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El siguiente texto ha sido escrito para Fanzine Imposible, donde se publicará próximamente. Su autora, Irene Darvaza, nos ha permitido muy amablemente publicarlo en HULEMS, y no podemos estar más agradecidas. Síguela en su Medium y en su cuenta de Twitter. También puedes leer sus textos en Gafas sáficas

Existe la falsa creencia, más extendida de lo que pueda parecer entre compañeras feministas, de que las lesbianas sufren menos machismo que las demás mujeres. Se tiende a idealizar la existencia lesbiana, al pensar que por nuestra orientación sexual esquivamos vínculos sexoafectivos asimétricos con hombres, disfrazándola de una condición envidiable. Este espejismo obedece a una visión de la realidad que cierra los ojos ante las múltiples formas en las que se castiga a las mujeres que no desean relacionarse con hombres, que ostentan el poder, en el heteropatriarcado, y que obvia que la lesbofobia es una suma de homofobia y machismo.

En primer lugar, hay que tener presente que a día de hoy la mayoría de niñas y adolescentes lesbianas siguen creciendo sin referentes, ni reales, ni ficticios. Es habitual que los progenitores eviten informar a las menores sobre las distintas orientaciones sexuales existentes, por miedo al libre albedrío de sus hijas, que podrían no adaptarse a la heteronorma. A menudo, si se toca el tema se hace despectivamente. De igual modo, consumirán películas, libros, series y videojuegos donde la representación lésbica será escasísima y nefasta, y serán bombardeadas con miles de historias de romance heterosexual, haciéndoles creer que ese tipo de amor siempre ha de buscarse en un hombre y que el sexo solo es de verdad si un varón participa. Incluso, muchas de ellas llegarán a la edad adulta convencidas de que no conocen a ninguna o casi ninguna lesbiana, que no las hay en su entorno, pues la crudeza de la lesbofobia sigue obligando a muchas mujeres a vivir su orientación sexual y sus relaciones con prudencia, discreción y sigilo.

El resultado de todo esto es que muchísimas jóvenes llegan a su despertar sexual sin saber que el género opuesto puede no gustarles y que “lesbiana” es algo que se puede ser. Como he explicado, pensarán que el amor y el placer sexual se los dará un hombre, así que muchas lesbianas se relacionarán con ellos, por lo que también establecerán vínculos sexoafectivos marcados por la desigualdad, a lo que se suma el malestar que puede generar estar con alguien a quien no se desea. De hecho, a algunas mujeres homosexuales acostarse con hombres les produce tal repulsa y angustia que comparan su conmoción con la que se siente tras una violación.

En segundo lugar, las mujeres que no tienen relaciones románticas con hombres también sufren violencia de género, porque esta violencia se ejerce en todos los ámbitos e interacciones humanas y no solo dentro de la pareja. Por ejemplo, puede perpetrarla un familiar. Asimismo, en una sociedad profundamente androcendrista, la presencia de las lesbianas inconscientemente es percibida como un insulto y un desprecio a la valía del hombre. Las mujeres que osan no escoger un compañero del género opuesto, que son el centro de todo, y que para más inri prefieren a otra mujer, deben esmerarse en aclarar que no odian a ese glorificado grupo humano para no ser juzgadas: “Soy lesbiana, pero me encantan los hombres. Son muy buenos amigos”. Esto no sucede a la inversa, un hombre gay no necesita puntualizar constantemente que no detesta a las mujeres. Así pues, la no atracción por el género masculino es entendida como una ofensa, especialmente para los más misóginos que, si piensan en las mujeres en general como posibles conquistas, ven a las “bolleras” en particular como afrentosos noes andantes.

Vivimos en un mundo en el que las mujeres todavía no utilizan el espacio público de manera igualitaria. Sabemos perfectamente que no podemos ir solas a dondequiera que se nos ocurra, es peligroso y nos embarga el miedo. Cuando digo “solas”, me refiero a que no podemos transitar según qué sitios sin la compañía de un hombre. En el colegio, en el instituto, en la universidad, en el trabajo, en las fiestas, en la calle, de día y de noche, la osadía de rechazar a los hombres de las bolleras, que siempre seremos mujeres “solas” y sufrimos un extra de hipersexualización, es castigada con discriminación y acoso sexual. En los casos más graves, nos violan de forma correctiva; sucede en todos los rincones del planeta. Porque a nosotras también nos matan, nos violan, nos agreden, nos pagan menos y nos atosigan cuando salimos a la calle o de fiesta (es más, si vamos en compañía de nuestra pareja o saben nuestra orientación sexual el acoso será muchísimo peor).

En política, en los espacios de representación, en el mundillo de la cultura y en las historias que nos emocionan las mujeres están infrarrepresentadas, mientras que las mujeres lesbianas o no existen o son invisibles. Por añadidura, de las contadas ocasiones en que aparecemos en pantalla, sea en una producción de altos vuelos como La vida de Adèle o en una destartalada página porno, la mayoría de las veces aparecemos retratadas como criaturas extremadamente sexuales, a causa de un claro afán voyeurista, y acabamos teniendo alguna aventura con un hombre, de manera que se perpetúan los mitos de los que se nutre la susodicha violencia lesbófoba.

Por último, y no menos importante, todas las mujeres sienten el peso de las expectativas que la sociedad ha puesto en ellas desde pequeñas, independientemente de su orientación sexual. A todas nos han marcado el camino para que seamos complacientes, sumisas, calladas, delicadas, abnegadas, prudentes e inseguras, para que deseemos ser guapas, para que no seamos libres sexualmente y nos avergoncemos. A todas sin excepción nos han imbuido los mitos del amor romántico. Todo esto se confabula contra nosotras y, en consecuencia, dos mujeres pueden mantener un vínculo amoroso violento y plagado de problemáticas y conductas de raíz patriarcal.

No somos amazonas. No vivimos en Temiscira. Vivimos en el patriarcado, como todas las demás.