Si eres lectora de novela lésbica, muy seguro te sonará el nombre de Valerie Col. La escritora ha publicado dos libros (En fuera de juego, 2014 y Diez relatos, 2015) y algunos relatos sueltos (La tempestad, editado en Amazon; Sin más, incluido en Cada día me gustas más; Tourmalet, incluido en Tócame). Hoy comienza su nuevo libro, del que irá publicando sus respectivas partes tanto en esta, su casa, como en Wattpad.

De momento no tiene título, porque eso quedará en manos de las lectoras, que lo elegirán al término de la publicación. Tanto la autora como nosotras esperamos que disfrutéis la lectura.

Los primeros días en la Universidad fueron complicados. Lucía tenía un lío de aulas, profesores y, sobre todo, compañeros de clase, que la mantenían en un estado de confusión permanente. Nunca sabía donde tenía que ir, si al aula magna o al pabellón de Filología, si al aula 3 o al Salón de Actos, y hasta que el profesor no anunciaba el nombre de la asignatura, no estaba segura de no haberse metido en alguna clase de Derecho. A todos los de primero les pasaba lo mismo. Todo es cuestión de adaptarse, pensaba. Pero el caso es que, poco a poco, se empezaban a formar grupos, bien porque venían de la misma ciudad, o porque compartían piso, o, simplemente, porque la casualidad lo había querido así. Y Lucía seguía yendo sola a clase, comiendo sola, y pasando las tardes en su habitación, leyendo.

Casi un mes después del comienzo del curso consiguieron ponerse de acuerdo entre las cincuenta personas de los dos grupos de primero de Filología para celebrar la primera cena de clase. Ahora o nunca. Si no conseguía hacer amigos entonces, cada vez lo tendría más difícil. Y no es que fuera una persona poco sociable, al contrario: Lucía era dulce y amable, siempre con una sonrisa y siempre dispuesta a apuntarse a un bombardeo. Pero… era tímida, y siempre esperaba que el bombardeo viniera a ella. Y contra eso poco podía hacer.

Llegó el día indicado. Habían quedado a las diez en un restaurante cercano al campus, para después ir a otra discoteca próxima, pero Lucía estaba tan nerviosa que llegó con casi una hora de antelación. Bueno, puedo esperar tomándome algo. Así que se pidió una caña, que le duró un suspiro. Decidió tomarse otra. Total… Para cuando empezaron a llegar sus compañeros, Lucía llevaba cuatro cervezas en el cuerpo, y era, literalmente, la sensación de la cena. Habló con unos, habló con otros, incluso se levantó un par de veces a hacer brindis en los que sólo participaba ella, y el pobre Álvaro, que lamentó una y mil veces el haberse sentado a su lado.

Después, fueron a la discoteca, y el ritmo no paró en ningún momento. Copa tras copa Lucía se iba descontrolando cada vez más, y la noche empezó a tornarse espesa y discontinua. A la mañana siguiente, cuando se despertó tiritando en la cama y con un dolor de cabeza como no había tenido nunca, se recordó bailando subida a una tarima, pidiéndole canciones al DJ a grito pelado, aporreando el cristal de la cabina, e incluso fumando ¡Ella, fumando!

Pero de lo que no se acordaba era de cómo había llegado a casa. No tenía el más mínimo recuerdo de emprender el camino de vuelta, ni andando ni en taxi. Lo último que recordaba era haber estado hablando con aquel chico tan guapo. ¿Cómo se llamaba? Mientras intentaba hacer memoria, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Levantó la sábana y, sí, había dormido desnuda, por primera vez en su vida. Pero tampoco se acordaba de haberse quitado la ropa. Quizá ni siquiera había sido ella misma.

Este pensamiento, que en un principio pasó como un flash por su cabeza, empezó a preocuparle según avanzaba el día. ¿Quién había sido? ¿Se había ido a casa con el chico ese? Poco a poco, esta idea fue cobrando fuerza, y la vio meridianamente clara: si lo último que recordaba era hablar con él, es muy probable que se hubieran ido juntos. Y más probable todavía que se hubieran acostado. Ella, que ni siquiera había besado nunca a un chico, se había acostado con un desconocido. Y, encima ni se acordaba, y él se había marchado sin decir nada. Lucía se quería morir. Decidió que lo mejor era taparse e intentar dormir un poco más. Podría pasar que todo fuera un mal sueño.