Imagina por un momento vivir en un mundo en el que de verdad diera igual que, si eres una chica, te gustaran las chicas. Que eso no te supusiera ningún conflicto  en la adolescencia, repleta de parejas de mujeres en cine, televisión, y tu propio entorno, ni tus padres se llevaran un disgusto al quebrarse sus expectativas vitales sobre ti, porque diera lo mismo que alguien estuviera con un hombre o una mujer. Que bollera fuese un apelativo más, y no una palabra que hiciera sentir mal a la gente, y que no fuera seguido de una hostia por la calle porque no tiene sentido que te peguen por lo que eres. Que tuvieras los mismos derechos que las personas heterosexuales, y nadie se alegrara de que te retiraran algunos, porque total, vas a ir al infierno y van a hacer de tu existencia otro, porque eres rara y cómo eres está mal porque no es normal.

Que en una entrevista en televisión contaras que eres bisexual, y el presentador, que encima es un hombre gay, no alucinara en colores y se echara a reir, lleno de rubor y sorpresa.

El sábado la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, estuvo en Salvame Deluxe, un programa que en los últimos meses ha dado un volantazo a su línea editorial, y ha pasado de ofrecer solamente noticias del corazón a tratar temas de actualidad. Ahí, Colau contó, de manera más o menos orgánica, que durante su estancia en Milán gracias a una beca Erasmus, conoció a un italiano, Paolo, con el que estuvo saliendo, pero también a una italiana, Elena, con la que tuvo una relación «de muchos años».

En el mundo ideal que he descrito, seguramente fatal porque no me imagino bien cómo puede ser, esto pasaría totalmente desapercibido, y los comentarios se centrarían en otro tipo de cuestiones más políticas, como por ejemplo que qué hace una representante electa hablando de su vida personal por parte de sus detractores, o alabanzas provinientes de sus partidarios por acercarse a la gente corriente. Personalmente, creo que desacralizar la política y hablar el lenguaje de los votantes es la estrategia más acertada, pero esto es una opinión que no viene al caso, porque lo que se habla de la entrevista es que la alcaldesa contó que tuvo novia.

‘Rascar votos’

Las teorías al respecto de porqué explicarlo aquí y ahora son muchas, pero la fundamental es una: porque le apeteció. Y en cuestiones de visibilidad, cualquier momento es bueno. ¿Podría ser mejor? Como todo. Pero siempre es una buena noticia que alguien tan sumamente conocido cuenta con naturalidad que no es heterosexual. Muchas personas que no sabrán nombrar a ningún político más allá del alcalde de su ciudad, saben quien es Ada Colau. Porque está presente en la televisión, prensa, internet, y casi cualquier medio. Quizá las que no vivimos en la Ciudad Condal no tengamos ni idea de sus políticas municipales, pero la conocemos.

Hay una: porque le apeteció.

Las personas que están en política son las que más al alcance de la mano tienen mejorar en muchos ámbitos las vidas de los ciudadanos, y todavía más en posiciones tan directas como son las que se refieren a concejalías y corporaciones municipales. Las propuestas de estos órganos son las que más directamente nos afectan a todas y cada una de nosotras, y que quien los dirija forme parte del colectivo LGBT supone, en muchos casos, una sensibilidad más profunda hacia las inquietudes y problemáticas que nos afectan.

Por mi parte, solamente tengo una crítica hacia lo que contó. «Que cada cual quiera a quien quiera», dijo. Ser LGBT+ no va de querer a quien queramos. Va de ser como somos, independientemente de que estemos enamorados o no, y sobre todo, no de enamorarnos de alguien a quien elijamos, sino que precisamente por esa falta de poder sobre nuestra elección, queremos a quien sea. A veces tendemos a olvidarnos de que las lesbianas y bisexuales lo somos solteras y en pareja, enamoradas o no, y que nuestra identidad no se define por quien tengamos al lado, porque solas también existimos.

En un mundo ideal, el entrevistador no habría dicho que los rivales políticos de Colau se estaban frotando las manos ante su declaración. Porque en un mundo ideal, la orientación sexual de alguien, o su pasado sentimental, no tendrían la más mínima importancia y no se usarían como arma arrojadiza. Pero claro.