“Hacemos que lo que no se ve, no exista”. Leí esta frase ayer y aún me ronda la cabeza. La pronuncia, o más bien la escribe, Junichiro Tanizaki, y supongo que cuando lo hizo, allá por el año 33 del siglo pasado, no imaginaría que esa frase sería usada casi 100 años más tarde para encabezar un artículo escrito por una mujer y, encima, lesbiana. Él, que alababa de las mujeres japonesas el hecho de ser solo un rostro blanqueado y unas manos sin torso. Él, que se casó tres veces y tuvo varias amantes hasta dar, con la tercera esposa, en el puerto que estabilizaría su vida.

En amantes, precisamente, es en lo primero que me ha hecho pensar ese enunciado. Quizá porque hace unas semanas leí un artículo de Sònia Moll que reflexionaba sobre las amantes y el verano y quizá porque hace menos semanas leí, en la tetralogía de Elena Ferrante, un comentario de la protagonista que afirma que, en su infancia, tanto ella como sus amigas hallaban mayor emoción, al pensar en tórridas historias de amor, en el papel de la amante que en el de la esposa y, en consecuencia, deseaban ocupar el lugar de la primera.

Yo estoy en desacuerdo con ellas, justamente porque la amante es “lo que no se ve”. Desde luego que existe y, si está enamorada, desde luego que sufre por la ausencia y le come por dentro la ansiedad de la espera o de las esperanzas, probablemente falsas. Porque la esposa, la pareja verdadera, no la ve y por lo tanto ella no existe. Y, como no existe para la esposa, tampoco puede existir para el marido, o para la mujer, que en esta temporada familiar que es el verano dejará también de verla y la hará inexistente, o existente como mucho en forma de un pinchazo cercano al vientre —o al corazón— que se prolongará y se postergará hasta la llegada de septiembre y la temporada laboral, en que se renovarán los encuentros semisecretos, invisibles para la esposa. Así que, a diferencia de las niñas de Ferrante, yo eligiría ser la esposa, que sí se ve y sí existe.

En visibilidad, sin ir más lejos, ha sido en lo siguiente que me ha hecho pensar la aseveración de Tanizaki. En nuestra visibilidad, la lésbica. ¿Cuántas veces hemos hablado ya de la importancia de ser visibles? Y es que, si no se nos ve, no existimos. No existimos ni siquiera para lo malo, puesto que en muchos casos la homosexualidad femenina aparece silenciada incluso en las condenas y persecuciones a las que se somete la homosexualidad en general (por ejemplo, en el Islam). Claro que ello va ligado a la menor visibilidad sexual que ostenta la mujer, como si las mujeres no tuviéramos instintos y necesidades sexuales.

Se me viene ahora a la cabeza una conversación que capté en la playa, a principios de verano. Varias personas de unos 60 o 65 años (había al menos un hombre y una mujer) mantenían una conversación aparentemente banal, de esas para matar el tiempo (aunque el tiempo nunca muere) cuando, en estas, el hombre afirmó que en vacaciones   el índice de separación de parejas se incrementa respecto del resto del año (no usó estas palabras exactas). “Claro”, dijo, “el marido está en la playa, ve a una mujer más joven y más guapa, ¡y se quiere ir con ella!”. (Ya tenemos otra vez aquí a la amante). Tanto mi acompañante como yo nos quedamos perplejas y por nuestra mente cruzó la misma pregunta: ¿acaso no podría ser al revés? ¿No puede ser también la mujer la que encuentre un hombre más guapo o menos calvo o menos barrigudo o que simplemente la haga reír más? ¿No puede ser ella la que, harta de la escasez sexual de su matrimonio, y con hombres y mujeres escasamente vestidos a su alrededor, abandone el nido y se busque otra pareja? Por supuesto, es complicado pensar de esta manera si la mentalidad de nuestras generaciones mayores es heredera de aquella de Tanizaki, que despojaba de torso a la mujer para reducirla solo a un rostro y unas manos.

Por eso, porque hacemos que no exista lo que no se ve, debemos esforzarnos por ver y por sacar a la luz aquello que pueda permanecer oculto. En el Elogio de la sombra, el ensayo al que estoy haciendo una constante referencia, se alaba la penumbra, la luz tenue, como herramienta eficaz para limar ciertas imperfecciones y dotar a personas, cosas, lugares de una singular belleza. Estoy de acuerdo con ello; la excesiva luz estropea a menudo los paisajes. Pero hay que esforzarse también por ver lo que algunos no quieren que se vea: que las mujeres existen, que son seres sexuales, que el sexo entre mujeres es también sexo; que las amantes tal vez no quieran serlo toda la vida.

Y, aunque me desvíe ostensiblemente del asunto de los párrafos anteriores, debemos procurar también “saber ver” las ideas, los principios, de los que nos rodean. Después de las muertes horribles cometidas por unos pocos en nombre de Alá el pasado 17 de agosto, las conductas islamófobas han salido a la luz. No es que antes no existiera esta islamofobia; es que no se veía, y, ahora que se revela de manera brusca, nos da miedo. Por este motivo debemos observar y estar alertas, para corregir, en la manera de lo posible, tanto las maneras de pensar machistas como las fascistas, las islamófobas y las integristas. Porque, con frecuencia, el odio o el menosprecio nace de la ignorancia, y es labor de todos, sobre todo de los que tenemos cierta voz pública (escritores, periodistas y, por encima de todos, maestros y profesores) informar y educar, acercar las mentes a otras formas de pensamiento para alejarlas del “pensamiento único” que pueda hacerlas actuar con un modo u otro de violencia. Porque hacemos que lo que no se ve no exista, pero muchas veces está ahí en forma de cicatriz (estoy mirándome ahora la que me hizo una gata preciosa) para recordarnos que existe, que existió y que puede vover a existir. Así pues, miremos la cicatriz enorme que, como su paseo emblemático, recorre ahora el rostro de Barcelona y logremos entre todos, con educación y tolerancia, que nunca pueda volverse a abrir.