
Hay actrices que se quedan pegadas para siempre a una película, aunque esa película no haya sabido estar a su altura. A Adèle Exarchopoulos le pasó con La vida de Adèle, aquel fenómeno de 2013 que Cannes convirtió en leyenda, que parte de la crítica elevó a los altares y que, visto con el tiempo, sigue oliendo bastante mal. No por ella, claro. Tampoco por Léa Seydoux. De hecho, si algo salvaba aquella película era precisamente eso: dos actrices dejándose la piel en una historia que, bajo la excusa del despertar sexual, terminaba filtrada por una mirada masculina tan evidente como incómoda.
Trece años después, Adèle Exarchopoulos vuelve a Cannes con Garance, la nueva película de Jeanne Herry, y parece que el festival ha vuelto a encontrar en ella lo que algunos nunca dejaron de ver: una actriz descomunal. De esas que no necesitan subrayar nada para que se les entienda todo. De esas que llenan la pantalla incluso cuando el personaje está roto, perdido o intentando convencerse de que todavía controla el desastre.
Garance se ha presentado en la competición oficial del Festival de Cannes 2026 y coloca a Exarchopoulos en el centro absoluto de la película. Interpreta a una joven actriz con talento, magnetismo y una vida atravesada por la precariedad emocional, los trabajos inestables, la ansiedad y una adicción al alcohol que va cerrándose poco a poco sobre ella. La película, según la propia sinopsis del festival, recorre ocho años de mudanzas, fiestas, encuentros, trabajos, golpes y pequeñas revoluciones íntimas. Es decir: la vida hecha caos, pero también hecha deseo.

Y aquí viene lo que nos interesa especialmente: en medio de ese caos aparece Pauline, interpretada por Sara Giraudeau, una figura que funciona como refugio, ternura y posibilidad de amor. Cannes describe esa relación como una de las líneas emocionales de la película, una historia entre dos mujeres construida desde el cuidado, la presencia y el no juicio. En tiempos en los que demasiadas ficciones siguen usando a los personajes lésbicos como adorno, tragedia o excusa estética, que una película de competición oficial ponga en el centro una relación femenina atravesada por la fragilidad sin convertirla automáticamente en espectáculo morboso ya merece que levantemos una ceja con interés.
También merece atención el nombre de Jeanne Herry. La directora ya había trabajado con Exarchopoulos en Je verrai toujours vos visages, película por la que la actriz ganó el César a mejor actriz de reparto. Ese dato importa, porque Adèle Exarchopoulos no es solo “la chica de La vida de Adèle”, aunque durante años se la haya reducido demasiado a esa etiqueta. Es una intérprete con una carrera mucho más amplia, con premios importantes y con una capacidad bastante rara para mezclar crudeza, ternura y una especie de verdad física que no se puede fingir.
Recordemos los premios, porque a veces conviene poner los datos encima de la mesa. En 2013, La vida de Adèle ganó la Palma de Oro en Cannes y, de manera excepcional, el premio se compartió entre el director Abdellatif Kechiche y sus dos protagonistas, Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux. Ella se convirtió así en una de las ganadoras más jóvenes asociadas al máximo premio del festival. Después llegaron reconocimientos como el César a actriz revelación por aquella película y, años más tarde, el César a mejor actriz de reparto por Je verrai toujours vos visages. Una carrera sólida, aunque muchas veces más discreta de lo que su talento merecía.
Y sí, toca volver un momento a La vida de Adèle, porque no podemos hacer como si aquella película no arrastrara una sombra enorme. En su momento se vendió (no teníamos otra, amigas) como gran historia lésbica, como obra definitiva sobre el deseo entre mujeres, como acontecimiento cinematográfico. Pero también fue duramente cuestionada por sus escenas sexuales, por la mirada desde la que estaban construidas y por las declaraciones posteriores de sus actrices sobre un rodaje agotador y desagradable. Léa Seydoux y Adèle Exarchopoulos hablaron de una experiencia muy dura, y la película quedó marcada por una contradicción evidente: el mundo aplaudía una supuesta representación lésbica mientras muchas espectadoras veían, con bastante claridad, que aquello no estaba pensado para ellas.
Por eso el regreso de Exarchopoulos a Cannes con Garance tiene algo de reparación simbólica. No porque una película pueda borrar otra, ni porque todos los males del cine se arreglen con una nueva alfombra roja, sino porque permite volver a mirar a Adèle sin el ruido de Kechiche alrededor. Mirarla como lo que es: una actriz enorme, una presencia magnética y una intérprete que lleva demasiado tiempo demostrando que aquel estallido de 2013 no fue casualidad.










