
Escritora, bailarina, socialité aficionada a la morfina y al alcohol en sus ratos libres, y mujer de Francis Scott Fitzgerald, quien reflejó como nadie la época en el ya icónico El Gran Gatsby, Zelda formó parte de un grupo de mujeres cansadas la imposición de la sociedad para que fueran madres y esposas entregadas y sumisas a sus maridos. Las flappers, un puñado de prolíficas artistas y aristócratas mandaron a pastar las estrictas convenciones sociales, se liberaron, llevaron la emancipación sexual por bandera e hicieron enloquecer a los años 20. Estas mujeres de faldas cortas, corte bob, que no llevaban corsé y que fumaban y bebían tanto o más que los hombres, ya no se conformaban con bailar o vestirse a la última, querían experimentar, querían algo más, ser iconos, pero también artistas y heroínas.
«Mi padre me advirtió sobre el alcohol y los hombres, pero nunca dijo palabra sobre las mujeres y la cocaína» – Tallulah Bankhead
Muchas de estas mujeres encontraron en sus relaciones con los hombres el estatus y la seguridad económica que necesitaban para poder mantener el ritmo de vida que tanto ansiaban y protegerse frente a las habladurías. Sin que estuvieran por eso dispuestas a renunciar a su atracción por otras mujeres ni a su amistad con aquellas que habían decidido no practicar la heterosexualidad sólo por el miedo al que dirán. Durante esta época, el lesbianismo se volvió, incluso, algo chic y cool que muchas decidieron probar.
Junto con Zelda, han sido muchas las flappers cuya fama todavía las precede. Es el caso de la bailarina Josephine Baker, o las artistas inglesas Diana Cooper y Nancy Cunard, Tallulah Bankhead, actriz que se presentaba con un directo «Yo soy lesbiana, ¿y tú qué haces?» y que contó con una larguísima lista de conquistas, entre las que hay que incluir a Marlene Dietrich, y, por supuesto, a Tamara de Lempicka. A Lempicka, inspiradora del movimiento art decó, su afición por la pintura y las mujeres desnudas la llevó a París tras dejar su casa en la San Petesburgo ocupada, a su marido y a su hija. En la capital francesa se dedicaría exclusivamente a pintar a esas mujeres que se encontraba en los bares y cafés que tanto le gustaba frecuentar, esnifando cocaína desde una cuchara de plata para poder aguantar toda la noche pintando y practicando sexo con ellas.
A las flappers la fiesta se le acabó cuando cambiamos de década, la depresión económica asoló los últimos días de los años 20 y toda la década de los 30. Algunas de estas mujeres terminaron capitulando y se convirtieron en eso que aborrecían, mientras que otras trataron por todos los medios posibles, con más o menos fortuna, mantener ese estilo de vida liberal que tanto ansiaban y necesitaban.




Marcela, sin embargo, no recibió este tipo de ataques, ya que la furia de la sociedad de cernió sobre la que transgredió los roles de género. De hecho, más que la relación homosexual, lo que más condenaron la prensa y la iglesia fue la falta de marido y que este rol fuera asumido por otra mujer. Elisa declaró que siempre se había sentido más hombre que mujer, por lo que es posible que en realidad fuera transgénero. Sin embargo, no tenemos manera de saberlo del cierto.




Este capítulo ha ido de introducir nuevas caras en el universo de Supergirl y ha hecho su aparición la nueva inspectora de policía de National City, Maggie Sawyer. Antigua novia de Kate Kane, más conocida como Batwoman, es el primer personaje LGBT de la serie, aunque no será el último. Los productores han insinuado que alguno de los personajes principales explorará su sexualidad durante esta temporada sin dar nombres pero, tras esa primera conversación que la inspectora de policía mantuvo con Alex, tan cargada de tensión que podía haber iluminado todo el alumbrado de la capital, incluído el de navidad, pongo la mano en el fuego a que será la mayor de las Danvers. Demos gracias que las dos son policías y llevan chalecos antibalas con frecuencia.












Si no has visto el cuarto episodio de la tercera temporada de Black Mirror, titulado San Junipero, no puedo sino recomendarte muy fuerte que dejes TODO lo que estés haciendo y te lo pongas. En serio. Es una pasada, a muchos niveles. No sólo porque es una historia de amor entre dos chicas (aunque lo parezca, no somos tan superficiales), sino porque está contada de una manera tan a fuego lento que te vas a preguntar por qué no se hacen más cosas así.
Otro de los puntos que nos ha conquistado es, como no puede ser de otra manera, la banda sonora. Más allá de Belinda Carlisle nos encontramos con unos temazos que te transportarán directamente a los ochenta. Y a los noventa. Y a los dosmiles. Y no hablamos más.