croqueta libre - La croqueta libre: "Senderos boscosos"

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El frío de los albores del invierno avanzaba intentando borrar las huellas del moribundo otoño. El viento húmedo y acerado anunciaba lluvia, que podía incluso convertirse en nieve en la madrugaba, y danzaba entre las ramas de los árboles arrullando el camino de los escasos peregrinos que se aventuraban a recorrer aquellas regiones en cualquier época del año. Desde hacía semanas una viajera deambulaba por aquellos bosques resguardada de miradas curiosas por la tupida vegetación. La gruesa capa de hojas que cubrían el suelo a modo de alfombra de tonos eminentemente cobrizos amortiguaban las pisadas del caballo librándolas de oídos indiscretos. Llevaban días comiendo escasamente, aquel frío temprano había provocado una huída de la mayoría de los animales, al tiempo que otros tantos permanecían ocultos, y había hecho desaparecer casi todo lo comestible que pudiera brotar en aquella maraña de raíces, maleza y hojas muertas. La debilidad los había vuelto descuidados, torpes e indecisos. Ariadna se veía incapaz ya de andar al acecho de la poca vida que podía hacerse visible en algún momento. Casi tumbada sobre su montura, se dejaba balancear por el movimiento errático de su jumento que había perdido la orientación casi por completo y desde hacía horas giraba en un gran círculo deforme. La ausencia del vaivén la sacó de su letargo. Su fiel compañero se negaba a seguir avanzando. Si quería pasar la noche a resguardo y no morir a la intemperie tendría que hacer un esfuerzo y conducirlo a través de los árboles hasta encontrar alguna cueva o refugio similar que los protegiera del frío creciente. Se arrebujó en su húmeda y maltrecha capa y azuzó a su montura para continuar el camino.

Llegaron a un pequeño claro en el que se detuvieron momentáneamente. Era imposible encontrar el rastro del sol entre las espesas nubes grises que avanzaban veloces como si compitieran entre ellas para llegar primero y aligerar su pesada carga. Su cálculo de las horas de claridad que les quedaban tampoco resultaba fiable. Desconcertada miró alrededor tratando de hacer un último arresto por encontrar un camino que los condujera a algún refugio. Se decidió a avanzar en dirección a lo que supuso el norte, adentrándose nuevamente en la espesura, abandonando aquel claro que, aunque no recogía la luminosidad que cabría esperar, al menos reconfortaba ligeramente el ánimo como si se hubiera asomado a una ventana y comprobara que existía una realidad diferente afuera. El bosque se iba tornando más espeso conforme avanzaban. La maleza se amontonaba sin orden bajo los cascos de su caballo y, a pesar de ir a un ritmo relativamente lento, las ramas que en algunos tramos llegaban hasta casi el suelo, les golpeaban sin piedad. El frío era cada vez más intenso y Ariadna sólo sentía el calor de la sangre que a cada poco brotaba a causa de un nuevo arañazo. Podía oír el sonido de los truenos a lo lejos. Había empezado a llover, probablemente con intensidad, pero las gotas apenas si penetraban en aquel espeso follaje. Su fiel compañero cabeceaba cada vez más ostensiblemente en señal de protesta, a la vez que su ritmo se iba ralentizando. Descabalgó y caminó a su lado tirando ligeramente de las riendas para darle confianza, mientras acariciaba su cuello de cuando en cuando. La humedad del ambiente se había mezclado con el sudor y el viento helado los había convertido en una fina capa escarchada que quemaba la piel. No resistirían mucho más. Sin embargo, era consciente de que parar sería mortal para ambos. Le hablaba de vez en cuando en un tono todo lo tranquilizador que el sonido, ahora atronador del viento entre los árboles, le permitía. Apenas podía abrir los ojos, pero pudo vislumbrar otro claro antes de perder el conocimiento golpeada por una rama.

 

Ariadna abrió los ojos un tanto desorientada. No sabía cuánto tiempo había permanecido sin sentido. Su cuerpo había entrado en calor y no sentía dolor alguno. Aquello sólo podía significar que o bien había dormido una eternidad, o bien estaba bajo la influencia de alguna droga, o bien lo había soñado todo. Se incorporó ligeramente para dar un rápido reconocimiento a lo que parecía una pequeña y parca cabaña. Frente a ella el fuego de la chimenea crepitaba con fuerza bajo una olla de barro. No muy lejos, una mesa de poco más de un metro amontonaba viandas escoltada por dos pesadas sillas de madera apenas tratada. Al fondo una pesada lona ocultaba lo que parecía la zona de baño. Se sentó y comprobó que estaba sobre un camastro de algo más de cuerpo y medio de ancho. Su piel estaba cubierta por un ligero camisón y varias mantas. ¿Quién la había llevado hasta allí? ¿Dónde se encontraba su caballo? Se cubrió casi hasta los ojos con la ropa de la cama como una niña asustada esperando lo peor al oír el sonido de unos pasos acercarse tras la puerta. Los goznes chirriaron impertinentes al abrirse. Entre la heladora ventisca que se había colado surgió una figura envuelta completamente en pieles. Era imposible distinguir su sexo, su edad, sólo pudo averiguar que su complexión no era excesivamente robusta habida cuenta de lo que le costó cerrar la puerta luchando contra el viento. ¿Cómo se las había arreglado para llevarla hasta aquella cama? Permaneció en silencio, observando cómo caían las pesadas pieles casi yertas por el frío, dejando entrever el cuerpo ágil, casi felino de una muchacha que se dirigió al hogar en busca de calor y comenzó a hablarle en un tono extremadamente dulce mientras frotaba sus manos:

– Has despertado al fin.- Sirvió un gran tazón de lo que parecía caldo y se acercó sonriente, hablando en el mismo tono.- Y veo que te sientes bien porque estás sentada y no te has mareado. Eres fuerte.

– ¿Y mi caballo?

– Bien. Está en un sitio cubierto, seco y ha entrado en calor. Ha despertado antes que tú.- Le tendió el tazón y se sentó en una pequeña butaca a su lado.- Eso te reconfortará.- Ariadna tomaba cucharadas lentamente al tiempo que su interior comenzaba a reaccionar infundiéndole fuerza a sus extremidades. Le devolvió el tazón vacío y la observó detenidamente. El cabello castaño ensortijado dejaba entrever el rostro de una joven bien parecida, que continuaba sonriéndole intentando demostrar confianza.

– Se me hace difícil creer que hayas sido capaz de arrastrarme hasta aquí tú sola.- La admiró mientras se alejaba lentamente para colocar el tazón en lo que parecía una pileta y volver con la misma sonrisa despreocupada hasta su asiento.

– Tu caballo colaboró haciendo un considerable esfuerzo antes de desplomarse. Es una criatura digna de elogio. Vuestro vínculo debe ser muy estrecho como para guardarte tanta lealtad.

– Prácticamente lo he criado. Hemos sido compañeros de fatigas desde que nació.- La muchacha asintió mientras se incorporaba y comenzó a hablar en un tono más autoritario.

– Creo que es hora de un baño. Tu cuerpo lo agradecerá.- Retiró las mantas de un tirón, con notable presteza y la condujo detrás de la gruesa lona que escondía una bañera humeante. Resultaba paradójico que con aquel frío todo se mantuviera caliente allí dentro. La ayudó a despojarse de la fina tela que cubría su cuerpo sin ápice de azoramiento en su rostro y a zambullirse en el agua cálida, con aroma a flores. No le quedó otra alternativa que observarla mientras enjabonaba cada extremidad de su cuerpo con esmero. No quedaba rastro de arañazo alguno, ni de contusiones. Cada vez que introducía una parte de su cuerpo nuevamente en la bañera, diminutas ráfagas de agua rociaban a la joven, cuyo cuerpo iba trasluciéndose bajo las finas telas mojadas. Sus pezones ligeramente endurecidos luchaban contra el roce de la blusa que se abría en un escote de piel extrañamente bronceada para alguien que vivía en aquellas tierras. Sus ojos oscuros constituían otra rareza de aquellas latitudes. Su pierna resbaló y cayó de forma precipitada dentro del agua, sin que pudiera atraparla ni controlarla, embelesada como estaba con aquella vista, y empapó a su joven anfitriona que como respuesta soltó una carcajada.

– Creo que es hora de que yo también me bañe.- Se desprendió de sus ropas sin reparo alguno y se metió en la bañera antes de que Ariadna pudiera reaccionar si quiera. Sintió la piel suave de sus piernas rozar la suya bajo el agua. La presencia de aquel cuerpo era tan familiar que le permitió girarse entre sus muslos y recostarse sobre su pecho. Su respiración pausada parecía indicar que ignoraba la creciente agitación del sexo de la viajera que había reaccionado con el contacto de aquella piel tersa. Deslizó sus labios a lo largo de la nuca, sorprendida por la docilidad de la muchacha ante aquel contacto. Más sorprendente resultó que agarrara su mano y la dirigiera con vehemencia hasta su sexo, al tiempo que se giraba en busca de su boca para devorarla sin miramientos. Gimió levemente al sentir que imitaba sus movimientos bajo el agua. Abriendo sus labios con presteza, recorriéndolos, jugueteando con sus clítoris de forma acompasada, hasta que el ritmo se tornó tan frenético como el beso entrecortado por los gemidos, que se alzaron incontrolados bajo la fuerte agitación de sus cuerpos corriéndose a la par.

 

Ariadna despertó del ligero sopor en el que su cuerpo aún débil había caído y observó el cuerpo de su amante, que lo secaba mostrándolo sin ningún pudor. Dejó resbalar la vista por aquellas curvas tersas hasta alcanzar el pubis que instantes antes había gozado de sus caricias y que, como pudo comprobar ante la apertura de sus piernas, aún  lucía vestigios de lubricación, asomando hinchado bajo la toalla. Le sonrió pícaramente mientras se acercaba contoneándose hasta la bañera. La ayudó a salir y comenzó a secar su cuerpo con la misma sonrisa con la que lo había lavado, sin preocuparse por ocultar su propia desnudez, de forma ascendente, recorriendo sus piernas con parsimonia. Se detuvo a la altura de la cintura para abrirle las piernas colocando una sobre el filo de la bañera. Ariadna sintió una punzada en su sexo nuevamente agitado cuando la muchacha comenzó a rozar la piel fina del interior de sus muslos. El contacto de una lengua que los labios ligeramente entreabiertos dejaba escapar,  trazaba una fina línea de saliva en su recorrido lento pero incesante, hasta que el roce en los labios la obligó a buscar un apoyo al repentino abandono de su cuerpo bajo la oleada de placentero calor que lo recorría. Apoyó su espalda en la pared y se agarró con una mano todo lo firme que pudo mientras enredaba los cabellos de su amante con la otra. Gemía quedamente al tiempo que sentía su lengua girar en torno a la entrada de la vagina, incrementando su excitación y obligándola a lubricar de forma ostensible. Gimió con más fuerza cuando aquella lengua recorrió los labios de abajo a arriba, presionando lo justo para abrirlos, hasta alcanzar un clítoris que comenzó a hincharse más bajo los círculos que dibujaba a su alrededor. La muchacha comenzó a succionarlo, apretando lo justo los labios que dejaron paso a la presión constante de la lengua, cuyo ritmo fue acelerándose sin darle tregua, haciéndola gritar de placer en un orgasmo intenso e incontrolado. Sintió los brazos de su compañera sostenerla justo cuando su cuerpo perdía fuerza y equilibrio y se dejó arropar en la toalla y besar tiernamente hasta que los espasmos de placer comenzaron a disminuir en intensidad y su respiración se normalizó, dejándose arrastrar dócilmente hasta la cama. Lo último que vio antes de sumirse en un profundo sueño fue aquel rostro besándola dulcemente mientras la cubría con las mantas.

 

Ariadna despertó algunas horas más tarde y vislumbró a su anfitriona inclinada sobre la mesa concentrada en lo que parecía algún estudio. La observó con detenimiento, cubierta únicamente por un camisón bajo el que se intuían sus formas con claridad. A pesar de su concentración se percató de aquella mirada indiscreta y persistente que la obligó a levantar la vista.

– ¿Has dormido bien?- Ariadna asintió y saltó de la cama, incitada por aquella cálida sonrisa, cubierta con una fina manta. Se sentó a su lado y mientras degustaban aquel guiso que se mantenía caliente en la chimenea descubrió que leía libros de medicina natural y trazaba una ruta en un mapa. La muchacha decía llamarse Selene y le indicó el lugar del sur del que provenía huyendo de un matrimonio no deseado. El miedo a no saberse dueña de sus decisiones y de su día a día fue más fuerte que el que pudiera haber sentido por embarcarse en un viaje por senderos y tierras desconocidos. Sin embargo, aquel periplo no había concluido aún, seguía buscando el destino definitivo. Ariadna le confesó que ella deambulaba sin meta aparente desde hacía muchos años para sentirse libre. Pero aquella libertad conllevaba mucho tiempo en soledad y riesgos, agradeciéndole que la hubiera salvado del que habría significado su fin.

– Todo tiene una razón, como las estrellas que guían nuestro camino. Tú tenías que perderte para encontrar algo.- Ariadna sonrió ante aquella observación que parecía de una lógica aplastante a tenor de los recientes acontecimientos y arrastró suavemente, pero con firmeza, a Selene hasta sentarla en su regazo. La asió por el cuello y acercó su rostro para morderle los labios suavemente, al tiempo que su otra mano descendía desabrochando los botones de su camisola. Sus labios cedieron al deseo y se entreabieron para fundirse en un beso profundo y ansioso incitado por el roce de sus manos al separar la tela. Se separó ligeramente para observar de cerca la piel ruborizarse bajo la caricia del envés de su mano avanzando entre sus pechos. Volvieron a fundirse en un beso interminable mientras Ariadna sobaba suavemente los senos consiguiendo que sus pezones se endurecieran tenuemente. Deslizó los labios levemente abiertos por el cuello, bajando entre las clavículas al tiempo que atrapaba sus brazos enrollándole el camisón para dejar sus senos a merced de su lengua que se deleito lamiéndolos de forma circular hasta succionar sus pezones y endurecerlos completamente. Se incorporó sujetándola por las nalgas, dejando caer las dos prendas de ropa que las cubrían parcialmente. La llevó enredada a horcajadas hasta la cama mientras devoraban sus bocas, tendiéndose en ella de forma que el sexo húmedo de la joven sureña quedó abierto sobre su vientre. Sentía su calor creciente frotandole con el movimiento sútil de sus caderas. Selene comenzó a deslizarse entre las piernas de su compañera y continuó el movimiento rozando ambos sexos. Se observaban sonriendo de vez en cuando entre un ritmo que se iba acelerando condicionado por la dilatación de sus vaginas y el sonido acuoso de la mezcla de sus flujos cada vez más abundantes. La muchacha inclinó su torso para morder aquellos labios que se habían encendido con la excitación, frotando sus senos con aquel vaivén cada vez más rápido que las hacía resoplar y respirar agitadamente. Ariadna tiró enérgicamente de la muchacha hasta colocarla sobre su rostro. Contempló su sexo hinchado y abierto. Dejándose embriagar por aquel aroma, deslizó la lengua de abajo a arriba para saborearla. Introdujo dos de sus dedos lentamente en su vagina, permitiendo que fuera ella la que marcara el ritmo con el movimiento de sus caderas. La excitación crecía también en la mujer que permanecía tumbada contemplando aquel sexo que se abría cada vez más, escuchando los gruñidos y gemidos cada vez más sonoros de su amante. Atrapó el clítoris entre los labios y lo chupó con esmero, sin dejar de frotar con sus dedos hasta que la tensión acumulada estalló en un temblor incontrolado, intenso y duradero. La tumbó a su lado y la dejó recuperarse mientras la contemplaba, con la idea clara en su mente de que había llegado el momento de dejar de vagabundear en solitario y buscar ese sendero hacia el sur tras el invierno.

.- Skuld