Después de doce temporadas, Anatomía de grey sigue haciendo lo que hace mejor que nadie. Hace tiempo que dejó de ser una serie de médicos, si es que alguna vez lo fue, y se ha convertido en la serie más dramática de la televisión, por delante de cualquier otra, incluso de la misma creadora. ¿Y por qué? Porque mete el dedo en la llaga emocional que todas tenemos, tocando aspectos con los que todas caemos: las cosas del querer.
Después de doce temporadas, los personajes ya no son personajes, son personas a las que conocemos mejor que a muchas otras que vemos más a menudo. Los hemos visto reir, sufrir, llorar, morirse con más frecuencia de la necesaria, y en esta última temporada hemos presenciado con dolor cómo una de nuestras parejas favoritas de todos los tiempos, la formada por Callie y Arizona, se enfrentaban la una a la otra por un asunto muy, muy complicado: su hija.

El desenlace de la custodia abre una nueva etapa en la relación entre Callie y Arizona, que no han querido ni sabido llegar a un acuerdo racional. La decisión no ha sido fácil, y así nos lo corrobora una fuente legal a la que hemos consultado, que nos cuenta que dado el grado de complejidad del caso, su resolución estaba my sujeta al parecer de la jueza, y bien podía haber fallado para la otra parte. Sofía se queda con Arizona, pero las cosas podrían haber sido muy diferentes.
Pero, aunque así hubiera sido, no habría cambiado la sensación que nos queda tras el episodio. Estamos tristes. Veremos qué nos depara la season finale, que se emite esta semana.









