Médicos, cajeras de supermercado, enfermeras, profesoras, jueces, periodistas, estudiantes, peluqueras, paradas, amantes del manga, tenistas, cantantes, actrices, paseadoras de perros, ingenieras, community managers, funcionarias de justicia, guionistas, escritoras, fruteras, taxistas, bomberas, psicólogas, policías, pilotos, diseñadoras gráficas, jefas, últimos monos, altas, bajas, rubias, morenas, peliteñidas, con tatuajes o sin, de quince años y de cien, negras, gitanas, cis o trans, sociables, simpáticas, alegres, amantes de los animales, alérgicas a los gatos, de Zara, de H&M, de comercio justo, de lo que sea.

Lesbianas.

Otro año más, y van diez, se celebra el Día de la visibilidad lésbica, una jornada para reclamar el papel que les corresponde a las mujeres lesbianas en el espacio público, para reivindicar la igualdad plena de derechos y, sobre todo, para salir de la invisibilidad a la que se nos somete desde muchas esferas de la sociedad. Porque en 2018, en cualquier parte del mundo, y por mucho que hayamos avanzado, ser una mujer lesbiana no es lo mismo que no serlo.

Las mujeres, por el mero hecho de serlo, tenemos que enfrentarnos a situaciones a diario que nos desagradan, y que no tendríamos que padecer si fuéramos hombres. Pero las mujeres lesbianas, además, nos enfrentamos al mundo sin un varón al lado, y eso condena nuestra voz y nuestros actos a un segundo plano, y a nuestras acciones a serlo sólo en función del deseo del hombre. Porque, claro, dos mujeres juntas no casan bien.

Este año hemos tenido la enorme, y digo bien, suerte de que Cristina Domenech haya dejado patente en sus hilos divulgativos de Twitter cómo relaciones entre dos mujeres, relaciones sexuales, afectivas, íntimas, entre dos chicas, se consideraban inocentes o inexistentes por parte de sociedades pasadas. ¿Cómo van a estar juntas, qué hacen? Eso, lamentablemente, no se ha erradicado del todo, y muchas mujeres han de sufrir que se niegue su existencia, sus sentimientos, y su validez por ser lesbianas.

En cada parte del mundo, y también en función de otros factores como el status social, el ser mujer lesbiana es una experiencia diferente. No es lo mismo serlo en la India, donde las violaciones correctivas son una horrible realidad, que en España, donde el ordenamiento jurídico nos protege frente a agresiones lesbófobas. Ni es lo mismo en ambientes donde hay más mujeres como tú que en sitios donde, literalmente, eres la única lesbiana que se reconoce como tal. Es diferente ser una joven ejecutiva que una ama de casa de una barriada con 50 años y tres hijos en un matrimonio infeliz con un hombre.

Pero marca totalmente la diferencia el saber que hay más mujeres como tú, y que esas mujeres son felices, y capaces de llevar una vida plena. 

Muchas veces, cuando nos preguntan razones por las que ir al Orgullo, o en este caso para celebrar el Día de la visibilidad lésbica, pensamos en nosotras. En cómo nos afecta a nosotras mismas, de manera individual. Y tiende a olvidársenos que formamos parte de una comunidad, de algo más grande, y que con un pequeño gesto podemos abrirle una ventana al mundo a alguien al que ni se le ha pasado por la cabeza que esta realidad sea posible. Que tengamos la posibilidad de vivir nuestra orientación sexual de manera libre y natural, teniendo relaciones con otras mujeres, o no, o sólo de manera esporádica, o casándonos, o teniendo hijos, o gatos, o iguanas, o uno de cada. Y eso se consigue con el pequeño, y a la vez enorme, gesto de ser visibles.

Por ti, por tu novia, por tus amigas, pero sobre todo por aquellas que no pueden: sal y que te vean. Feliz y combativo Día de la visibilidad lésbica.

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