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Dejad de quejaros: no hay homofobia

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Hace cosa de un año, durante una comida con unas amigas, estábamos hablando de esto y lo otro y, no sé cómo ocurrió, pero alguien en la mesa dijo: “Pero… pero si ya no hay homofobia, ¿no?”. A los pocos meses, en otra cena, con otro grupo de gente diferente, la frase estrella fue “a nadie le importa que seas gay, la gente joven es de otra manera”. Lo que tenían en común estos dos grupos de personas es, evidentemente, que ninguno de ellos son LGBT.

Está claro que los tiempos han cambiado. Los cassettes con chistes de mariquitas de Arévalo ahora son inimaginables. La mayoría del tiempo en la mayor parte del país puedes ir con tu novia de la mano por la calle. Hay grandes profesionales que no ocultan su orientación sexual, y que trabajan por la visibilidad. Incluso los medios muestran más interés por colectivos hasta hace poco invisibles, como el de las personas trans.

Pero por supuesto que hay homofobia. Y lesbofobia. Y transfobia. Y bifobia. Y las hay porque, pese al enorme avance social, hay personas que siguen siéndolo.

Hace escasamente dos semanas Barcelona inauguraba un centro LGBTI para prestar ayuda específica a las personas que conformamos este colectivo, tanto en materia psicológica, con asesorías, como legal en caso de sufrir discriminaciones de algún tipo. Ni una semana después el centro aparecía destrozado y con pintadas. “Estáis muertos”.

En la misma ciudad, unos días antes, cuatro jóvenes le pegaban una paliza a un chico en el metro, “por maricón”.

Para las personas razonables resulta absurdo negar que no hay un sólo tipo de violencia, sino que hay múltiples violencias específicas. El refrán del tonto, el dedo y la luna, aplicado a al vida real. El resultado es el mismo, gente herida, personas agredidas, pero las causas son completamente diferentes según de quién se trate. Las mujeres sufrimos violencias porque existe un sistema machista que nos cree inferiores. Las personas racializadas sufren violencias simplemente por serlo. Las personas LGBT sufrimos violencias por razones de nuestra orientación sexual e identidad de género. Cuando alguien te agrede al grito de “maricón”, está dejando muy claro las razones por las que lo hace.

Ser lesbiana, o bisexual, o gay, o trans, o cualquier otra de las identidades que el ser humano hace suyas, no es algo referente únicamente a ciertos momentos. Yo no soy lesbiana un ratito en una tarde de mayo mientras me cojo de la mano con otra chica. Soy lesbiana a tiempo completo, tenga pareja o no, esté enamorada o no, folle mucho o no folle nada. Es una parte más de mi identidad que merece respeto y reconocimiento, exactamente igual que las demás. A mi nadie, jamás, me ha insultado diciéndome “historiadora de mierda” (algo que, incluso, podríamos discutir). Pero llevo en la espalda bastantes “bollera de mierda” como para saber que hay una diferencia.

Ayer, en Estados Unidos, un país cuya política ha basculado peligrosamente hacia el recorte de derechos y libertades de las minorías, que siempre somos las primeras en caer, el actor Jussie Smollett, que es abiertamente gay, era agredido con una sustancia química. Además, le pusieron un lazo de ahorcado en el cuello, algo que se identifica con los ataques a personas negras, porque de este modo el KKK estuvo matando a personas negras en el Sur de Estados Unidos durante décadas. [Editado: tras la publicación de este artículo, el actor fue arrestado por contratar a las personas que le agredieron, en aras de no perder su papel en la serie. En fin]

Ayer conocíamos que una chica trans había sido agredida en Cádiz por besar a su novia. ¿Conocéis a alguna persona heterosexual a la que le hayan lanzado un vaso por hacer lo mismo? ¿Sabéis de alguien al que su familia haya echado de casa por heterosexual?

Pepa buscaba casa para irse a vivir con su novia. A la persona que les alquilaba la casa no le pareció buena idea que su hijo viera “eso”. Existe una percepción, diría, generalizada, de que el ser LGBT tiene que ver exclusivamente con asuntos de dormitorio que resulta descorazonadora. No somos ni más ni menos sexuales o promiscuos que las personas que no son LGBT. Ser lesbiana (o lo que sea) y decirlo no es un “alarde”, no es exhibicionismo, no es un ánimo de convertir a nadie. Porque, además, no funciona así. Las orientaciones sexuales no se pueden cambiar. Se pueden, en todo caso, esconder y camuflar, pero con el sufrimiento extra que eso infunde a la persona.

Todos estos ejemplos, cercanos en la ubicación y en el tiempo, son sólo una muestra de todo lo que tenemos que soportar, simplemente, por existir, por ocupar el espacio público con algo que no es la norma. En estos días, en estos tiempos, en los que se nos quiere volver a meter en nuestras casas, sin hacer ruido y sin que se nos vea, tenemos que hacer un esfuerzo porque sea justo lo contrario. Más visibilidad, más ruido, más presencia. Que sea a ellos a los que les de vergüenza decir que son homófobos, no a nosotros hacer exactamente lo mismo que los demás.

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