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Dicen que todo lo que sube, baja y también que no hay mal que dure cien años. A veces con las malas rachas que atravesamos algunas esto se hace difícil de creer, pero ahí está Orange is The New Black para demostrarnos las verdades de estos dichos populares. Y es que Piper ha vuelto a casa. A Litchfield. Y lo que antes le parecía una basura, ahora empieza a verlo desde un ángulo muy diferente tras haber pasado el peor mes de su vida en la celda de aislamiento.

En el episodio 2×3, además, conocemos ¡por fin! el pasado de Crazy Eyes. Pero no nos adelantemos. Vayamos por partes, bebiendo a sorbitos Orange is The New Black como lo hemos hecho estas semanas pasadas.

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Os decía que Piper ha vuelto a casa y el mayor contratiempo al que se enfrenta ahora es a una nueva cara: Brooke Soso, llamémosla la eco-presa. Soso habla más que tu abuela en las visitas que le haces los domingos, si bien es cierto que todo lo que sale por su boca tiene menos sentido que lo que dice tu adorada abuela. Nadie entiende a Soso, porque lo mismo te habla de la existencia de los unicornios que de los peligros de comer carne roja. Piper nunca ha tenido demasiada paciencia aunque en esta ocasión se aferra al hecho de que están en una celda temporalmente, hasta que les den el preciado mono color caca (nunca la caca fue tan ambicionada). Así que al principio intenta consolarla cuando la ve llorando durante su primera noche en Lichfield. Hay un corazón que late tras esa apariencia de muñequita, después de todo. Pero a Piper la paciencia le dura poco. Se rompe en el mismo momento en el que Soso toma posesión de su litera y le dice que le recuerda a su mejor amiga, Meadow. «Nadie tiene ni PUTA IDEA de lo que hablas. No somos amigas. No soy tu nueva tabla de salvación. No soy tu nueva Meadow. Soy una loba solitaria, y peligrosa… no me obligues a arrancarte la garganta a mordiscos».

De todos modos, esto no es lo más interesante de Piper en este episodio. Somos un poco de ideas fijas en esta casa, parciales a más no poder, para qué negarlo, y no se nos olvida tan fácilmente la no-presencia de Alex. Le agradecemos a Jenji Kohan, de todos modos, que intente reparar el daño haciendo alusión a su personaje en el guión, sobre todo si es en conversaciones de partirse de risa como la que mantienen Piper y Nicky durante su primera comida de regreso a Lichfield.

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Nicky: tú y yo somos hermanas de coño ahora, ¿no?

Piper: ¿Podemos no hablar de la vagina de mi exnovia?

Nicky: No me gusta ser una tocapelotas, pero no te le pega más exnovia-amante-arruinavidas? ¿Sabes? Le hiciste mucho daño.

Piper: No quiero hablar de eso.

Nicky: Vino a mí corriendo como un corderillo asustado. Sí, un corderillo con gafas sexys y enormes tetas esponjosas dentro de mi boca

Piper: Alex Vause nunca ha sido un corderito. Es el lobo que se come al corderito.

Pero para ser del todo francas, lo que está marcando esta temporada es la falta de protagonismo de Piper. No es que se haya hecho a un lado, sino que las demás han dado un paso al frente y hemos empezado a conectar con las historias de otras prisioneras. En este sentido, este episodio creo que se ha convertido en uno de nuestros favoritos porque por fin (gracias Jenji Kohan) podemos husmear un poco en el pasado de Suzanne (Crazy Eyes), un viaje al pasado que ha sido bastante descorazonador. No es que su vida haya sido tan horrible como la de muchas de sus compañeras de celda, es solo que… bueno… te hace ver lo gilipollas injusto que es el mundo y lo poco que los seres humanos hemos avanzado en más de dos mil años de historia.

Crazy Eyes es adoptada. Eso ya nos lo imaginábamos por la visita de su familia en la temporada pasada. Y aunque su madre es muy protectora e intenta darle a sus dos hijas las mismas oportunidades, una y otra vez acaba dándose de bruces contra la realidad. Suzanne es negra. Su hermana pequeña no lo es. Y el mundo en el que viven es muy pálido, en él la gente de color no es, por lo general, bienvenida o esperada en sus círculos sociales. Quizá si Crazy Eyes hubiera crecido en otra familia no se habría sentido tan diferente, pero no ha sido así y a menudo le da la sensación de ser el cisne negro en una comuna de estirados cisnes blancos.

La madre de Suzanne lo intenta de veras, se enfrenta los elementos si hace falta para ofrecerle a su hija adoptada las mismas oportunidades que a su hija de sangre, y sin embargo, no es suficiente. Crazy Eyes anhela una figura materna en la que verse reflejada, mujeres a las que admirar y adorar, y la nueva prisionera, Vee, aprecia en seguida esta vulnerabilidad y está muy dispuesta a sacar partido de ella.

Fría, manipuladora, sibilina como una serpiente… si buscabas un personaje al que odiar con todas tus fuerzas, estás de enhorabuena: ahora tenemos a Vee. Hace unos meses os contábamos que este nuevo personaje iba a tener bastante peso en la segunda temporada, y en este episodio empezamos a percibir por qué, exactamente. Vee es una prisionera de la vieja escuela. En su tiempo, las cosas eran de otra manera. Las mujeres negras cortaban el bacalao en Lichfield y ahora, a su regreso a prisión, lo único que ve es a mujeres blanditas que se dejan mangonear por blancas e hispanas. Vee está tramando algo y anhela ese poder, así que empieza a jugar sus cartas de manipulación con Crazy Eyes. «Yo sí te veo», le dice, haciéndola sentir importante. «Tú eres una rosa del jardín y esa zorra es maleza», insiste, en referencia a Piper y al miedo que le tiene Suzanne. Antes de que nos demos cuenta, Crazy Eyes está tan necesitada de una figura maternal, del cariño y protección que esto le ofrece, y tan cansada de que sus compañeras la dejen de lado que la veremos bebiendo los vientos para impresionar a Vee. Ey, sin juzgar… si yo fuera Crazy Eyes a lo mejor también necesitaba que alguien me hiciera sentir que importo.

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La aparición de Vee hace también que el equilibrio de Lichfield adquiera un nuevo peso en la balanza. El episodio empieza con nuestra querida Red hundida en sus propias miserias. Los años no perdonan y Red está empezando a darse cuenta. Un síntoma inequívoco es que ni siquiera se ha molestado en teñirse las raíces del pelo y en el episodio anterior la vimos abrazando la idea de sumarse al grupo de mayores de la prisión, las que calcetan y hacen bromas cuando no les funciona bien el riego. Pero el regreso de Vee lo cambia todo y nosotras no podíamos alegrarnos más. Nada es lo mismo si Red no es la feroz rusa que nos enamoró en la temporada pasada y la llegada de su antigua colega de cárcel consigue hacerla despertar. «Quiero parecer feroz», le dice a Sophia antes de que le tiña el pelo. Y lo consigue. Bienvenida de nuevo, Red. Te echábamos de menos.

Hablando ahora de Pennsatucky, reconozco que esperaba que en esta temporada hubiera perdido la cabeza definitivamente y hubiera inaugurado su propio culto en prisión (el Pennsatuckysmo, la deconstrucción entre los mormones y la cienciología, sin duda alguna), pero no ha sido así. Pennsatucky tiene nuevos dientes y esto la hace ¿guapa? Qué curioso, yo no noto demasiado la diferencia. Pero los dientes en Lichfield son un elemento diferenciador como lo puede ser la raza; eso queda demostrado en el grupo con el que alterna Pennsatucky, en la que cada una tiene peor dentadura que la otra. Si no es amarilla, es que le faltan unas piezas, y con eso de la dentadura nueva…Tucky ya no encaja. Se le está subiendo a la cabeza. Es lo que tiene tanto implante.

En el frente hispano todo sigue como la seda. Son las nuevas reinas de la prisión. Hay una cosa que nos queda clara de Lichfield: la cocina supone el CONTROL. No es como si nos pillara de nuevas. Bueno, piénsalo, hay muchas maneras de conquistar a alguien y una de ellas es por el estómago. La otra, en opinión de Gloria, es con un cigarrillo en la mano. A la líder del frente hispano le pierde su añoranza por el tabaco y ese es el primer paso en falso con Vee, que la liará totalmente para al final darle un parque de cigarrillos más eterno que Jordi Hurtado.

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En cuanto a nuestra amiga Lorna Morello… no voy a hacer trampa adelantando acontecimientos de episodios futuros, pero quédate bien con el momento de pierdo los nervios cuando llamo a mi hermana y me entero de que Christopher, mi prometido, va a casarse. Se nos rompe el corazón solo de pensar en todo lo que ocurre en esa pequeña cabeza italoamericana. Y mientras tanto, la agente Fisher empieza a tomarle el gusto a eso de espiar las conversaciones ajenas. ¿En qué acabará todo esto?

En este episodio no podíamos dejar de hablar de Larry, nuestro querido Larry. Alguien en el recap anterior dijo que Larry era un mal necesario. Quizá tenía razón. Sin un Larry en nuestras vidas no tendríamos toda esa historia de dentro y fuera de la cárcel; él, después de todo, es el hilo conector de lo que ocurre en el exterior y lo que empezamos a escuchar nos pone los pelos de punta. Es muy posible que en algún momento Larry deje de mirarse el ombligo, pero no va a ser esta la primera vez que lo haga. Nuestro intrépido prometido sigue obsesionado con escalar en el mundo del periodismo cueste lo que cueste, da igual si con ello pone en peligro a Piper. Esta vez la oportunidad se la ofrece un reportero del City Post: algo huele muy mal en Lichfield. Partidas presupuestarias que nunca se materializan en lo que deberían. Gimnasios que no aparecen en Google Maps (el ombligo de Larry sí lo hace). El periodista quiere investigarlo con ayuda de Piper, pero ahí está Larry para robarle la idea y llevarse todo el mérito. Alguien que le dé a este hombre una carrera urgentemente.

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Finalmente, hemos descubierto por qué Piper no se está pudriendo para siempre en una celda de aislamiento o en una cárcel de máxima seguridad. ¿Quién lo iba a decir? Se lo debemos todo a Crazy Eyes, que en un arrebato que la teletransportó a su pasado con su familia acabó pegando a su figura maternal por aquel entonces en la cárcel (Piper), consiguiendo que la pelea entre Piper y Pennsatucky pareciera más equilibrada de lo que fue. Así que gracias, Crazy Eyes. Por eso y por tu personaje. ¿Alguien más la está disfrutando como una loca esta temporada? Seguro que no soy la única.

Hasta aquí, el resumen de hoy. Pero prometemos volver con más. Nos quedan todavía diez. Paciencia, querida croqueta.