El pasado lunes volvió a nuestras pantallas y monitores la segunda parte de la tercera temporada de El misterio del tiempo, serie de TVE que se ha convertido en una de las mejores de nuestra ficción nacional. Haciendo un esfuerzo verdaderamente remarcable por difundir de manera entretenida la historia de nuestro país, la serie es una sensación que arrastra a miles de seguidores y fans, y pone en prime time (un discutible prime time que comienza a las once de la noche) cuestiones que el gran público agradece ver de manera tan clara. «La historia son también los que yacen en las cunetas», decía el personaje de Luisa Gava en el episodio del lunes, algo que no pasó desapercibido para nadie. Pero también trató de manera menos velada una cuestión que tendemos a olvidar, porque la memoria es frágil: la situación de las mujeres lesbianas en la España del franquismo.

Irene Larra volvía a 1961, su época original, para llevar a cabo una misión. Pero también para encontrarse con su pasado: sus padres y, sobre todo, su marido. Un marido dolido porque su mujer le ha abandonado, y además abandonado por una razón que nada tiene que ver con él, sino con ella. A Irene gustan las mujeres.

Mujeres lesbianas y bisexuales ha habido desde el mismo momento en que existen las mujeres. Otra cosa es que esté documentado, algo que no siempre es así. La historia siempre la han escrito los hombres, y si se han pasado por alto figuras capitales en la historia de, por ejemplo, la ciencia, ¿cómo no se va a pasar el relato cotidiano de aquellas figuras que no tenían hombres en su vida?. Pero no debe confundirse esto, la falta de datos, con la inexistencia.

A partir de 1939 España está sumida en una dictadura que tiene un componente religioso muy marcado. Una de las misiones de los españoles de bien es recuperar la esencia de la nación católica, que había sido corrompida y vapuleada, según el ideario oficial, por el breve gobierno de la República. Todo lo que se saliera de esa norma era o castigado o negado, y buena prueba de ello es la aprobación de la revisión de la Ley de Vagos y Maleantes de 1954, momento en el que la homosexualidad comienza a ser contemplada como un delito, y las personas LGBT, encarceladas, bien en cárceles, bien en centros de concentración, o sometidas a terapias psiquiátricas durísimas, esto último sobre todo desde finales de los sesenta.

Pero, ¿y las mujeres también?. Hay que tener en cuenta un aspecto fundamental e esta sociedad, y es que las mujeres tienen un papel absolutamente secundario en la vida social. Su papel es el de cuidadora, esposa y madre, pero sí encontramos frecuentemente figuras que se salen de esta norma, bien las religiosas, bien las «solteronas», y es en este cajón de sastre donde las que se sentían atraídas por otras mujeres encajaban. Los hombres se casaban porque alguien tenía que cuidar de ellos. Las mujeres se podían cuidar solas, y llamaba menos la atención si no contraían matrimonio.

Por otra parte, en el imaginario popular se podía imaginar perfectamente cómo dos hombres podían tener relaciones, pero es algo que costaba más, mucho más, poner en imágenes cuando se trataba de dos mujeres. Lo que no puede suceder no se persigue, porque es imposible. Y si es imposible, ¿cómo va a suceder, cómo sé que me atraen las mujeres, si es algo impensable?. La sexualidad de las mujeres sólo se contemplaba como algo complementado a un varón, y jamás en soledad o en compañía de otra mujer.

En El ministerio del tiempo vemos cómo el esposo de Irene decide internarla para «curar» su homosexualidad. Esto cuadra totalmente con la incapacidad de las mujeres de la época para tomar decisiones por sí mismas. Siempre sometidas a sus padres o maridos, durante el franquismo (e incluso en años posteriores), había ciertas cosas que ellas no podían hacer, como abrir una cuenta en un banco, tener posesiones inmuebles, o incluso la custodia de sus propios hijos, ya que por defecto se otorgaba al marido. Si el marido de Irene decide que está enferma, no hay más que hablar. Y si su padre, otro hombre, cree que debe salir del psiquiátrico, así será. La opinión de la mujer no vale nada.

La ley de vagos y maleantes mutó en 1970 hacia la Ley de peligrosidad social. Un cambio en forma pero no en fondo, ya que las personas LGBT siguieron sufriendo una represión brutal, contemplada por las leyes españolas. Esta ley se derogó completamente en 1995. Diez años después, España se convertía en el tercer país del mundo que contemplaba el matrimonio igualitario.

Referencias: Anthrpologies | El confidencial | Bagoas