¿Cómo era ser lesbiana en la España de la década de los veinte?
Lyceum Club

En 1901 dos jóvenes maestras gallegas, Marcela y Elisa, contrajeron matrimonio religioso, el que se considera primer matrimonio entre personas del mismo sexo en España, gracias al disfraz de una de ellas. Este hecho, bien documentado, es sólo uno de los ejemplos de que las lesbianas, o al menos las mujeres que tenían relaciones sentimentales con otras mujeres, han existido siempre en la historia, también en nuestro país, pero mientras en otros países como Reino Unido escritoras como Radclyffe Hall publicaban obras que daban voz a las mujeres LGBT, en España estas preferían pasar más desapercibidas.

¿Cómo era ser lesbiana en la España de la década de los veinte? Existen tantos casos como mujeres en la época, pero las investigaciones históricas nos remiten a dos estereotipos. El primero, la mujer hombruna, quien “en sus modales pretende imitar al hombre” y es “aficionada al vino y al aguardiente y usando del cigarrillo o del puro”[1]. El segundo bebe directamente de Europa, de las flappers, esas mujeres que, tras la Primera Guerra Mundial, descubrieron el trabajo y gracias a él la libertad, tanto en su ropa como en sus costumbres, que pertenecen a las élites urbanas y que están dotadas de un capital cultural considerable[2]. El psiquiatra J. M. Escuder las retrata como “mujeres altas, admirablemente esculpidas, morenas, de continente altivo, serias, pelo negrísimo, facciones griegas. Ningún signo de degeneración”[3]

¿Cómo era ser lesbiana en la España de la década de los veinte?
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En los círculos culturales, pues, es donde podemos encontrar relatos documentados de relaciones entre mujeres. Especialmente relevante es el caso de Lucía Sánchez Saornil, poeta y trabajadora de la Compañía telefónica desde 1916 a 1931, cuando fue expulsada por sus actividades sindicales. Muchas de las mujeres más libres de la época fueron precisamente trabajadoras de esta compañía, ya que, como apuntaba la prensa de la época, “la mujer española sólo podía ser reina, maestra o telefonista[4]”, únicos trabajos decentes. Su relación con América Barroso fue visible en ciertos círculos, los más cercanos a la revista Mujeres libres, de la que fue fundadora, y también fue inspiración para mucha de su obra literaria, que trataba de describir a una mujer disconforme con los roles tradicionalmente asignados a su género.

Otras mujeres visibles para la época fueron Marisa Roësset, pintora, Victoria Kent, abogada excepcional y una de las tres primeras mujeres diputadas de la democracia española, las periodistas Carmen de Burgos e Irene Polo, las escritoras Carmen Conde, Matilde Ras y Elena Fortún, la escenógrafa Victoria Durán, y un largo etcétera de mujeres. Muchas de ellas se reunían, al estilo de los “Círculos de Costura” estadounidenses, en el círculo sáfico de Madrid, un lugar de encuentro y tertulia organizado precisamente por Durán, y que después la escritora Rosa Chacel usará como inspiración para su novela ‘Acrópolis’.

¿Cual fue el mayor enemigo de la libertad de las mujeres de la época? la patologización de su comportamiento, la creencia de que eran ‘invertidas’ y su comportamiento era ‘una enfermedad’. Incluso en la legislación se persiguen los comportamientos homosexuales en mujeres, como se puede ver en el código penal de 1928: “En los delitos de abusos deshonestos sin publicidad ni escándalo entre hembras, bastara la denuncia de cualquiera de ellas, y si se realizan con publicidad o producen escándalo, la de cualquier persona. En los cometidos entre hombres se procederá de oficio”.

[1]  DEL TORO, C. La luz y la pintura, Real Academia de Bellas Artes de Cádiz, Cádiz, 1901, p. 628.

[2] VAZQUEZ GARCÍA, F. Figuras femeninas de la desviación sexual. España, 1850-1920. Universidad de Cádiz.

[3] ESCUDER, J. Locos y anómalos, Establecimiento Tip. Sucesores de Rivadeneyra, Madrid, 1895, p. 151.

[4] PICO, R.C. http://www.libropatas.com/libros-literatura/la-vida-secreta-de-las-senoritas-telefonistas/

Adaptación de unas declaraciones publicadas en La Vanguardia