En una época en la que las comunicaciones virtuales no es que se encontrasen en pañales, es que todavía no existían, las relaciones croquetiles a distancia, que por desgracia eran tan habituales como en la actualidad, se servían de la pluma, el papel y un majo funcionario de correos para mantener viva la llama del amor entre la destinataria y la remitente. De todas las que han utilizado este medio para comunicarse con la croqueta especial de su vida, algunas han quedado en la memoria histórica para la posteridad.

La antropóloga cultural más influyente y quien cimentó las bases de lo que sería la revolución sexual de los 60, Margaret Mead, le dijo sí, quiero a tres hombres diferentes, pero ninguno de ellos fue su verdadero gran amor. El corazón de Margaret pertencía a Ruth Benedict, su mentora en la universidad de Columbia, y con quien mantuvo una relación que duraría los últimos veinticinco años de su vida. Sus cartas, emotivas y sinceras, han sido injustamente olvidadas en la mayoría de las ocasiones, pero se han recogido póstumamente en To cherish the life of the world.

Ruth, nunca me había sentido más terrenal en mi vida, ni más consciente de la fuerza que tu amor me da. Me has enseñado cual es la única cosa por la que vale la pena vivir. No hay mejor regalo, cariño. Cada recuerdo de tu cara, ritmo de tu voz es alegría, y es de lo que me alimento hambrientamente estos meses.

La escritora Edna St. Vincent Millay, a quien recordaréis, si habéis leído Solterona como una de las «despertadoras» de Kate Bolick, también se unió al club de mujeres célebres que se cartean con otras. Durante su último año en la universidad femenina de Vassar, en 1917, de la que casi es expulsada por pasarse los días de fiesta en fiesta, se hizo amiga guiñoguiñocodazocodazo de Edith Wynne Matthison, una actriz de teatro especializada en Shakespeare. Edith besaría a Edna y la invitaría a pasar el verano en su casa de la playa. Las apasionadas cartas que ambas se intercambiarían, y publicadas en el libro The letters of Edna St. Vincent Millay, no serían más que la consecuencia irremediable de esto.

Me has escrito una preciosa carta, me pregunto si tenías la intención de que fuera tan bonita como fue. Creo que sí. De alguna forma sé que tus sentimientos por mí, por muy débiles que sean, son de naturaleza romántica… hacía mucho que nada me hacía tan feliz. Pronto te visitaré, y No debes olvidar de qué me has hablado, porque me decepcionaría cruelmente… (…) Esto no es mera sumisión, ten por seguro. No soy sumisa por naturaleza. Has de saber que es una rendición orgullosa.

Una de las Primeras Damas más reconocidas y la que ha tenido un mayor impacto político, ha sido Eleanor Roosevelt. Corría el año 1928 cuando Eleanor conoció a Lorena Hickok, una periodista. Lo suyo fue amor a primera vista y, durante treinta años, su relación fue objeto de muchas especulaciones que no cejaron hasta la apertura y posterior publicación de su correspondencia privada en Empty without you. Sus cartas siguen siendo, hasta la fecha, las cartas lésbicas más sugerentes de cuantas se hayan publicado.

Hick, mi más querida,

No me puedo ir a la cama sin saber de ti. he sentido como si una parte de mí me hubiera abandonado esta noche. te has convertido en una parte tan grande de mi vida que está vacía sin ti.

Las cartas de Eleanor y Lorena puede que sean las más sugerentes, pero difícilmente alcanzan el nivel de intensidad de las que se enviaban dos grandes de la literatura británica como son Virgnia Woolf y Vita Sackville-West. Además de su correspondencia diaria, publicada en The 50 greatest love letters of all time y The letters of Vita Sackville-West to Virginia Woolf, Virginia escribiría para Vita, Orlando, «la carta de amor más encantadora de la literatura».

He sido reducida a una cosa que sólo desea a Virginia. Escribí una preciosa carta para ti durante las horas de vigilia de la noche, y se ha desvanecido: Te echo de menos, de una manera desesperada y humana. Tú, con todas tus inteligentes cartas, nunca escribirías una frase tan elemental. Quizás ni siquiera lo sentirás. (…) Lo envolverías con alguna frase tan exquisita que perdería parte de su realidad. Mientras que conmigo queda en algo árido: Te echo de menos más de lo que jamás hubiera imaginado, y eso que estaba preparada para echarte mucho de menos. (…) Es increíble cómo de esencial te has vuelto para mí. (…) Has destrozado mis defensas, y no te resiento por ello.

1 Comentario

  1. Hermosa compilación, pero siento que faltó algún extracto de las cartas de Gabriela Mistral a Doris Dana compiladas en el libro «Niña errante». Gracias por artículos como estos, simples pero preciosos.

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