En septiembre de 2015, se estrenaba Stonewall: Where Pride Began, dirigida por Roland Emmerich y protagonizada por  Jeremy Irvine y Jonathan Rhys-Meyers. Aquí tenéis el trailer (está en inglés, pero basta con fijarse en las imágenes):

Echando un vistazo a la sección de comentarios y a la cantidad de dislikes que tiene el vídeo, se puede apreciar que la gente se enfadó bastante. Pero, ¿por qué?

La respuesta es sencilla: porque las cosas no ocurrieron como esta película quiere hacer creer al público. Este caso (y muchos más) pueden enmarcarse dentro del fenómeno conocido como “whitewashing”, que podría resumirse en “reescribir la Historia de la Humanidad poniendo a personas blancas donde realmente no las había”. Evidentemente, esto invisibiliza a las personas racializadas, silenciando su voz incluso en momentos de la Historia donde la alzaron con más fuerza que nadie.

El caso es aún más grave en esta cinta: no aparecen representadas  la mayoría de mujeres trans racializadas y bisexuales que prendieron la chispa de la revolución, la subversión y el Orgullo en los disturbios de Stonewall. En su lugar,  los protagonistas son chicos blancos homosexuales cisgénero. En su afán de “libre adaptación” de los sucesos ocurridos a partir de aquel 28 de junio de 1969, la película llega incluso a mostrar al protagonista masculino siendo el primero en lanzar un ladrillo en los enfrentamientos con la policía. Aunque pueda parecer un detalle sin importancia, no es casual ni inocente la elección de un chico blanco cis para interpretar este acto (ya mítico en la historia del movimiento LGTB) llevado a cabo, en la vida real, por la activista Marsha P. Johnson.

Pero la costumbre de presentar a hombres blancos de clase privilegiada como los grandes abanderados de las luchas sociales no es algo nuevo: poco después de las revueltas de Stonewall, el colectivo se fue olvidando de la gran importancia de estas mujeres. Entre los años finales de la década de los 70 y los primeros de los 80, los homosexuales (y algunas lesbianas) criticaban a las personas trans por considerarlas “estereotipos”, así como consideraban a lxs bisexuales “homosexuales reprimidos”. De hecho, por aquel entonces, las siglas para el movimiento eran solamente la L, la G y la B. Las personas trans tuvieron que esperar hasta los años 90 para verse oficialmente incluidxs en el colectivo añadiendo la T, aunque la palabra “transgénero” llevase en uso desde los años 70.

Orgullo de Barcelona. Años 70.

Esta marginación sistemática de las personas trans y el olvido de sus  reivindicaciones particulares ya había llevado a Sylvia Rivera, años antes, a pronunciar estas desgarradoras palabras durante la marcha del Orgullo en Nueva York en 1973 (la opción de subtítulos en castellano está disponible)

Han pasado cuarenta y cinco años desde que Rivera protestara por esto y es innegable que, si aún viviera, tendría que seguir protestando exactamente por lo mismo que reivindicaba entonces.

Las mujeres en general (y las mujeres trans en particular) llevamos años viendo cómo nuestros espacios dentro del colectivo LGTB son reducidos. Cómo nuestras problemáticas específicas son, cuando no ignoradas, instrumentalizadas. Cómo no sólo sufrimos (aparte de la homofobia, bifobia y/o transfobia) un machismo que nos reduce a una mera fantasía masculina heterosexual, haciendo invisible la verdad de nuestras identidades, de nuestra forma de amar, follar y expresar quiénes somos en el mundo, sino que también sufrimos machismo y misoginia dentro del propio colectivo, un espacio donde, en teoría, deberíamos sentirnos seguras, libres y escuchadas del mismo modo que nuestros compañeros homosexuales cis. Necesitamos referentes, respeto y voz.

Es necesario recordar de dónde venimos para saber dónde queremos (y debemos) ir. El primer Orgullo fue una revuelta. Una revuelta encabezada por mujeres totalmente al margen de los estándares normativos. Tal vez debamos hacer un ejercicio de autocrítica y preguntarnos en qué fallamos como colectivo, a quiénes estamos dejando atrás en nuestra lucha y por qué y, sobre todo, qué podemos hacer para solucionarlo. Juntxs y, sobre todo, iguales.

Recuperemos el espíritu de Stonewall para recuperar nuestras raíces: Subversión, Orgullo y Revolución.