro registro, mucho más frágil en apariencia. Digo en apariencia porque ya sabemos que por debajo de tanta contención pasan bastantes más cosas de las que el envoltorio sugiere. En ella sí imagino (además de los pantys, porque una ha leído mucho fanfic) un perlé calado, quizá beig, quizá con un detalle mínimo como un lazo o una geometría delicada. Algo muy pulcro, muy medido, casi demasiado correcto. Justo por eso funciona. Ese tipo de prenda que parece hecha para alguien incapaz de alterar el orden de nada, cuando en realidad lleva media vida intentando que no se le desborde la grieta.
El calcetín que le presentarías a tus padres.
Y luego está Dani, que no necesita dramatismo añadido porque bastante tiene ya con existir en Bly Manor. A ella no le pondría un calcetín oscuro ni uno intensito, porque sería pasarse de gótico. Me la creo más con algo suave, claro, incluso algo inesperadamente luminoso. Un rosilla pálido, una cosa pequeña y delicada que conserve cierta ternura. Su energía va por ahí. Hay tristeza, sí, pero también una calidez que aparece en los gestos mínimos. Dani no pide artificio. Pide una belleza tranquila, casi doméstica, de la que te pilla desprevenida.
En realidad, ahí está la gracia de una marca como Cóndor. Puedes hablar de calidad, de fabricación y de acabados sin que el texto se convierta en un prospecto con pretensiones. Pero además hay espacio para jugar, para mirar los modelos y pensar que ciertas prendas tienen personalidad suficiente como para asociarlas a alguien concreto.
Hay domingos en los que una no viene a recomendar grandes obras maestras ni a descubrir el Mediterráneo. Viene simplemente a dejar por aquí tres cosas que le han hecho tilín esta semana y que, por una razón o por otra, merecen su pequeño altar croqueta. Esta vez tenemos una serie que ha escalado puestos de golpe por motivos bastante comprensibles, una fantasía pop espacial que parece escrita por… mi y un aniversario que, sinceramente, debería considerarse patrimonio emocional.
Empezamos con The Pitt, que hasta hace nada era para mí una de esas series que sabes que existen, ves pasar por delante y piensas “ya si eso”. Pues bien, eso cambió en cuanto descubrí, gracias a que los siempre utilísimos tuits de Red me lo recordaron, que por ahí aparece Sepideh Moafi. Y claro, con esa información ya no estamos hablando de una serie más. Estamos hablando de una serie que automáticamente mejora y escala puestos.
Porque Sepideh Moafi tiene ese efecto: sale ella y de pronto te interesa una trama que igual ayer te daba bastante lo mismo. Sale ella y todo adquiere otra categoría. Si además resulta que en The Pitt hay alguna cosilla croqueta rondando por ahí, aunque no sea el eje absoluto del universo, pues apaga y vámonos. No hace falta que una serie se convierta en un manifiesto sáfico para que entre en nuestro radar con bastante dignidad.
La segunda alegría de la semana es una de esas noticias que parecen inventadas por una lesbiana de internet con demasiado buen gusto, pero no: esta mañana los astronautas de la misión Artemisa se han despertado con Pink Pony Club. Y qué quieres que te diga, es una de esas pequeñas alegrías que nos da el 2026 (que son pocas pero escogidas)
Hay algo ya de por sí entrañable en la idea de despertar astronautas con música, pero que la elección haya sido Pink Pony Club eleva el asunto a otro nivel.Imaginar a una tripulación espacial (y, para mi, más, porque ahora estoy viendo For the mankind y estoy obsesionada con el espacio) empezando el día con eso me parece directamente maravilloso. La humanidad avanzando hacia gestas históricas y, al mismo tiempo, metiendo a Chappell Roan en la banda sonora del espacio. Chica, no se me ocurre una manera mejor de hacerlo.
Y cerramos con lo importante de verdad, que este fin de semana hace dos años del primer beso de Marta y Fina. Dos años de aquel “¿responde esto a tu pregunta?” que se dijo una vez pero resonó durante semanas, meses y probablemente seguirá siglos en la memoria croqueta nacional. Porque sí, hay escenas que se recuerdan con cariño y luego está ese beso, que pertenece a la categoría de momento que te recoloca un poco por dentro. La tensión acumulada (qué guay la trama hasta este momento, cuantas veces he visto el video recopilatorio), la frase exacta, la manera de mirarse, el contexto entero y esa sensación tan rara y tan satisfactoria de estar viendo una escena que sabe perfectamente lo que está haciendoparecía un momento de verdad. Y probablemente por eso se quedó tan clavado.
— maría 🧁🐾🍫👻 | HOLA, MARTA ❤️🔥 | (@gini__us) April 4, 2026
Dos años después sigue haciendo ilusión volver a él, citarlo, recordarlo y hablar de ese beso como lo que fue: uno de esos instantes televisivos que, dentro de nuestro pequeño universo, se convierten enseguida en historia reciente. Marta preguntó si eso respondía a la pregunta. Pues sí. Respondió. Respondió muchísimo. Y aquí seguimos, dos años después, viviendo todavía un poco de las rentas de aquel beso.
Y como bonus track, esta cosa tan graciosa del concierto de ayer de Rosalía.
A Kathleen ya la conocía de antes porque soy una persona de bien (y porque quien no ha pasado por una fase de chicas rockeras que tire la primera piedra), pero le había perdido la pista hace tiempo. Y la verdad que la tontería me ha venido de perlas para darle un repaso a su vida y obra. Por aquí os dejo mis cosis favs:
Rebel Girl es un buenísimo punto de partida y no sólo porque Hanna hace un repaso de arriba a abajo de lo que fue su vida, sino porque aún siendo alguien ajeno al icono noventero y feminista que es, puede encontrarlo interesante. El libro abarca desde su dura infancia/adolescencia en una familia que bueno, en fin, su carrera musical como cantante en grupos tan influyentes como Bikini Kill o Le Tigre, los claroscuros de la fama y los múltiples ataques que recibió al mostrarse como abiertamente feminista, hasta los últimos años, donde la enfermedad de Lyme ha limitado su capacidad para dedicarse a la música al 100%. Es un libro muy sincero y emocional en el que Hanna narra los altos y bajos de quien muy a su pesar fue, en los 90, el referente del movimiento Riot Grrrl y un espejo en el que muchas chicas decidieron mirarse.
Seguimos con The Punk Singer. Documental dirigido por Sini Anderson sobre lo que significó Kathleen Hanna para la música y la cultura de los años 90. Cuenta con un montón de entrevistas a excompañeros de grupo como Toby Vail o JD Samon, o artistas que en algún momento se cruzaron con ella por un motivo u otro como Carrie Brownstein, Kim Gordon o Joan Jett. Es… *chef kiss*.
De los tres discos que sacaron Bikini Kill, Pussy Whipped sigue sonando como un tiro a pesar de haber sido publicado ya hace más de 30 años. Puro punk rock para escuchar a todo volumen.
Y cambiando totalmente de registro, This Island. Último disco de estudio de Le Tigre en el que deciden tontear un pelín con el pop y en el que no hay skips. La versión que hacen de I’m so excited de las Pointer Sisters puede que sea una de mis canciones favoritas en este mundo.