Tan solo tenía doce años cuando me atreví por primera vez a escribir un poema a una compañera de pupitre. Ni siquiera sabía que eso era amor cuando me vi entrelazando palabras, buscando la rima de sus finales y tratando de hacerme entender que aquel cosquilleo que me producían sus ojos marrones sería lo que más tarde atravesaría mi espina dorsal de los sentimientos. Algo muy sencillo, versos simples y demasiadas alusiones a la Naturaleza para tratar de igualar su belleza a la proyección que mi mente tenía de ella. Con los años fui trazando con cuidado un plano irregular donde predominaron los amores románticos, pero poco prácticos. Ese amor desgarrador de las entrañas que crees que debe ser sumiso ante todo con tal de no perder a tu amada. Esa atracción insalvable de locura, una monomanía recurrente en cada uno de mis pensamientos. Sin embargo, tuve que ser una persona adulta para ser consciente de que el amor muchas veces se convierte en una peligrosa adicción a la que nunca debes darle ventaja. Si dejas que te controle, estarás perdida.

El estado de enamoramiento se podría definir desde muchos puntos de vista. Desde aquellos más científicos donde diferentes sustancias son segregadas en nuestro cuerpo para cambiarnos la forma de actuar, hasta aquellos más poéticos o filosóficos en los que encontramos el sentido de nuestra existencia. Pero al final, el efecto que ejerce sobre el ser humano es siempre el mismo: perdida completa de la racionalidad.

Ese pico irracional que asusta es la clave para hablar del sentimiento más álgido al que acude el amor para hacerse latente. Enamorarse de una mujer es una de las cosas más bonitas que tu organismo puede experimentar, hasta el punto de paralizarte los sentidos y hacerte percibir la realidad como si se reflejase en un espejo convexo.

El primer paso es increíblemente aterrador. Imagínate un mapa con cientos de calles muy anchas de las cuales salen miles de callejuelas más estrechas. Lo observas por primera vez notando un nudo en el estómago y temiendo no ser capaz de orientarte ante tanta curva, hasta dudar del punto exacto en el que te encuentras. Poco a poco vas avanzando. Pasos cortos, tanteos pequeños. No te metes en la primera calle porque el miedo a acabar agotado palpita en cada segundo de tu deambule. Buscas esos callejones secundarios, pero no, en estos casos no hay atajos. Te vas adentrando en la mirada más clara que nunca has visto, te ubicas en su voz totalmente perdida y te pasas los minutos pensando en ese montón de cosas en las que coincidís especulando que quizás es el trozo de tela que cortaron después de cortarte a ti. Dos tejidos distintos pero que comparten un costado común. Y ahí, ahí es cuando te mueres de miedo. Todo se hace de noche, oscuridad absoluta, desasosiego, perdida de apetito y de sueño. Sin embargo, hay algo muy fuerte que te mantiene en el camino: la ilusión de saber que esa chica puede llegar a ser la que te haga entender por qué las demás no funcionaron en tu vida.

Llega la segunda etapa, cosas que nunca entendías empiezan a tener sentido. ¿Por qué se hacen tantas canciones de amor? ¡Si siempre es lo mismo! De pronto te ves sentado en el salón de tu casa, con la mirada perdida en esa horrible figura que te regaló tu madre, tarareando una canción que habla de un millón de planes maravillosos y promesas inalcanzables que te hacen creer que tu vida va ser demasiado corta a su lado. ¿En qué momento te parece terriblemente bonito ponerte enferma y que ella te cuide? Pues aquí, en este punto. Ya no tratas de comprender lo idiota que te sientes. Te ríes en un día de lluvia y eres muy generosa con el mundo que te rodea. De alguna forma tendrás que devolverle a la Tierra que te haya puesto en tu camino a alguien tan especial, ¿no? Sonríes. Sonríes sin parar. Ella está en tu vida. Ella cambia tu vida. Ella.

La tercera etapa es muy simple, el tiempo. ¿Qué le pasa al tiempo? Los minutos se vuelven locos. Son tan rápidos cuando estás con ella y tan lentos cuando no la ves que te planteas una y otra vez ¿estáis seguros que son los mismos minutos y que los dos contienen 60 segundos? Y el mundo que nos rodea, ¿cómo puede ser tan bonito todo lo que tengo cerca?¿Os habéis fijado en el color de las nubes?¿Y la Luna?¿Quién ha puesto esa cosa tan hermosa ahí arriba? El ruido del mar al llegar a la orilla puede equipararse al sonido de su voz en tu oído al despertar. Sus manos buscándote cada mañana, repasando tu cuerpo y tratando de coser esas costuras un poco dadas de sí por el fragor de los años ante las historias de amor que trataron de serlo pero que solo se quedaron en un intento. Ella afina sus movimientos, haciéndote ver que vuestros tejidos se ajustan. No importan los años que han pasado, ni las historias que ya se han vivido. Encajáis tan a la perfección que no hay hilo que se resista a uniros. Y quizás haya sido el hilo rojo que nos cose a determinadas personas sin ser muy consciente de por qué lo ha hecho.

Y por último, me gustaría destacar la dificultad de controlar el lenguaje sobre los propios sentimientos. Codificar esos movimientos interiores a palabras que traduzcan lo que esa persona te hace sentir. A veces se te agotan los términos. Te das cuenta de que un “me encantas” ya no refleja ese latido que se confunde con una afección cardiaca. ¿Le diré que me vuelve loca y que no quiero que otros labios se posen nunca más sobre los míos? No. Pensará que el adjetivo de loca sea más bien una enfermedad mental no transitoria. Y por supuesto, ni se me ocurre decirle que la quiero. Creerá que me he saltado la medicación. Pero es que me anula cualquier signo de cordura. Que no sé si será cierto que el hombre fue a la Luna pero lo que sí tengo claro es que cada vez que pienso en ella me doy cuenta de que la sensatez no habita en mi cuerpo y que mis ganas de bajarle ese precioso satélite, si me lo pidiese, no me parecería tanto desvarío.

En definitiva, ella se convierte en esa persona que aún con sus imperfecciones parece perfecta. Sois una sabiendo que os necesitáis sin hacerlo. Ese hilo rojo que te vincula a ella sin apretarte ni hacerte daño, donde las ataduras son elegidas y no impuestas. Sabes que has encontrado a la persona con la que compartirás el resto de tu vida y te ríes pensando que si pones esas palabras en voz alto tan pronto te pondrán la camisa de fuerza. Sin embargo, la miras a ella y sabes que prefieres estar así de loca sintiendo eso que cuerda sin sentir nada. Es el amor más sano y puro que existe. No necesita parches, ni tiritas. Se sostiene con una confianza que no se explica y se nutre con el cariño y la ilusión de dos amantes que se mueven en una realidad idílica.

Hydra Rosis es escritora. Puedes seguirla en su cuenta de Twitter, y leer nuestra reseña de su libro Buscando tu aprobado en este enlace.