BENEDETTA, Hay una lesbiana en mi sopa

Tenía muchas ganas de ver Benedetta. Muchas. A lo mejor no tantas como Las hijas de Felipe (podcast que, por cierto, debéis escuchar sí o sí), pero vamos, que un montón. Que viniera de la mano de Paul Verhoeven, director de Instinto Básico y Showgirls, obras cumbre de lo trash y de darle la vuelta al concepto de ‘película mala’ era suficiente, pero es que además hablaba de monjas croquetas. ¿Cómo no iba a verla y a disfrutarla?

La película trata la historia de Benedetta Carlini, una monja italiana del siglo XVII, en plena contrarreforma, que se hizo popular por protagonizar unos episodios místicos que ríete tú de Santa Teresa de Jesús (no, no os riáis de Santa Teresa) y sus éxtasis. Casualmente esos episodios se producían cuando estaba en compañía de otra monja. Y, bueno, dos y dos son cuatro y en los conventos hace mucho frío.

La historia, en principio, es atractiva. Pescia, el pueblito donde estaba establecida su congregación, se libró de la peste, y no hay nada que guste más que una monja lesbiana salvadora de pandemias. Pero, chica, es que es una película aburridísima. Virginie Efira, quien interpreta a Benedetta, tiene la misma expresión hierática que la virgen que se le cae encima a su personaje en los primeros cinco minutos. Ni siente ni padece. No se le levanta ni una ceja, y mira que le pasan cosas. Pero, al parecer, no van con ella.

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La única vez en la que cambia la expresión facial. Suponemos que será una doble.

La cinta es una sucesión de escenas super desagradables, llenas de violencia (esa olla de agua caliente, ese interrogatorio del prelado…), junto a otras que son marca de la casa, es decir, rozando el porno softcore. Y el problema no es que haya este tipo de escenas, que también, sino que ya no nos dicen nada.

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¡Pero qué haces con ropa!

Cuando hace treinta años la gente iba en masa al cine a ver a Sharon Stone cruzar y descruzar las piernas, lo más parecido a eso se encontraba en el videoclub de tu barrio, cruzando una cortina de terciopelo rojo. Ver esas escenas te suscitaba curiosidad, te impactaba porque no era lo corriente. Ahora, sin embargo, todos hemos visto muchas más cosas y mucho mejor contadas. Estoy casi segura de que a la mayoría de mujeres que alguna vez han tenido sexo con otras mujeres no les ha gustado nada ni una sola de las escenas sexuales de la película. Porque, mira, no. Y porque roza lo grotesco.

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Tampoco entiendo cómo han engañado a Charlotte Rampling.

Podríamos haber pasado por alto todo esto si, como en Showgirls, la historia, los diálogos, los gestos, fueran hasta el extremo y nos divirtieran. Pero lo que no podemos perdonar es el absoluto tedio en el que nos sumerge durante dos horas.