Del capítulo 1×03 al 1×07

Mujeres, mujeres y mujeres. Mujeres y sororidad. Mujeres que quieren amar. La premisa general de La otra mirada se asienta a pasos agigantados, sin pudor. Los papeles femeninos brillan en una supremacía nada forzada, más bien poderosa. Sabrosa. Tibia. Es un auténtico deleite.

Los primeros capítulos nos dejaron la miel en los labios. Creo que en mayor o menor medida las feministas y las mujeres lesbianas nos hemos sentido contentas de la representación. De hecho, la historia de Paula y Ángela es uno de los puntos fuertes de la serie y es, sin lugar a dudas, un argumento principal que los guionistas han tratado con auténtico mimo y detalle.

Desde que escribí sobre esto en la primera entrada en este espacio, Ángela ha sufrido una poderosa evolución, pero también una reflexión interior muy dura. Es verdad que nuestro rol en las series y películas parece estar relegado al drama y al sufrimiento, a los amores imposibles. En el caso de este colegio de señoritas de Sevilla está más que justificado.

Y es que creo que Ángela es la esposa y la madre perfecta (casi podría ser la protagonista de La Casa de Muñecas, obra feminista teatral representada en los primeros capítulos de la serie). Su marido es encantador y hace el “sacrificio” de encargarse de la casa y de los niños para que sea ella la que pueda disfrutar de su trabajo como maestra. La interrupción en su vida idílica, de la mujer de carácter dócil y eterna sonrisa, de Paula, la pintora, la crítica madre soltera, una mujer libre y encadenada al mismo tiempo, es lo mejor y lo peor que le podría ocurrir.

Las chispas saltan desde el primer momento. Las espectadoras estamos ahí al vuelo, para cazarla. La química es real. El miedo también. Ángela quiere dejarse llevar y el carácter de Paula es atractivo y voraz. Y no, esta vez no: no se entretienen en disfrazarnos esta relación de amistad. El amor es la representación primera y la tensión sexual entre dos mujeres maduras no se hace esperar.

Resulta curioso el proceso vivido, un tanto atípico tengo que decir (y qué bonito el telón de fondo de Sevilla, y qué bonito que una sea maestra y la otra pintora, y qué bonito, qué bonito) en el que el acercamiento inicial carece de miedos (aunque sí timidez) para producirse, luego, una separación brusca: aparecen las dudas, el miedo, el qué me está pasando. Ángela huirá de su pintora y la pintora, a su vez, intentará protegerse.

Ángela está torturada por la moralidad social. La obligación de una mujer es ser, ante todo, una buena esposa y la mejor madre. Paula, que también es madre de una de las alumnas de Ángela (y además, recordemos, madre soltera) tiene miedo a cómo podría afectar eso a su hija. Suceden así días oscuros, días de miedo, de angustia. Días de echarse de menos y días de no saber cómo gestionar lo que sienten.

Pero el amor que se profesan es tan auténtico que no lo pueden contener. Los encuentros se suceden, las miradas hablan por sí solas. Se disfrazan de amigas (como damas victorianas) y pasean junto al río. Tienen miedo, no lo ocultan. No saben qué hacer pero… se dejan llevar. No sé vosotras, pero yo no puedo esperar a ver cómo sobrevivirán en esa sociedad machista y, por supuesto, donde el lesbianismo no tenía ningún lugar que ocupar.

Y dejando a un lado a nuestras enamoradas, y dado que hay muchas mujeres, todavía podemos tentar a la suerte de que las cosas evolucionen como tienen que evolucionar y detrás de esas amistades tan íntimas y honestas surja algo más. ¿No? Recordemos que Teresa, nuestra protagonista feminista por excelencia, la que enseña a las alumnas (y a las profesoras) sobre la sexualidad, sobre el derecho al voto femenino y sobre su libertad como seres humanos.

Yo entre ella y Manuela (preciosa Macarena García, la directora del colegio) dejo entrever algo poderoso y algo real. Espero, queridas mías, estar en lo cierto. Y que La otra mirada, además de su discurso feminista, no deje nuestra representación relegada a una sola pareja femenina.