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He vuelto a ver ‘Skins’, y por supuesto me he vuelto a cabrear

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Ah, qué tiempos aquellos en los que era joven, y podía recordar prácticamente todo. Cuando me nombraban a una actriz y era capaz de decir todos los personajes que había interpretado. Tiempos en los que no tenía la capacidad de retención de una ameba. Ahora, que además de ameba soy un dinosaurio, se me olvidan bastantes cosas, algo que achaco a que tengo infinitas más informaciones en la cabeza, y que la vida adulta empuja hacia arriba en la pila del conocimiento. Pero, sin embargo, hay algo bueno en todo esto, y es que como *todo* se me olvida, *todo es nuevo*.

Hace como un par de semanas comencé a ver Skins. La serie inglesa tiene como diez años, quizá alguno más, y aunque la llevaba casi al día en su momento, cuando la volvía  ver no era capaz de recordar los detalles. La verdad es que me lo he pasado bastante bien con la primera generación: Tony es uno de los personajes más perversos de la historia de la televisión, y en general la serie tiene ritmo y las suficientes extravagancias para que me guste más que Física o química, que ya es decir.

Y, claro, llegó la segunda generación, y me volví a enamorar como una fan de Naomi y Emily. Yo siempre había sido de Naomi, seguramente porque cuando era una adolescente me parecía más mona y eso podía ser suficiente, pero el personaje de Emily me ha conquistado en este revisionado. Es cierto, como me decía A.M. Irún por Twitter, que Emily es más valiente, mientras que Naomi está luchando con sus miedos. Pero es que, precisamente y aunque comprendo perfectamente los miedos que cualquier hemos tenido a la hora de salir del armario, lo que me apetece ver en este nivel de mi vida es, precisamente, gente valiente, y que es capaz de no joderle la vida a los demás escudándose en el miedo (aunque, insisto, es perfectamente comprensible).

La historia de Emily y Naomi, pese a todo, es una de las relaciones entre dos chicas mejor contadas de la televisión. Y lo es porque es realista, y porque todas podemos ser en algún momento de nuestra vida cualquiera de las dos. Cabe la posibilidad de apostar todo a alguien, y que esa otra persona no lo tenga claro. Se puede sentir tanto rencor como amor, y que este último no sea suficiente para continuar, aunque se quiera. Alguien se puede sentir tan mal por algo que ha hecho como para que eso lo fracture todo. Y, por supuesto, se puede ser feliz como Naomi y Emily en el río. Todo cabe.

Y ahí estaba yo, tan a gusto con la segunda generación, que ayer decidí saltarme la tercera y ver los episodios finales, esos que idearon a modo de cierre de la serie. El caso es que conforme iba viendo a Effy vender acciones, todo me iba sonando más. Sí, es verdad, vivía con Naomi en Londres. Ah, vale, Emily estaba en Nueva York, me acuerdo. «Me tienes que acompañar al médico».

Y ahí es cuando me cabreé. Otra vez.

Hace cinco años me pareció injustísimo que Naomi desarrollara un cáncer y muriera. Me pareció un final indigno para una historia que había significado tanto, y aunque entonces no lo sabíamos, no sería ni siquiera la última lesbiana en morir delante de nuestras narices en pantalla. Nos enfadamos con Dana, nos enfadamos con Cat, nos enfadamos con Silvia, nos enfadamos todos aquellos personajes croqueta que nos habían conquistado y, de repente, morían. Y a Naomi le pasaba lo mismo.

Ayer, cuando Naomi le pedía a Effy que la acompañara al médico, apagué el ordenador. Me niego a pasar de nuevo por la misma angustia, angustia que además ya he vuelto a vivir algunas veces después de ella. Nos merecemos algo mejor.

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