Llevo viendo series toda mi vida. Primero, las típicas que se veían en mi casa: Farmacia de Guardia, El Comisario, Periodistas, o la que fuera que echaran en el canal de turno que tocara ver ese día. Más adelante, gracias a internet, el catálogo se hizo prácticamente infinito, y desde aquel glorioso 2004 que nos trajo Mujeres desesperadas, y con ella toda la nueva edad de Oro de las producciones para televisión, pues imaginaos. Incontables. No voy a decir miles (que quizá sí), pero desde luego cientos. Unas las he devorado con fruición, otras las he ido teniendo de fondo mientras hacía otras cosas. Algunas me han apasionado, otras meh, otras las he tenido que quitar. Pero no recuerdo ver ninguna que me resultara problemática dentro de su contexto, problemática dentro de la época en la que se estaba emitiendo. Pero ayer me puse Heathers, y bueno, pues ya puedo tachar eso de mi lista.

Últimamente estamos viviendo una fiebre del remake que, bueno, es un arma de doble filo: si sale bien, si los creadores son capaces de actualizar unas tramas y unos temas al siglo XXI, pues fenomenal, porque hay historias que merecen ser rescatadas quitándoles el olor a naftalina. Pero si sale mal, la pregunta obvia va a ser «pero para qué tocas nada». Heathers, la película de 1988, se convirtió instantáneamente en un film de culto porque hacía algo que no se había visto hasta entonces, y era darle su merecido a las Queen Bee crueles de un instituto medio de Estados Unidos. Cogía las fantasías de miles de estudiantes que vivían atenazados por esas brujas que les hacían la vida imposible y las llevaban a la pantalla. Boom. Éxito. El outsider gana la partida. El débil se venga. Y todos contentos.

La estética es flawless, eso hay que concedérselo

La serie, de la que cadena ha lanzado ya el primer episodio, hace una cosa rarísima, y que para nada es lo que se esperaba (y tampoco es que se esperara mucho). En 2018, las matonas de instituto son la gorda, la lesbiana, y el chico genderqueer del instituto. ¡Oh, le han dado la vuelta a la historia!’. Eh… no. No es un espejo en el que esos posibles bullies se vayan a ver reflejados. Es una metáfora nada velada sobre esa teoría tan extendida de que en estos tiempos que corren no se puede ser «políticamente incorrecto», porque te arriesgas a que la policía de la moral vaya a por ti. Una cosa muy rancia, muy del tipo que diría Javier Marías, y definitivamente muy del agrado de toda esa gente que cree que los grupos discriminados, en realidad, son privilegiados.

Hay una escena en la que Veronica, la supuesta heroína de esta historia, una chica blanca, rubia, mona, lista, y blabla, está hablando con la orientadora de su instituto sobre su futura Universidad. Pese a que tiene buenas notas, es posible que no entre en la que quiere porque no forma parte de ninguna minoría. «¿No serás hermafrodita, verdad?», la pregunta la orientadora. «No». «Vaya, es una pena».

Pero qué mierda es esta.

Como espectadora, me resulta bastante violento ver en pantalla la crueldad por la crueldad. La escena en las que Heathers ridiculizan a un chico por llevar una camiseta con la mascota del instituto (un indio, porque nadie le ha recordado a la junta escolar que las personas de determinadas etnias no son mascotas), no produce esa sensación de satisfacción que te llevas cuando le están dando su merecido a una persona racista u homófoba. No. Lo que ves es una humillación innecesaria. Y tú empatizas con el tipo racista antes que con los que supuestamente no lo son. ¿Y eso a quién le va a encantar? Exacto: a los racistas, que se ven en pantalla como lo que ellos creen que son, unas victimas. Heathers da voz a todos aquellos que creen que el problema de este mundo son los Social justice warriors, que es como llaman a las personas que luchan por la inclusión en la sociedad de los colectivos tradicionalmente discriminados.

Los votantes de Trump y nosotras viendo la serie

Por otro lado, y como si todo esto ya no fuera enormemente problemático, el personaje de Jasmine Mathews, Heather McNamara, se nos vendió como una mujer «lesbiana y negra». Lo primero es evidente, lo segundo está tratado fatal. Aquí viene un espoiler, pero si no vais a ver la serie podéis seguir leyendo. En el primer episodio, Heather se enrolla con un profesor. Tú puedes pensar «bueno, nos la habían vendido como lesbiana, pero en realidad es bisexual, fine for me». Pero este hecho es utilizado por Heather Duke, persona genderqueer, para hacerle chantaje, llamándola «falsa lesbiana» y diciéndole que no forma parte del colectivo LGBT (bueno, en realidad hacen la coña esta que está en mi top 3 de cosas que más odio que esañadir letras sin ton ni son, en plan LGBTQUEWORORIFCHCIROR). Pero qué me estás contando. Qué os pasa. Qué clase de gente sois.

Hay tantas cosas mal en Heathers, pero tantas, y solamente una buena, que es la estética, chulísima para mi gusto, que os recomiendo que los ¿cincuenta? minutos que dura este episodio los invirtáis en ir a visitar a una amiga, a vuestra abuela, a jugar al fútbol, a pasear, o a dormir. Pero no gastéis vuestro tiempo en verla, de verdad, que no merece la pena. Y os lo dice alguien que no se arrepiente de haber visto todo lo que ha visto. Lo único que me salva de salir a la calle con una pancarta pidiendo que la cancelen es que me da pena que Selma Blair y Shannen Doherty se queden sin trabajo. Y ya.