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Anna Camp cuenta públicamente que es bisexual

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La actriz Anna Camp, conocida sobre todo por la saga Pitch Perfect, ha confirmado públicamente que es bisexual. Lo ha hecho en una entrevista en el pódcast I’ve Never Said This Before with Tommy DiDario, donde explicó que, con 43 años, por fin se siente cómoda nombrando su orientación de manera clara.

Aunque para mucha gente la noticia puede parecer nueva, en realidad la conversación lleva tiempo abierta. Camp ya había hecho pública en 2025 su relación con la escritora y estilista Jade Whipkey, con quien incluso apareció en alfombras rojas durante la promoción de su película Bride Hard. La diferencia ahora es que la actriz ha decidido ponerle etiqueta a su orientación y hablar abiertamente de ello.

Durante la entrevista, Camp explicó que asumirlo públicamente no siempre resulta sencillo y que hacerlo desde el foco mediático implica exponerse a comentarios, interpretaciones y opiniones de todo tipo. Lo que tú y yo ya sabemos, vaya. Aun así, lo tiene claro: prefiere vivir de forma honesta a quedarse en un lugar cómodo que ya no encaja con su vida actual. Según contó, se siente orgullosa de poder decir abiertamente que es bisexual.

La actriz también explicó que este momento forma parte de una etapa de cambios personales que está viviendo en su cuarentena. Lo describió como una evolución importante, una manera de revisar quién es y qué quiere ahora, incluso si eso significa que su vida no se parece exactamente a lo que había imaginado años atrás.

Y poco más os cuento. Otra actriz que habla abiertamente de bisexualidad, en un momento en el que todavía y de manera agotadora existe bastante confusión pública sobre lo que significa. Yo creo que estamos para celebrarlo, vamos.

Vía: E!

Domingo lésbico de confianza (II)

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Cultura sáfica para acabar la semana con buen gusto

Todos los domingos intentaré recomendar tres cosillas, sean las que sean, siempre que tengan un pequeño toque croqueta o que, simplemente, me hayan hecho la semana un poco más agradable. No es una lista exhaustiva ni pretende descubrir el fuego. Son recomendaciones muy de andar por casa: una serie que estoy viendo, una canción que me ha dado por volver a escuchar o un libro que me ha reaparecido por casualidad mientras buscaba otra cosa. Si de paso sirven para que alguien descubra algo nuevo o recuperar algo que tenían olvidado, mejor todavía.

La serie de esta semana es Babylon Berlin. En realidad no la estoy viendo por primera vez, la vi un verano hace tiempo, pero estos días me he puesto a leer los libros de Volker Kutscher en los que se basa la serie y me han entrado ganas de recuperarla. Para quien no la conozca, la historia sigue al inspector Gereon Rath en el Berlín de finales de la República de Weimar, una ciudad fascinante, contradictoria y al borde del abismo. La serie mezcla investigación policial, intrigas políticas y una recreación histórica bastante espectacular de la época. Berlín en los años veinte siempre tiene ese magnetismo de ciudad moderna, nocturna y caótica que estaba viviendo sus últimos años antes de que todo cambiara. Además, en la tercera temporada aparece una pareja croqueta, Charlotte y Vera, así que cuando llegue a esa parte la revisión promete tener todavía más interés. Está en Movistar.

La canción de la semana es una vieja conocida que ha vuelto a aparecer estos días. The Veronicas han interpretado una nueva versión en directo de Untouched para la serie Like A Version de la emisora australiana triple j, una de esas cosas que hacen a veces las emisoras en Youtube y que me flipan, como el Live Lounge de la BBC o el Tini Desk. La canción original salió en 2007 y fue uno de esos himnos pop que sonaban en todas partes (en todas partes = en mi ipod) durante una temporada. Ahora la han recuperado en formato en vivo y el resultado funciona sorprendentemente bien porque NOSTALGIA. La actuación ha empezado a circular bastante por redes , con bastante gente redescubriendo la canción o volviendo a escucharla después de años. Si en su momento os gustaba, merece la pena darle otra escucha.

El libro de la semana no es una novedad, pero me lo he vuelto a encontrar estos días mientras buscaba materiales para unas cosas del máster que estoy haciendo. Se trata de Escondidas en el cine, publicado por LES Editorial. Es uno de esos libros que resultan especialmente útiles cuando intentas rastrear la presencia de personajes o historias lesbianas en la historia del cine. Durante décadas muchas de estas representaciones aparecían de forma indirecta, codificada o directamente borrada por la censura y por las propias normas de la industria. El libro hace precisamente ese trabajo de rastreo y contextualización, mostrando cómo esas presencias han existido desde muy temprano aunque muchas veces hayan pasado desapercibidas para el público general. Si os interesa la historia cultural de la representación lésbica en el cine, sigue siendo una lectura muy recomendable.

Nos leemos el domingo que viene con tres nuevas recomendaciones croquetas. Mientras tanto, si tenéis canciones, series o libros con potencial croqueta que creáis que merecen entrar en esta sección, siempre se aceptan sugerencias.

Diez años sin Lexa: el día que ‘The 100’ desató una tormenta

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En marzo de 2016 pasó algo que, si estabas en el fandom sáfico de las series y si no estabas a lo mejor también, probablemente recuerdas perfectamente: el día que Lexa, comandante grounder y crush universal, murió de manera sobrevenida y cruel en The 100. Este 2026 se cumplen diez años de aquel episodio que, durante semanas, convirtió internet en un campo de batalla entre fans, guionistas y medio mundo hablando de representación queer en televisión.

Para quien no tenga el recuerdo fresco: Lexa, interpretada por Alycia Debnam-Carey, era uno de los personajes más queridos de la serie de ciencia ficción de CW. Líder política, estratega brillante y con una presencia magnética, había terminado construyendo, para ENORME ALEGRÍA de las fans una relación romántica con Clarke Griffin. La pareja, conocida por el fandom como Clexa, se convirtió rápidamente en uno de los ships más populares de la televisión y de internet. No era casualidad. En 2016 todavía era bastante raro encontrar una historia sáfica en una serie mainstream tratada con cierta épica.

El problema llegó con el episodio Thirteen, emitido el 3 de marzo de 2016. Tras una larga tensión romántica, Clarke y Lexa por fin se besaban y pasaban la noche juntas. El fandom celebró el momento como una pequeña victoria televisiva. Y entonces, minutos después, todo se fue al traste: Lexa moría de un disparo accidental destinado a Clarke. Algo que, a día de hoy, sigue impresionando por lo absolutamente innecesario que era.

En cuestión de horas empezaron a circular hashtags como #LGBTFansDeserveBetter, que acumularon cientos de miles de tuits. La queja no era simplemente “han matado a mi personaje favorito”. El enfado tenía un trasfondo mucho más concreto: la sensación de que la serie había caído en el famoso tropo televisivo conocido como “Bury Your Gays”, una tendencia histórica por la cual los personajes LGBT terminan muertos, especialmente justo después de encontrar la felicidad o confirmar su relación, y especialmente las mujeres lesbianas. Tenemos ejemplos para dar y regalar, lamntablemente incluso después de esto que te estoy contando. Autostraddle recopiló 240 personajes hasta que en 2024 supongo que se cansaron de contar.

Para muchas espectadoras lesbianas y bisexuales, el problema era doble. Por un lado, Lexa era uno de los pocos personajes lésbicos complejos, y queridos, en una serie mainstream, no de nicho. Por otro, la propia promoción de la serie había insistido en su representación LGBT como algo progresista, lo que generó la sensación de traición cuando el personaje murió de manera tan abrupta.

La reacción fue enorme. Hubo campañas para boicotear la serie, debates interminables en Tumblr y Twitter, artículos analizando todo, sobreanalizando, creando revuelo, y también una conversación mucho más amplia sobre cómo se representaban las historias LGBT en la televisión mainstream. Incluso se organizaron iniciativas solidarias impulsadas por fans que aprovecharon el momento para recaudar fondos para organizaciones de apoyo a jóvenes LGBT, y la estupenda editorial LES lanzó un título analizando la reacción y el legado.

La presión fue tal que el showrunner de la serie, Jason Rothenberg, terminó publicando una carta abierta disculpándose con los fans. Reconoció que no había sido consciente del peso simbólico que tenía el personaje y admitió que, con la perspectiva del tiempo, habría manejado la muerte de Lexa de otra manera.

Diez años después, la serie terminó hace tiempo y el fandom ha pasado por mil otras guerras culturales, pero la muerte de Lexa sigue apareciendo cada vez que se habla de representación queer en televisión. No tanto por el hecho de matar a un personaje, algo que The 100 hacía constantemente, sino por lo que simbolizó para una generación de fans que, durante unos minutos, pensaron que por fin tenían una historia que iba a durar. Qué jóvenes éramos.

‘La medusa’, un viaje luminoso a las tinieblas

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«Odette tiene veintipocos, vive sola, le gusta su trabajo en una pequeña librería y acaba de sucumbir a un flechazo. La vida le sonríe, o eso parece, pero hay algo que la atormenta: una medusa en su ojo. Esta manchita difusa podría parecer un mal menor… hasta que a la dichosa medusa le da por multiplicarse.»

Cubierta española de "La medusa" de Boum.

La ceguera es uno de mis mayores temores. No creo que esté sola en esto, debe de ser un miedo bastante común, como las arañas o los señores violentos de color muy naranja. Pero cuando visitas al oftalmólogo cada año y medio y solo puedes ver con uno de tus ojos, el miedo se hace un poco más cercano, un poco más presente. Porque sientes que es más susceptible de hacerse realidad en algún momento.

Boum, la autora de La medusa, debe conocer bien esta sensación: perdió la visión del ojo derecho por una enfermedad en 2021 y ha plasmado en su cómic esa experiencia y ese temor a la ceguera completa. Una ceguera de las insidiosas, de las que aparece y crece poco a poco, aquí representada por esa pequeña medusa que acosa a Odette, y que no deja de reproducirse.

Me doy cuenta de que con esta introducción quizá te haya dado la impresión de que La medusa es un cómic deprimente y de lectura densa. Un dramón, vaya. Y aunque yo he llorado mucho con él, nada más lejos de la realidad. Su lectura es ágil, casi siempre acogedora y muy cercana. Uno de sus fuertes es cómo retrata la vida diaria de su protagonista. Es imposible no identificarse con esos momentos de tedio en el trabajo o con la sobrecarga de información banal y superficial a la que nos someten las redes y la prensa a todas horas.

Tranquis, en el cómic las viñetas no están torcidas ni se ven borrosas, esta la he hecho yo con el móvil.

Así vamos siguiendo a Odette en su día a día. Su trabajo, cuando va a hacer la compra, la relación que tiene con su madre y sus amigos y encuentro con Naina, la mujer de la que se enamora y que pasará a formar una parte muy importante en su vida.

Boum consigue hacernos sonreír y empatizar con Odette. Nos coloca tan cerca de ella que cuando dispara la bala que nos ha anunciado desde la primera página, nos alcanza el corazón. Y yo le doy las gracias por ello.

Boum forma parte de esa fuente de talento comiquero canadiense que no deja de darme alegrías en el panorama de la ficción comiquera con protagonistas lesbianas, junto a estrellas bien brillantes como E. M. Carroll o Axelle Lenoir. En La medusa muestra un dibujo claro, de línea limpia y un dominio magistral del paso del tiempo a lo largo de las páginas. Ojo al uso gráfico de esas “simpáticas” medusas a lo largo del cómic.

La medusa es una obra multipremiada con, entre otros, un Eisner. Pero si te dan igual los premios, y me parece estupendo, hazme caso a mí, es un cómic excelente.

Si te interesa la temática, otra buena opción es La inevitable ceguera de Billie Scott, de Zoe Thorogood, pero, además de no tener sáficas, puede resultar algo menos sincero en su acercamiento.

Muchas gracias a La Cúpula por el ejemplar para esta reseña. Podéis comprar La medusa en su página web o en vuestra tienda de tebeyos más cercana.

Fuentes: esta entrevista a Boum, su página web y la web de La Cúpula.

Domingo lésbico de confianza (I)

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Cultura sáfica para acabar la semana con buen gusto

Todos los domingos intentaré recomendar tres cosillas, sean las que sean, y con su toque croqueta correspondiente. Cosas que me he encontrado durante la semana, que me han gustado sin mayor explicación y que, de alguna manera, me han hecho un poco más feliz. Sin grandes análisis ni pretensiones culturales: solo compartir lo que merece la pena cuando el domingo pide sofá, manta y algo bonito que llevarse al lunes.

Una canción: Las Petunias – “No necesito estar sola (ya lo he estado toda mi vida)”


Las petunias tienen algo entre confesión y bofetada suave que me encanta, y esta es de esas canciones que parecen sencillas, pero de repente te encuentras cantándola como si te fuera la vida en ello. Ideal para ponerla en bucle mientras recoges la casa, caminas sin rumbo o decides que, efectivamente, sola se está bastante bien. Si tenéis a las petunias girando cerca de casa, id a verlas. Me lo agradeceréis.

Una serie: Pluribus


La estoy viendo por segunda vez, lo cual ya dice bastante. Es de esas series que ganan cuando sabes lo que viene y puedes fijarte en los detalles, las miradas, los silencios raros y (uf) más que necesarios en este mundo lleno de series que levantan la música cuando quieren que dejes el móvil. Y sí: estoy ENAMORADA de Carol. No puedo aportar objetividad alguna en este punto, como el 98% de las lesbianas de internet, yo qué sé. Esta serie es obligatoria.

Un viaje que me ha alegrado la semana: NuriaPe por China con su colega Guiua


Entré por curiosidad y me quedé por el caos. Entre los malentendidos, las situaciones surrealistas y la complicidad que tienen, he acabado riéndome sola en el sofá como hacía días. Es como viajar con tus amigas pero sin jet lag ni facturas inesperadas. Si necesitas algo ligero para desconectar y reírte un rato, aquí tienes plan.

Nos leemos el próximo domingo.

¿No sabías que Geri Halliwell y Mel B habían tenido un algo?

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Estos días estoy muy contenta porque mi Twitter es todo el rato mis cosas favoritas: nostalgia, música pop y salseo. La excusa visible es la cancelación del especial por el 30 aniversario de las Spice Girls que preparaba Netflix, pero lo que realmente ha reventado el timeline es el viejo episodio que une a Mel B y Geri Halliwell: un encuentro íntimo en los inicios del grupo que durante años fue rumor, chascarrillo pop… y que Mel B terminó confirmando. Mi amigo Peibols, probablemente la persona que más sabe de las Spice Girls del mundo, ya me contó esta historia, aderezada con episodios de Geri en las fiestas de San Lorenzo de Huesca y la deriva política que ha tenido la cantante últimamente, hace meses, pero creo que es el momento de contarlo todo bien (y si me dejo algo, me lo dices).

Para entender por qué medio mundo está descubriendo ahora esta historia hay que volver a 2019, cuando Mel B concedió una entrevista en la que, con absoluta naturalidad, confirmó que ella y Geri tuvieron una relación sexual durante los primeros años de la banda. No lo narró como un romance secreto ni como una historia épica, sino como algo espontáneo entre dos veinteañeras que vivían juntas, compartían giras, éxito repentino y una intensidad emocional difícil de explicar si no la viviste. Según explicó, ocurrió en la época en que las Spice convivían estrechamente antes de convertirse en el fenómeno global que fueron después, y tras el casting que hizo que la banda naciera. Fue un momento íntimo puntual, sin continuidad sentimental, que ambas habrían tomado con humor. Mel B incluso comentó que después se rieron y siguieron adelante como si nada.

La historia no fue lo ocurrido en los noventa. La historia fue contarlo décadas después.

Durante años, los tabloides británicos alimentaron rumores sobre la cercanía entre ambas, pero nunca hubo confirmación. Cuando Mel B habló abiertamente sobre su bisexualidad y sobre este episodio concreto, la historia dio la vuelta al mundo. La prensa sensacionalista explotó el titular, reavivando un episodio del pasado que Geri nunca había hecho público ni había mostrado interés en comentar. Geri, que ahroa está casada con un ultra millonario relacionado con el mundo de la fórmula 1, optó por el silencio. Una estrategia que muchas interpretaron como deseo de proteger su vida privada actual, su familia y una identidad pública muy distinta a la de la veinteañera pelirroja que gritaba Girl Power en los noventa.

Ahora imaginemos el contexto actual: un especial aniversario con entrevistas profundas, archivo personal y periodistas deseando preguntar lo que todo el mundo quiere saber. El asunto iba a salir., era inevitable. Y hay quien no está por la labor, así que adiós especial. Treinta años después del fenómeno que cambió la cultura pop (y 14 después de que todas GRITÁRAMOS al verlas salir en taxis en los Juegos Olímpicos de Londres), la conmemoración la vamos a hacer todos en nuestras casas o pidiendo el inevitable Wannabe en un bar, porque otra cosa… difícil.

Deseo, identidad y segundas oportunidades en ‘Montreal, ma belle’

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Montreal, My Beautiful: Joan Chen Luminous (As Usual) Is a Hit in ...

Hay películas que abordan el descubrimiento de la identidad sexual desde la adolescencia o la juventud. Montreal, ma belle (2025), dirigida por Xiaodan He, toma un camino distinto y mucho menos transitado: el despertar emocional y afectivo en la madurez. Este enfoque convierte la historia en una propuesta singular dentro del cine queer contemporáneo, alejándose de los relatos iniciáticos tradicionales para explorar cómo el deseo, la identidad y la libertad pueden emerger cuando la vida parecía ya definida.

La protagonista es Feng Xia, interpretada por Joan Chen, una mujer chino-canadiense de 53 años que vive en Montreal. Madre, esposa y cuidadora responsable, ha construido su vida en torno al deber familiar y las expectativas culturales. Su matrimonio carece de intimidad emocional y su rutina transmite una sensación de estabilidad que esconde una profunda desconexión consigo misma. Todo cambia cuando conoce a Camille, una joven quebequesa espontánea y segura de sí misma, interpretada por Charlotte Aubin. Este encuentro desencadena un proceso íntimo de autodescubrimiento que desafía décadas de silencio emocional.

La cinta, que está siendo toda una sensación en Twitter aunque está pasando un poco desapercibida en medios convencionales, se ha estrenado esta semana en Apple TV Canadá tras pasar por un circuito limitadísimo de festivales. Esperamos/suponemos que tras la primavera, que es cuando hay el boom de festivales LGBT, Apple TV la licencia en el resto del mundo. En todo caso, la esperamos con muchas, muchas ganas.

¿Cómo era ser lesbiana en el franquismo? (I)

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Cuando se habla de homosexualidad en el franquismo casi todo el foco se lo llevan los hombres. Las redadas. Los expedientes policiales. Las cárceles de Badajoz o Huelva. Los artículos de prensa moralizante que convertían el deseo en delito. Y entonces aparece la pregunta incómoda, la que casi siempre llega tarde: ¿y las lesbianas? ¿Dónde estaban las mujeres que deseaban a otras mujeres entre 1936 y 1975?

Pues estaban ahí, claro. Viviendo en el mismo régimen, bajo la misma dictadura, pero atravesadas por una forma de represión distinta, menos visible, más estructural. Durante mucho tiempo se repitió que no habían sido perseguidas. Que no había apenas casos. Que el franquismo no se ocupó de ellas. Sin embargo, la historiografía reciente, apoyada en archivos judiciales, expedientes psiquiátricos, prensa de la época y testimonios orales, ha empezado a matizar esa idea. El trabajo de fin de grado de Elizabeth Hernández López sobre las lesbianas durante el régimen franquista es una de esas investigaciones que obligan a revisar el relato cómodo. No es que no hubiera castigo. Es que el castigo adoptó otras formas. Y, sobre todo, el borrado fue más eficaz.

Para entender cómo vivían las lesbianas en el franquismo hay que empezar por el modelo de mujer que impuso el nacionalcatolicismo. Mary Nash lo ha explicado con claridad en su libro Rojas: el régimen construyó un ideal femenino basado en la domesticidad, la maternidad y la obediencia. La Sección Femenina no era un adorno simbólico del sistema, era una auténtica maquinaria pedagógica. Enseñaba a coser, a cocinar, a servir al marido y a asumir que la realización personal pasaba por el sacrificio.

El Código Civil del momento, con sus reformas correspondientes, reforzaba esa estructura. La mujer casada necesitaba autorización marital para trabajar, abrir una cuenta bancaria o firmar contratos. Jurídicamente era casi una menor de edad permanente. Socialmente, existía siempre en relación con otro: madre de, esposa de, hija de. Rara vez como sujeto autónomo.

En ese marco, el lesbianismo no tenía lugar. Una mujer que no deseaba a un hombre no solo se apartaba de la norma, la cuestionaba desde la raíz. No era una conducta privada sin consecuencias públicas. Era un desafío al orden de género, que se presentaba como natural, incuestionable y perfecto. Si el proyecto franquista descansaba sobre la familia heterosexual y la reproducción, una mujer que amaba a otra mujer quedaba fuera del esquema productivo y simbólico de la patria. Literalmente, no encajaba.

Durante los primeros años de la dictadura, desde la victoria de los sublevados en 1939 hasta finales de los 40, no existió una política explícita y sistemática contra las lesbianas comparable a la desplegada contra los hombres homosexuales. Y esa diferencia se ha interpretado muchas veces como ausencia de persecución. Pero los expedientes judiciales cuentan otra cosa. Hubo mujeres procesadas por conductas consideradas homosexuales, aunque en menor número. Sin embargo, la reforma de la Ley de Vagos y Maleantes en 1954 incorporó la homosexualidad como supuesto de peligrosidad social. Más tarde, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970 mantuvo esa criminalización. Es cierto que la mayoría de los casos documentados afectaron a hombres, pero eso no significa que las mujeres estuvieran a salvo. Significa que la vigilancia operaba también por otras vías.

Y aquí aparece un problema recurrente en la historia de las mujeres: el lenguaje. El aparato jurídico no tenía una categoría clara y estable para nombrar el lesbianismo. En los expedientes aparecen términos como invertidas o referencias ambiguas a contacto carnal. Esa imprecisión no protegía. Al contrario, dejaba margen a la interpretación moral. Cuando el comportamiento femenino se consideraba escandaloso o desviaba del rol esperado, la sanción podía llegar igualmente.

En algunos casos documentados, mujeres fueron detenidas, sometidas a exámenes médicos y evaluaciones psiquiátricas destinadas a probar una supuesta desviación sexual. El control del cuerpo femenino era literal. Se medía, se examinaba, se clasificaba. La ciencia y el derecho se daban la mano para legitimar la corrección.

El caso de María Helena, detenida a finales de los años sesenta en Barcelona, es ilustrativo. Fue procesada por su apariencia, por su forma de vestir y por una conducta considerada impropia de una mujer. La masculinidad leída en su cuerpo se interpretó como indicio de homosexualidad. El expediente incluyó examen físico y valoración psiquiátrica. El castigo no se limitó a una multa: implicó internamiento, restricciones de residencia y vigilancia posterior. No se castigaba solo un acto. Se castigaba una identidad sospechosa.

La represión adoptó con frecuencia formas que escapaban al ámbito penal. La psiquiatrización fue una herramienta central. En la cultura médica de la época, influida por discursos que consideraban tanto la homosexualidad como el comunismo patologías sociales, la desviación del rol femenino podía justificar internamientos en manicomios o tratamientos correctivos. La frontera entre lesbianismo y disconformidad de género era difusa. Rechazar el matrimonio, vestir de forma considerada masculina o mantener una independencia económica inusual bastaba para activar sospechas. Y cuando se activaban, la maquinaria no era solo judicial, era también social.

Uno de los agentes que jugó un papel esencial en ese control fue la familia. En algunos expedientes aparecen denuncias presentadas por parientes, alarmados por relaciones consideradas inmorales. La represión no siempre descendía directamente del Estado hacia el individuo. A menudo se filtraba a través de la moral familiar, del vecindario, del confesionario. El franquismo funcionaba como una red en la que Iglesia, escuela y parentesco reforzaban el mismo modelo normativo. El qué dirán, en muchos casos, resultaba más eficaz que el código penal.

A todo esto se suma otra forma de violencia menos palpable: la invisibilidad. El régimen partía de una concepción de la sexualidad femenina como pasiva y subordinada al varón. La idea de que dos mujeres pudieran mantener una relación erótica autónoma era, para muchos discursos oficiales, casi impensable. Esa negación actuaba como mecanismo de borrado. Si no se nombra, no existe. Y si no existe, no necesita regulación específica. El problema es que tampoco ofrece referentes, ni espejos donde reconocerse.

Esa invisibilidad tuvo consecuencias historiográficas. Durante décadas, los estudios sobre homosexualidad en el franquismo se centraron en la experiencia masculina. Investigadores como Alberto Mira han señalado cómo el relato público del activismo gay en la Transición dejó en segundo plano las experiencias lesbianas. Incluso dentro de los primeros colectivos surgidos en los años setenta, como el Frente de Liberación Homosexual de Cataluña, las mujeres denunciaron la centralidad masculina y la necesidad de espacios propios. Gracia Trujillo ha analizado cómo el lesbianismo articuló su discurso en diálogo con el feminismo, cuestionando tanto la heteronormatividad del régimen como el androcentrismo del propio movimiento homosexual.

¿Cómo se vivía entonces siendo lesbiana en el franquismo? No hay una única respuesta. Como ocurre con el feminismo o con cualquier experiencia histórica compleja, todo depende del contexto. La clase social, el entorno rural o urbano, la autonomía económica, el acceso a redes de apoyo. En ciudades como Madrid o Barcelona existieron espacios de sociabilidad más o menos clandestinos donde las mujeres podían encontrarse. No eran lugares plenamente seguros, pero ofrecían al menos reconocimiento. En entornos rurales, el margen era más estrecho y la presión comunitaria más intensa.

Muchas recurrieron al disimulo. Amistades intensas que podían interpretarse como afecto femenino aceptable. Convivencias justificadas por necesidad económica. Solterías explicadas por vocación religiosa o por cuidado de familiares. Algunas contrajeron matrimonios heterosexuales para evitar sospechas y proteger su vida privada, a veces funcionando como auténticos matrimonios lavanda para ambas partes. Hablar de lesbianas y franquismo obliga a revisar la idea de que la represión solo existe cuando hay cifras masivas de encarcelamiento. En el caso femenino, el control fue más capilar. Operó a través del derecho, de la medicina, de la moral católica y de la familia. La menor presencia en estadísticas penitenciarias no equivale a ausencia de violencia, sino a una modalidad distinta de disciplinamiento.

Hoy, gracias a estudios académicos, entrevistas y testimonios que empiezan a salir a la luz, podemos reconstruir parte de esa historia. No está completa. Persisten lagunas y silencios. Pero la imagen de unas lesbianas inexistentes durante la dictadura ya no se sostiene. Existieron, desearon, amaron y negociaron su supervivencia dentro de un régimen que intentó reducirlas a anomalía sin nombre. Y comprender eso es imprescindible para entender qué significó realmente vivir siendo lesbiana en el franquismo.

Literatura sáfica con descuento especial: las novedades de Les Editorial

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Si llevas tiempo en esta web sabes que cuando recomendamos una editorial lo hacemos con criterio. Porque publica buenas historias, porque cuida a sus autoras y porque entiende que la representación importa. Y en ese sentido, hablar de Les Editorial es hablar de una de las casas fundamentales para la literatura sáfica en español.

Les Editorial lleva años, muchos, construyendo un catálogo coherente, reconocible y necesario. Nació con una vocación clara: publicar historias de mujeres que aman a mujeres, con personajes complejos, tramas bien trabajadas y géneros diversos que van desde el romance contemporáneo hasta el thriller, la fantasía o la narrativa histórica. En un panorama editorial donde lo lésbico suele quedar relegado a nicho o etiqueta secundaria, Les ha apostado por convertirlo en eje central. Eso se nota en cada colección y en cada lanzamiento. ¿Quieres alguna recomendación? Sigue leyendo.

Amadas y monstruas es una obra que reúne tres relatos centrados en amores que desafían la lógica y la propia muerte, siempre desde una mirada sáfica y profundamente gótica. La autora M. J. Ceruti construye ambientes inquietantes y sugerentes: en la primera historia, Rosemary conversa con Eliza en una mansión en ruinas, donde la ambigüedad entre lo real y lo espectral tensiona cada línea; en la segunda, Victoria, en la España del siglo XIX, se obsesiona con dar vida a un cuerpo fragmentado en un experimento que remite al mito de Frankenstein y al deseo de vencer a la mortalidad; finalmente, sesenta años después de los hechos vinculados a Carmilla, una vampiresa sigue anhelando a su amada Laura, atrapada en una eternidad imposible. Este tríptico explora cómo el amor imposible puede ser tan humano como monstruoso y cómo el deseo puede persistir incluso cuando trasciende la vida tal como la conocemos.

Quién eres y por qué tienes mi número, por su parte, es una comedia romántica distintiva escrita íntegramente en formato de conversaciones de chat que sigue a Claudia, una profesora de historia cuyo mundo tranquilo se pone patas arriba tras una noche de copas. Tras despertar con resaca, un bolso lleno de conchas y un misterioso mensaje de un número desconocido, Claudia inicia un juego de mensajes con Majo, una carismática paisajista cuyo perfil con un león marino promete encuentros tan inesperados como encantadores. La autora (Cristina González, en redes @TomorrowJuana) utiliza este formato para reflejar con frescura y humor cómo puede nacer un vínculo profundo a través de palabras escritas, diálogos ágiles y malentendidos divertidos que terminan convirtiéndose en complicidad. A lo largo de la historia, el contraste entre la vida estructurada de Claudia y la espontaneidad de Majo crea una química irresistible que habla de conexión, sorpresa y deseo en la vida cotidiana

Viajeras reúne trece relatos que convierten el mundo en un escenario de erotismo sáfico, donde cada destino detona una forma distinta de deseo y descubrimiento. Nuestra queridísima y premiada autora Thais Duthie teje historias ambientadas en lugares tan diversos como Oporto, donde una joven tropieza con el placer entre libros prohibidos en una librería, o Laponia, donde una huésped sucumbe a la seducción bajo la aurora boreal en una cabaña apartada, o incluso Acapulco, donde una pareja se lanza al vacío literal y metafórico en una playa. A través de estos viajes, el erotismo no solo es un componente de la trama, sino un motor que transforma a las protagonistas y redefine sus relaciones con el mundo y consigo mismas. El estilo evocador de Thais convierte cada relato en una experiencia sensorial singular en la que el deseo no conoce fronteras ni etiquetas, y donde la exploración del cuerpo y los paisajes se entrelazan íntimamente.

Por si te parece poco, ahora hay un motivo añadido para acercarse a su catálogo. Con motivo de San Valentín, Les Editorial ofrece un cinco por ciento de descuento en todos sus libros, además de un packaging especial en cada pedido realizado a través de su web. La oferta es válida hasta el 28 de febrero, lo que convierte este momento en una oportunidad perfecta para ampliar biblioteca o para iniciarse en su universo si todavía no lo conoces. El detalle del packaging no es menor: en un contexto en el que muchas compras online resultan impersonales, recibir un pedido cuidado, pensado y con identidad propia… pues mola mucho. Qué te vamos a contar.

Los matrimonios bostonianos o ‘convivir juntas para siempre’

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En la historia de las relaciones entre mujeres hay momentos de ruptura, de resistencia y de pura supervivencia. Y luego están las historias que transcurren en los márgenes, sin escándalos, sin pancartas y, hasta ahora, sin nombre. Durante el siglo XIX y principios del XX, muchas mujeres, sobre todo en Estados Unidos, eligieron una forma de vida que no encajaba en la lógica matrimonial tradicional, pero que tampoco podía ser nombrada con claridad en su época. Compartían casa, recursos, afecto, compañía e incluso un proyecto de vida. La historia oficial las etiquetó como compañeras de piso, solteronas elegantes o amistades íntimas. Sin embargo, desde hace décadas, las historiadoras feministas y queer han rescatado un término que nos permite mirarlas con otra perspectiva: matrimonios bostonianos.

El concepto de Boston marriage empezó a utilizarse a finales del siglo XIX en Estados Unidos, especialmente en la región de Nueva Inglaterra, y aludía a la convivencia estable entre dos mujeres independientes que no estaban casadas con hombres y que vivían juntas, a menudo durante décadas. El nombre se popularizó tras la publicación de la novela The Bostonians (1886) de Henry James, que relata la relación intensa entre dos mujeres, Olive Chancellor y Verena Tarrant, envuelta en un triángulo emocional con un hombre. Aunque el libro no menciona explícitamente una relación lésbica, los matices emocionales, la convivencia y la rivalidad romántica han llevado a leerlo como un reflejo de estos vínculos femeninos que desafiaban la norma sin declararlo abiertamente. No está demostrado que el término surgiera por esa novela, pero su influencia fue clave para que el fenómeno se denominara así.

En su mayoría, estas parejas eran mujeres blancas, de clase media o alta, con formación académica y cierta independencia económica. Algunas eran profesoras universitarias, escritoras, activistas o herederas. El Mount Holyoke College, el Wellesley College y otras instituciones femeninas de Nueva Inglaterra se convirtieron en espacios donde florecieron estas relaciones. En un contexto en el que el acceso de las mujeres a la educación y a la autonomía era todavía limitado, muchas optaron por compartir su vida con otra mujer como alternativa real al matrimonio heterosexual, que solía suponer la pérdida de derechos civiles, la subordinación legal y una existencia doméstica definida por la dependencia del marido. Vivir con una compañera se leía, en muchos círculos progresistas, como una forma de respeto mutuo, de afinidad intelectual y de libertad individual. En realidad, lo era todo eso, pero también una forma de amar fuera del marco normativo.

La sexualidad de estas relaciones ha sido debatida extensamente. Historiadoras como Lillian Faderman, pionera en los estudios de lesbianismo histórico, señalan que muchas de estas mujeres probablemente mantuvieron vínculos eróticos, aunque no podamos probarlo con certeza por la falta de documentación explícita. La censura, la autocensura y la moral de la época borraban las huellas más visibles de la sexualidad entre mujeres, pero las cartas que conservamos muestran afectos intensos, promesas de por vida, celos, y declaraciones que hoy difícilmente podríamos clasificar como simples muestras de amistad. Faderman señala que estas relaciones eran tan comunes en determinados contextos que incluso estaban socialmente toleradas, siempre que no se cuestionara abiertamente la heterosexualidad normativa. A esto se le ha llamado, en términos académicos, «heterorromantic friendship» o “amistad romántica heterosexualizada”, un mecanismo que permitía expresar amor entre mujeres sin ser condenadas públicamente por ello.

Algunos ejemplos concretos dan cuerpo a este fenómeno. Sarah Orne Jewett, reconocida escritora de la literatura norteamericana del XIX, mantuvo una relación de más de 25 años con Annie Adams Fields, viuda del editor James T. Fields y figura destacada en los círculos literarios de Boston. Vivieron juntas desde la muerte del marido de Annie y compartieron no solo su residencia sino también una intensa correspondencia, viajes y una vida social común. En sus cartas, Jewett se refiere a Annie como su “querida compañera del alma”. Otro caso emblemático es el de Mary Woolley, presidenta del Mount Holyoke College, y Jeannette Marks, profesora de literatura inglesa en la misma institución. Su relación duró más de 45 años, y compartieron no solo casa, sino ideales feministas, formación de alumnas, vacaciones y un compromiso vital que hoy llamaríamos pareja. También destacaron Edith Lewis y Willa Cather, esta última una autora galardonada con el premio Pulitzer en 1923. Vivieron juntas en Nueva York durante más de 40 años, y aunque siempre se refirieron la una a la otra como amigas, la solidez de su vínculo y la dedicación mutua han llevado a muchas investigadoras a considerarlas parte de este mismo modelo.

Edith Lewis y Willa Cather

Los matrimonios bostonianos no fueron exclusivamente norteamericanos, pero en Estados Unidos encontraron un terreno propicio por el auge de las universidades femeninas, el espíritu reformista del norte, y una clase de mujeres cultas que empezaban a imaginar vidas fuera del modelo patriarcal. Sin embargo, este tipo de relación también puede rastrearse en Europa, especialmente en círculos intelectuales británicos, donde escritoras como Vernon Lee o Radclyffe Hall convivieron con otras mujeres en relaciones de larga duración, aunque con menos permisividad social.

Hoy, releer sus vidas desde otra mirada más contemporánea no implica forzarlas a entrar en nuestras etiquetas actuales, sino entender que sus formas de estar juntas fueron políticas, aunque no se nombraran como tales. Y también reconocer que muchas de ellas eligieron el amor y la libertad, aunque tuvieran que disfrazarlo de amistad educada. En los márgenes de la historia oficial, las mujeres que compartieron techo, cama y corazón abrieron un camino que, aunque sin nombre, sigue siendo profundamente nuestro.