La Amiga Estupenda ha sido (y es) un auténtico fenómeno de masas en Europa. A España, como suele ocurrir, las cosas llegan un poco más tarde e impactan mucho menos. No deja de tratarse de una novela compleja, histórica y densa. Plagada de fealdad, tonalidades grises y multitud de personajes. Leí la tetralogía hace ya un año y medio, y recuerdo tener que hacerlo con la guía de personajes siempre junto al ejemplar, porque los nombres y apellidos italianos pueden resultar un tanto abrumadores. No obstante, siempre he recomendado por activa y por pasiva esta historia a pesar de su complejidad.

Pero no he venido aquí a hablaros de los libros ni a volver a hacer una crítica literaria de nuevo como ya hice en A Librería. El motivo de este post es el estreno de la primera temporada completa en HBO que, por diferentes razones, no está impactando cómo se esperaba debido a la #FiebreFerrante. Démosle tiempo, pero yo quería darle un empujoncito importante porque creo que, de un modo u otro, nosotras necesitamos ver (a falta de leer) una historia así.

¿Por qué? ¿Acaso es lésbica?

He de decir que cuando me adentré en la íntima y peculiar amistad de Elena (Lenù) y Lila más esperanzas tenía de encontrarnos. Y con encontrarnos me refiero a nosotras, ya sabéis, a las mujeres que aman a otras mujeres. Sin embargo, y aunque el tema vaga como una nube alrededor de ellas, no llega a consumarse. Así que no quiero ser engañosa con este breve análisis y depositar esperanzas fútiles. Una lástima, no vivimos un romance lésbico entre la hija del conserje y la hija del zapatero; pero sí una amistad vívida que nada tiene que envidiarle.

Y la amistad es otro componente muy importante y tan poco explotado en el cine y la literatura. Y estaréis de acuerdo conmigo en que hay algo muy especial en las amistades entre mujeres, y podemos hacer una puntualización especial entre mujeres lesbianas. Llamémoslo como queráis, pero estoy segura de que podéis identificarlo. Que sin nuestras amigas estupendas nuestra vida estaría incompleta, sería oscura, difícil de sobrellevar.

Algo así vivimos con Elena Greco y Lila Cerullo, que se conocen desde niñas y envejecerán juntas. Pasarán toda la vida una rondando a la otra, con sus altibajos propios de las relaciones, pero eternamente buscándose. Quiero pensar que si, tal vez, se hubieran conocido en otros tiempos, no estaríamos hablando únicamente de una amistad. Pero aquellos terribles años cincuenta, con una italia resentía y empobrecida de la guerra, no ponían las cosas fáciles. Encontrar espacio para las libertades y el autodescubrimiento tenía que ser difícil. Pero Lila dejó en Elena una huella imborrable, tanto para dedicarle cuatro títulos de más de cuatrocientas páginas.

Si os animáis a ver la serie (yo creo que llegadas a este punto seguro que sí) lo haréis con esa esperanza de encontrarnos. Y yo, en cierto modo, lo he hecho. Cuando de niñas corren juntas de la mano en busca de sus muñecas perdidas, sueñan con irse muy lejos o se vuelven confidentes. Cuando descubren la literatura, leen Mujercitas juntas hasta casi aprendérsela de memoria. Cuando Lila comienza a escribir y sueñan con publicar una novela juntas. Cuando de adolescentes Lila enseña a Lenù a bailar o Lenù ayuda a Lila a bañarse, abrumada por la belleza de su cuerpo. Cuando se enamoran por primera vez y se echan de menos en esas ausencias.

Sí, nos he buscado incansablemente. Y tal vez ahí permanezca, discretamente, en silencio, la presencia del contexto lésbico. O de una preciosa y turbia amistad.