A finales del año que nos ha dejado volvía a nuestros monitores y televisores Las chicas del cable, la ficción producida por Netflix que, de la mano de la productora Bambú (Velvet, Traición), nos contaba la historia de cuatro mujeres durante el final de la dictadura de Primo de Rivera con la excusa de una (la, más bien) compañía de teléfonos de fondo. El envoltorio es atractivo, los escenarios están cuidados, y las historias tienen ese punto de culebrón que, engancha. Porque Las chicas del cable no será, quizá, la serie de nuestras vidas, pero tiene algo adictivo que nos hace quedarnos pegadas a la pantalla. Y Sara y Carlota tienen mucho que ver. Ojo, espoilers. 

Durante la primera temporada veíamos como Sara (Ana Polvorosa) y Carlota (Ana Fernández) iniciaban una historia de amor, primero ellas solas, para que después se uniera Miguel (Borja Luna), mostrándonos una relación poliamorosa que llevaban con cierta naturalidad. Pero en los últimos episodios esta relación ha ido navegando hacia dos historias paralelas pero, cada una de ellas, bien diferenciada de la otra. Una tiene como protagonista a Sara, mientras que en la otra es Miguel quien crea el conflicto.

Esta última tiene un generador con un nombre bien claro: CELOS. Miguel está celoso de que Sara y Carlota no cuenten con él todo lo que él querría. Él cree que, quizá, que es un asunto más sexual y amoroso de lo que realmente es. Porque, aunque sí es cierto que algo de eso hay, así como una pizca de vergüenza, Sara y Carlota están más unidas en esta temporada porque Sara busca la ayuda de la otra cuando se reconoce finalmente como hombre.

La trama de la identidad de género de Sara, a quien no se llama por otro nombre en ningún momento de la serie, entiendo que es un intento de contar algo diferente a lo que podemos encontrar en una serie romántica como es Las chicas del cable. Entiendo que, mostrando la realidad del personaje, esto acercará la realidad de las personas trans a mucha gente que, de otra manera, no lo habría visto en pantalla. Porque el público de la serie, no nos engañemos, no es el croqueto, sino un público femenino que quiere ver las andanzas de Martiño Rivas y Blanca Suarez, y que tiene que ver todo lo demás porque va en el lote.

También comprendo que es atrevido marcharnos a una época en la que la visibilidad LGBT, y sobre todo de las personas trans, era mucho más limitada que en la actualidad, y conseguir contarlo con cierta gracia. No obstante, el guión sale airoso en la mayoría de ocasiones, mostrando imágenes de clínicas para personas LGBT de la época, y haciendo referencia a Berlín como cuna de la libertad.

Pero lo que no puedo comprar, y mira que lo he intentado, es el desarrollo en sí del personaje. En la serie, Sara se acuerda, literalmente, de que es un hombre cuando se viste como tal. Y de la noche a la mañana, en 1929 y con cero referentes, busca un médico, lo encuentra, y cree que va a salir de ese hospital habiéndose sometido a una cirugía. Hoy, en 2018, no vas tan rápido ni al dentista.

En la primera temporada vemos a Sara frecuentar círculos feministas, y hablando sobre todo de la liberación de la mujer. En los últimos dos minutos, cuando se mira en el espejo, se reconoce como hombre. No hay ninguna evolución del personaje, y pese a tener una de las tramas más interesantes de la segunda temporada, porque es la más alejada de las historias de amor que pueblan el Palacio de comunicaciones, no se le saca todo el jugo que podría. Es una historia a medio gas, un buen intento que, seguramente, a muchos les resultará excelente, pero decepcionará a otros tanto, quizá los más acostumbrados a ver historias así en cine y televisión.